sábado, agosto 19, 2023

Eternidad de los gatos


A Florentino,

en el primer día de su perenne ausencia

 

 

Los gatos navegan el tiempo

como las madres antiguas

                        navegan el dolor

y los griegos de Homero

la odisea de los mares.

 

Se están quietos en la corriente

de los años y los minutos,

se sumergen sin hacerse preguntas

en esas aguas que pasan,

que retornan,

giran y fluyen sin dirección

en un océano

donde meditabundos marinos

envejecen hasta hacerse olvido.

 

Los gatos

gritan y se zambullen

sin mojarse en las aguas

                        del tiempo;

aprenden a ser eternos

mientras van de una orilla a otra,

mientras nosotros,

corsarios fallidos de la misma

eternidad,

los vemos morir,

los lloramos

como si fueran nuestros

iguales.

 

Muy pocas veces

nos percatamos

de que están —y no

necesitan otros verbos—.

Están en el tiempo

como las madres antiguas

                        en el dolor,

como los marinos de Homero

                        en sus mares,

pero no sucumben

porque no le hacen preguntas

al tiempo. Están en él.

Un segundo, un milenio,

miau,

y a veces les da por morir,

pero no importa

—aunque duele—

porque siguen estando

adelante,

después,

encima,

en el fondo,

antes y siempre. Navegan

el tiempo

hacia constantes orillas

a las cuales arribaron

justo un eón

                        antes de embarcarse.

 

No se preguntan por la eternidad

los gatos. Están en ella y

solo conseguimos ver

sus sombras

proyectadas desde la muerte

—el pasado, el futuro, el siempre—

en la forma de individuos

que dormitan,

retozan,

cazan por diversión,

lloriquean

y hacen que los amemos

en la estrecha sucesión

de instantes

que habitamos. Nos

dirigimos a la misma orilla,

pero arribaremos eones

después de embarcarnos,

justo una eternidad después

de que ellos se hayan ido.

 

Los gatos ya no están.

Los gatos no estarán.

Los gatos habitan un tiempo

en el que no fuimos admitidos.

Florentino, el último día de su vida (agosto 18 de 2023)

martes, abril 04, 2023

pequeñeces urbanas 13: EL OTRO PASAJERO

El metro se detiene con el sol de las dos pasadas cayéndole en un ángulo que prohíbe la visión clara de lo que está más allá. Como desde niño me ha gustado otear el mundo por las ventanillas de los vehículos en movimiento y armar con lo que alcanzo a ver las historias de los desconocidos, vengo mirando la quietud de los montones de carros atrapados en la autopista por alguna protesta, la de cualquier grupo: todos se creen con el derecho de paralizar la vida de los demás. La parálisis empieza nada más pasar por Poblado, y dos estaciones después, entrando a Ayurá hace una docena de segundos, seguían las filas y las filas de los carros atrapados en un embotellamiento que me hace pensar en el de aquel cuento de Cortázar. Pobres gentes, me digo, las muchas horas que les esperan ahí, cuando por los altavoces empiezan a anunciar que la protesta también afecta al sistema Metro y que este tren es el último y nos llevará apenas hasta Itagüí. No entiendo la conexión entre la autopista y la vía del metro; imagino que se trata de alguna estratagema de las autoridades locales, encabezadas por ese alcaldito sinuoso, para que todos nos fastidiemos con la protesta popular.
En mis odios contra los que organizan la protesta y contra los que la reprimen estoy concentrado cuando me percato de que otro tren está entrando a la estación en sentido opuesto. Una ventanilla se detiene frente a la mía. Recostado en ella, un sujeto del que el sol y los reflejos acaso me permiten distinguir la mano venosa con que sostiene un celular. Me fijo en su rostro apenas distinguible como una mancha. Me encantaría saber con quién habla, qué pasiones agitan el chat. Hay poca gente en mi vagón y caigo en cuenta de que durante los próximos cuarenta segundos este individuo sin identidad será el humano más cercano a mí. Sonrío. Y parece ser que desde su perspectiva la luz no me borra de sus ojos como lo borra a él de los míos, porque levanta el celular y sin darme ocasión de decirle que respete mi intimidad me toma una fotografía. Bueno, pienso todavía sonriendo con un gesto que espero sienta cómplice, algunas culturas aborígenes consideraban que las fotos se robaban el alma de los personas. Me doy cuenta de que debo actuar con rapidez para evitar que mi alma sea la única que se lleven hoy de por aquí.



PEQUEÑECES URBANAS 12. Aguacero de brujas

"Así son los aguaceros del cambio climático", respondió cuando pregunté, no a él sino a los árboles, de dónde había salido el de esta tarde. Durante las horas previas habíamos tenido un sol intenso. Lástima, los niños se van a mojar. Que no, replicó: ya estuvieron en los centros comerciales durante el fin de semana. Aclaré, no sé si con razón: "Pero es que el día de pedir confites es hoy". Hace un rato, habría escrito: "Hace sol; no se mojarán esta noche los disfrazados". Ahora un ibis pasa entre mi ventana y el fondo nublado, como navegando con dificultad en el aire. "Pasa un ibis", escribiría si me fuera a poner en el relato de este instante. Creo que llueve por todas partes, sobre todo en mi memoria, y que muchas veces fue 31 de octubre lluvioso en Medellín.


lunes, mayo 09, 2022

Fermina



        Hace una semana murió Fermina. ¿Qué puedo decir sobre ella? Que era mi gata, en la misma medida en que yo era su humano. Que me amaba al modo algo difícil de entender –no humano– en que los gatos saben amar y yo la amaba como se puede amar a un gato que además es compañero de la vida de uno. Que tenía una forma de ser llena de matices que la hacían única, específica: con personalidad. Era mi gata. Un gato no es todos los gatos. Un gato es un individuo único y de esta manera esa gata a la que yo llamé Fermina cuando llegó a nosotros era inconfundible con los otros individuos de su especie.
        En esa época yo vivía con mamá. Trece años y medio han pasado. Toda una vida, la de Fermina, y también la de Florentino, y un trozo significativo de la mía, de la de mamá, de la de D, de la de Lucre. El mundo había dispuesto las condiciones para que yo por primera vez tuviera un gato propio. En mi familia siempre hubo gusto por los animales y estos forman parte de nuestra historiografía desde los tiempos en que mi papá recorría las montañas del Eje Cafetero con Tony, un pastor alemán que se fue más allá de los límites de la memoria y se me perdió en el olvido; y en la casa de los abuelos, en el cañón del Samaná, las presencias más alegres tenían los nombres de Cartago y Póquer, los perros de la niñez. En nuestras primeras casas de Medellín hubo una lora, Lorenza, y más tarde un gato, Gabriel. Lorenza murió entre vómitos en la casa del zaguán. Gabriel acabó enmontado en Pueblonuevo, adonde mamá lo mandó cuando se hartó de que le dejáramos a ella los cuidados y la limpieza de la caca y los meados que el gato depositaba por todas partes –aún no se usaban los areneros–. Nunca más permitió que hubiera un perro o un gato con nosotros. Pasaron las décadas y, cabalgando en ellas, la mínima epopeya de nuestras existencias con toda su carga de sucesos, de llegadas y de ausencias. Ese año, ella se fue para un viaje que duró muchos meses y mientras tanto los niños del edificio y mi tía Marta le dieron cobijo a una gata que llegó embarazada de la calle. Le armaron un cambuche en una esquina del parqueadero. Parió cuatro cachorritos y yo empecé a anunciarle a mamá el deseo de conservar alguno manipulándola con el argumento de que me había abandonado. Hay varias versiones sobre el desenlace de la historia, como que un vecino la agarró a patadas –no faltan en ninguna parte los hijos de puta–, el hecho es que un día la gata se llevó a los cachorros para los escombros de la iglesia vecina, que estaba en construcción. Allí corrían peligro. Hubo que tomar decisiones rápidas. Dicen que el cura conservó uno de los gaticos. Mis tíos conservaron a la madre, y a los otros tres me los trajo mi prima Lina sin darme opción. Ya que tanto hablaba, eran míos. La vida decidió.
        De entrada, ellos hicieron por mí algo fundamental: por primera vez me sentí responsable de alguien. Esto es más importante de lo que parece. Mi acto inicial fue nombrarlos con temática El amor en los tiempos del cólera, mi novela más amada de García Márquez. Para asignar los nombres me guie por un machismo ancestral que me indicaba: que la criatura más bella tenía que ser femenina y la más feíta, masculina. Imposible determinar sus sexos por métodos más certeros. La más bella de las tres crías era una bolita anaranjada y la más feíta era una bolita oscura, sin color definido; la del medio era negrita. Decidí que para equilibrar me quedaría con las de los extremos y regalaría la otra a una amiga que acababa de independizarse. Repartí los nombres así: la anaranjada era niña y la llamé Fermina; las oscuritas eran niños y los llamé Florentino y Juvenal. Días más tarde, doña Amparo, la señora del aseo, que era bruja y sabía de todas las cosas del mundo, aunque de muchas de ellas mal, confirmó mis sospechas sobre la sexualidad de los gaticos. Entregué a Juvenal a la amiga. Semanas después regresó mamá y, a fin de conjurar cualquier resistencia suya, usé para recibirla un truco de relaciones públicas: la esperé en la puerta con Fermina y Florentino acunados en las palmas de las manos. Bien se sabe que ninguna criatura del planeta tiene mayor poder de seducción que un gato recién nacido. Mamá se enamoró en el acto.
        Los gatos crecieron pronto y lo que en ellos era muy pequeño se hizo visible. Otra de mis primas descubrió que todo estaba al revés y que, por más linda que su hermano que fuera, Fermina no era hembrita sino machito y viceversa. Cambiaron, pues, los roles. En la distancia, la amiga descubrió lo propio sobre Juvenal y desde entonces el hermano arrancado del lado de mis gatos se llama La Negra, así como la verdadera Fermina empezó a ser Fermina y el verdadero Florentino, bueno, ese, ese es muchas cosas ambiguas y, por supuesto, se llama como debería llamarse. Fermina y Florentino se hicieron miembros de pleno derecho de la familia. La cotidianidad estableció rutinas y costumbres. Por ejemplo, las puertas de las habitaciones dejaron de cerrarse por las noches para que los nenés pudieran pasar de una a otra para dormir un rato con mamá, otro conmigo y otros tantos cazar fantasmas y corretear por la penumbra. Además tuve que desocupar el cajón más grande de mi escritorio, al que ellos ingresaban por un lado que yo no sabía que estaba abierto, y legárselo como su refugio inexpugnable. Descubrí, también, que les gustaba que los viera comer cuando les servía el cuido. Que les gustaba muchísimo estar conmigo. Y que sus personalidades se parecían más a sus colores que a los roles asignados por el machismo mundial. Esto es, la oscura Fermina era más brusca, más decidida, más imponente, un poco tóxica, pero también una compañera incondicional: tanto mía como de mamá y de D, pero, sobre todo, de Florentino.  
        D se incorporó a nuestra familia cuatro años después. Y uno después que D, Lucrecia. La historia de estas incorporaciones no cabe aquí, pero el caso es que, si bien llegaron a ser tres nuestros gatos y a estar muy compenetrados entre ellos y con nosotros, nadie podía ingresar en ese especialísimo grupo de dos que eran Fermina y Florentino. Eran como esos hermanos gemelos que a lo largo de los años se vuelven muy diferentes entre sí, pero cuyo vínculo primordial es más sólido que todas las fuerzas de la vida. Se acicalaban uno a otro, dormían juntos, se abrazaban formando una especie de yin y yang cuando tenían frío o miedo, y desarrollaron un ceremonial que se enriqueció con el tiempo e incluía suaves mordiscos y repentinas furias. Nadie amaba tanto al otro y con nadie se enojaba tanto cada uno, aunque yo los amaba muchísimo a ambos y con cada uno he estado muy bravo en bastantes ocasiones. Ellos nunca dejaron de arruncharse cerca de donde yo estaba. O de donde estaba cualquiera, pues no ha habido gatos más tranquilos y más encantados de acercarse a las personas. Muchas veces han sido Fermina y Florentino quienes atendieron a las visitas en nuestra casa.

        Cuando me fui a vivir con D, dialogué con mamá sobre el destino de nuestros gatos. Aunque yo seguí respondiendo por todos, ella se quedó con Fermina y Florentino, ya que, a diferencia de los perros, que centran su mundo en las personas, los gatos centran el suyo en el territorio que habitan. Lucrecia se fue con nosotros. Después se abatió sobre el planeta la pandemia de covid 19. Mamá se fue con mi hermano a pasar la cuarentena en el campo. D y yo nos encargamos de los tres gatos y pronto fue evidente que el encierro se iba a prolongar durante largo tiempo, así que decidimos traernos a Fermina y Florentino a vivir con nosotros mientras todo acababa. Tal vez sea inmoral decirlo, teniendo en cuenta que tanta gente la pasó mal, pero lo cierto es que los cinco, los tres gatos y los dos hombres, fuimos muy felices durante esos inefables meses de incertidumbre y encierro. La humanidad se había vuelto tan silenciosa, que por primera vez desde los años setenta recorrió las noches de nuestro barrio el ulular de los búhos. Nada acabó, aunque al cabo de un eón se levantó la cuarentena y mamá regresó a su casa. Para entonces era evidente que Fermina y Florentino habían vuelto a echar raíces entre nosotros y que estaban muy grandes como para desacomodarlos de nuevo. Se quedaron del todo y estaban viejos. Achacosos. Más él, que fue atacado por una vomitadera desesperante y por una infección en los ojos. A ella, al parecer, se le estaban debilitando los huesos, pero más allá de andar renga no mostraba mayores problemas. Seguía siendo la señora mandona que en las mañanas me esperaba en la puerta de la habitación para decirme con su voz aguda que quihubo pues, que a ver los mimos y la comida, y llegaba y se recostaba en silencio a pocos centímetros de donde me estacionara a trabajar o a estar. Ninguna compañera mejor que Fermina para habitar mis rincones. Un veterinario le recetó gotas de cannabis para el dolor: funcionaron muy bien, o simplemente ella no se quejaba. A su hermano, en cambio, hubo que lucharle mucho hasta que una veterinaria recomendó que empezáramos a darle albondiguitas de lagarto y morrillo cada vez que tuviera ganas de comer y que le echáramos unas gotas de esto y aquello y le diéramos ciertas medicinas. Los vómitos se redujeron en un porcentaje alto, pero no así las molestias de los ojos y la afectación del ánimo, que durante semanas estuvo sombrío. En un momento dado, Florentino pareció tan enfermo que empezamos a preparar el espíritu para lo inevitable. Hace un mes largo se me saltaron las lágrimas mientras le contaba el caso a una amiga: mi gato se estaba muriendo. Lucrecia era, en comparación, una niña vital. Y Fermina, una matrona achacosa pero con buena salud.   



        El domingo la noté triste. El lunes me percaté de que no estaba comiendo por su cuenta, así que le llevé bolitas de mecato. Las recibió, pero siguió estando triste. Sin embargo, nunca hizo como los gatos corrientes, que al enfermarse se aíslan. Seguía viniendo a mi estudio o a la habitación, a la sala o adonde estuviéramos nosotros. Callada. Triste. El miércoles llamé a la veterinaria, que anunció visita para el día siguiente. El jueves amaneció con un poco de luz en el rostro y pareció tan animada, que estuve a punto de cancelarle a la veterinaria. No lo hice porque pensé que de todas maneras valía la pena aprovechar para hacerla revisar. La veterinaria llegó al final de la tarde. En media hora de palpaciones y ecografías le descubrió una masa alrededor del hígado. La consulta se llevó a cabo en la sala; Florentino observaba todo desde debajo de la mesa del comedor. Siempre fueron así. Cuando algo se le hacía a uno, el otro miraba con implacable atención y, si consideraba necesario intervenir, empezaba a lloriquear y a preguntar qué era lo que pasaba (uno aprende a reconocer ciertas cuestiones en el lenguaje repleto de matices de sus gatos).
            La veterinaria recomendó hospitalización. Metimos a Fermina en el guacal. Antes de salir, bajé el guacal al nivel de Florentino y les dije que se miraran y que en poco tiempo se reunirían de nuevo. Él se quedó callado. Ella se fue en un inusual silencio. En la clínica la punzaron, le pusieron el catéter, le conectaron suero, le dieron comida (su último alimento ingerido con algo de entusiasmo fue una especie de atún caro) y le ordenaron exámenes para el día siguiente. La veterinaria me mostró que estaba ictérica: todo lo que no era oscuro en su pelaje carey, se le había puesto amarillo. Fermina se quedó llorando cuando me fui. Esa noche estuvo lejos de los suyos por primera vez desde cuando ella, Florentino, Juvenal y el que se llevó el cura nacieron, el 21 de noviembre de 2008.
           El viernes fui a verla al mediodía. La directora de la clínica me recibió con optimismo, aunque seguían las sospechas sobre esa masa que rodeaba el hígado y para cuya identificación precisa faltaba un examen especializado. Me fui a la Universidad. Al final de la tarde regresé a la clínica, esta vez con D. En cuanto nos oyó saludar a la directora, nuestra gata empezó a maullar. Acudimos al salón. Allí estaba la veterinaria. Nos miró con desconsuelo. Fermina se tranquilizó con nuestros mimos, pero en esas cinco horas se habían acumulado en su cuerpo todas las tragedias de la gatunidad. A los cinco minutos estábamos pensando en pedir que nos permitieran llevárnosla para la casa y hacer que pasara sus últimos días con Florentino y la gente que la amaba. Otros cinco minutos y estábamos tomando la decisión más difícil. Una inyección, y todo fue calma y ausencia para la gata. Como dijo D, los de Fermina ya eran ojos que no miraban. Era 29 de abril; anochecía.
        Dos días después, una amiga que se identifica en redes como Fermina Daza, que la conoció bien y varias veces cuidó de ella y sus hermanos, escribió en su Facebook la mejor descripción de nuestra Fermina: “A las Ferminas nos aterra la zalamería. Nada de caricias eternas ni picos espontáneos ni jueguitos bobos. Sabemos estar donde queremos estar, pero mejor si no nos ven. Nos gusta es acompañar. Hacerla de sombra. También nos cuesta compartir nuestros amores, pero terminamos cediendo. Un par de chiflidos y uno que otro arañazo y luego entregamos el corazón. Así nos pasó a nosotras dos. Te vamos a extrañar lo que nos queda de vida, Fermina adorada”. No hace falta decir que todo esto, y en especial la última frase, lo estábamos sintiendo nosotros en clave de dolor. Hace años, la escritora Carolina Sanín dijo algo así como que el amor y la consideración por los animales son el único signo de civilización que nuestra especie ha mostrado en el último siglo. Es cierto. Nos falta aprender que no son humanos, pero ya sabemos que habitan con nosotros el mundo en una interdependencia de especies de la cual apenas somos un eslabón.
        Al salir de la clínica estábamos desconcertados. Caminamos unas cuadras, nos sentamos en una acera, intercambiamos comentarios y de pronto D nos interpretó a los dos: “Quiero estar con los otros gatos”, dijo. Había que estar con ellos, en familia, ahora que la muerte cubría nuestra casa con toda su rotundidad y Fermina no iba a volver.



viernes, febrero 04, 2022

PEQUEÑECES URBANAS 11. Una palabra y su árbol

Mientras a lo largo de las últimas semanas doy vueltas por la ciudad, una vieja palabra da el primer paso para encontrarse con el árbol al que nomina. Ocurre como con tantas cosas bellas: la vista se pone alegre, pero la imagen pasa por la conciencia adornándola y sin alterarla. Esta mañana, en la Universidad, ha sido distinto. Ingresé por la portería del Río y todo en mí quedó impactado por el borde de intenso rojo, quizá naranja u óxido, con que los árboles delineaban la vía circunvalar. Lo asumí como una muestra de buena voluntad del conjunto de cosas que hacen la institución, pues esta entrada mía a su sede principal era una especie de regreso después de varios años en otro estado de cosas. Al final de la tarde, tras una densa jornada de clases, reuniones, encuentros y hasta abrazos, ocurrió de nuevo en la portería opuesta. Desde la estación del metro fue inevitable notar, en el espeso cordón de follajes que bordea el campus, esa copa alta, incendiada y puesta en primer plano por el último sol del día. Muchos árboles como ese estuvieron en mis ojos a lo largo de la ruta. Medellín está así por todas partes: rojo y verde. Más rojo que todo lo demás, quizá naranja. Registrarlo en la conciencia hizo que algo en mí se pusiera muy contento, así que lo compartí con la gente que me sigue: “Esos árboles que otoñean las calles, ¿cómo se llamarán?”, pregunté, a sabiendas de que es un signo de pobreza conceptual pensar que solo el otoño viene enredado en las hojas rojizas en una ciudad que no tiene estaciones marcadas y donde, si las tuviera, se impondría la primavera. Esto, sin contar con el hecho de que muchos son los colores que de temporada en temporada acuden a nuestros árboles. Con la intención de mimetizar en giros poéticos mi falta de criterio, agregué otra pregunta: “¿Anidarán murciélagos rojos en sus ramas?”. Estas preguntas fueron el paso definitivo para el encuentro de la palabra y su árbol. Pasados apenas unos minutos desde que publiqué mi estado, Paca Osorio, una escritora que me debía una declaración de amor, me contó: “Se llaman cámbulos”. Y caí en cuenta de que esa hermosa palabra me ha rondado la vida entera sin que yo supiera nunca, ni me preguntara, cuál era el árbol al que iba unida. Averigüé en internet: los cámbulos son árboles nativos de la América tropical que suelen florecer –hacer intensa erupción de rojo, pasión, naranja– durante el primer semestre del año, en la temporada seca. Responden a la escasez de agua exhibiendo su capacidad de llenar el entorno de belleza. Más tarde, una amiga le dijo a Paca que los de intensa floración en esta época son los búcaros. Ante la duda, consulté a mi hermano, que sabe de estos asuntos porque trabaja con árboles y animales y los distingue bien de la poesía. Él me explicó que los búcaros son de flor rojiza, pero en vez de tirar a naranja tiran a rosa. También están por todo lado. Alguna respuesta a mis aflicciones hay ahí.




jueves, diciembre 30, 2021

PEQUEÑECES URBANAS 10. Parte de todo

 

Han caminado mucho, más para sus parámetros que para los tuyos. Encuentro en Pies Descalzos, paso por Parques del Río –a esta hora, por la lluvia y el frío, solitario; pero ya vendrá la noche con sus luces y sus muchedumbres–, vuelta por Conquistadores, parada en Unicentro, circuito alrededor del campus de la U.P.B. “Estoy cansado, güevón”, se queja, pero seguís. Te sigue. La ciudad a esta hora, en este día y con este frío, es un sitio amable para deambular. Dan ganas de no detenerse, ir por ahí. Árboles, muchos árboles, y flores y arbustos: esto es lo que más te gusta de Medellín. Y, de pronto, en el que se eleva más alto por encima de las copas de sus compañeros, una criatura de tronco doble y ramas sin hojas (¿será por la época del año, estará enfermo, morirá de pie como todos ellos?), percibís lo que a primera vista parecen múltiples frutos. Un poco te deslumbra la luz opaca del cielo en el cual parece estampada la imagen. Como, además, tus ojos son de alcance corto, demorás extensos segundos para darte cuenta de que los frutos se mueven y emiten sonido y tienen una pequeña extensión a manera de cola. Es que son pájaros. Montones de pájaros. Muchísimos pájaros se asientan en la altura del árbol que no tiene hojas. Cada uno de ellos ha llegado ahí para pasar la noche o si acaso para hacer estación, pero, como sos antropocentrista e individualista, te permitís la idea de que es el mundo coqueteándote, alegrándote. Al instante ampliás el foco: los pájaros y los árboles, los insectos que no percibís, vos y tu amigo, las flores y la inmensa cantidad de seres que pueblan esta pequeña fracción del mundo, todo está ahí para formar parte de algo que está más allá de tu comprensión. Cada ser, incluyéndote, y cada objeto, cada imagen y cada idea que pasa por las mentes y las piedras, es parte de un todo enorme, armonioso y caótico, bello y temible. “Ah, qué bonito”, comenta. Tomemos unas fotos. Sigamos.



lunes, diciembre 13, 2021

Mis muertes de diciembre

 

   El otro viernes tuve una sensación sobrecogedora: la de que estaba a punto de morir. Varias veces en mis viajes por las sustancias he tenido la impresión de morir o de estar ya muerto en el ataúd y que alguien a quien amo me mira o en el fondo de la tumba y que empiezan a lanzar paladas de tierra. Siempre ha sido un sentimiento de extrema paz. Una vez experimenté la muerte por inconsciencia, debida al efecto de un anestésico: era una nada plena y constante, opuesta a la hiperactividad mental del sueño, y cesó de repente cuando desperté, como de repente se enciende la conciencia en el útero cuando determinadas neuronas se envían el impulso eléctrico que funda la personalidad. Lo del viernes fue otra cosa. De un momento a otro percibí que el corazón se estaba acelerando y que pronto me faltaría el aire y todo lo que soy se fundiría en un contundente infarto. Sentí, no que estaba muerto, sino que iba a morir. Desconcierto absoluto. Pesar. Me he pasado la vida invocando la muerte y fanfarroneando con que a su llegada me declararé satisfecho, pero en realidad sospechando que no es conmigo y que en su ruta hacia mí está demorada hasta un plazo que se parece al infinito. Siempre he sabido que moriré, pero he tenido la certeza de que esto ocurrirá en el futuro. Y, ya sabemos, el futuro es ese momento que no llega; no puede llegar, porque solo existe el pasado, así como la muerte no puede llegar porque solo existe la vida.
    El corazón se me aceleró, pues, y en el mismo instante me asoló la certeza de que iba a colapsar y que, ¡ay, juemadre!, sí, me había llegado el momento. Dos impresiones me asaltaron con gran vivacidad: el pesar de que ocurriera ahora en vez de en el inasible futuro y una tristeza inmensa porque no volvería a ver a Diego. Pensé también en mi mamá y en mi hermano, y en C, la amiga a la que iba a encartar con un muerto en su apartamento. Quise advertírselo: “Me estoy muriendo aquí, perdoname”. Las palabras colapsaron. Se me acababa el tiempo y no estaba listo. Después de todo, es cierto lo que siempre he considerado factible: soy mortal y en el tránsito del pasado al futuro habrá un momento en que dejaré de ser.
    No me morí ese viernes, como es obvio si se tiene en cuenta que han pasado diez días y aquí estoy, entregado al frágil ejercicio de sobrevivir a través de las palabras. Le ordené al corazón que se ralentizara y a la mente que no entrara en pánico ni sucumbiera a la tristeza, a mí mismo me dije que qué lástima y a los que amo les envié un inútil mensaje mental. Perdonadme, os arruinaré el diciembre. Pobre César, sí podías morir. El presente es como el agua en un colador, su esencia consiste en no ser, en estarse escurriendo siempre entre el pasado y el futuro. No fue, no será, no es. Igual que la vida entre la nada previa y la nada posterior, a horcajadas sobre una fracción de tiempo que no existe. Somos hechuras de tiempo y de nada, y yo me estoy diluyendo en ambos.
    Me acordé de mi abuela paterna, mi amada misiá Ester, que después de su primera enfermedad grave nos visitó y, parada junto a mí en el balcón, de frente al valle estrecho y a la desmesurada ciudad que lo desborda, mirando y oyendo el mundo que tenía ante sí, me habló de la melancolía de alejarse de todo esto, de los árboles y los carros, del aire y la noche; sobre todo, habló de la tristeza que había sentido cuando creyó que se estaba muriendo: el pesar de no volvernos a ver a todos. A todos, dijo; no sé el alcance del pronombre indefinido ‘todos’ en su experiencia del amor, aunque sé que yo estaba incluido en él. Me gustaría haberle dicho algo bonito, abuela de mi alma, usted no se va a morir nunca porque yo la recordaré siempre, pero no creo en esa forma de inmortalidad que consiste en mantenerse vivo en la memoria de los otros. Transcurrió un año largo entre esa declaración y el 4 de mayo de 1999 en que, en efecto, murió. No deja de inspirarme la chispa de la vida presente en su reticencia a morir, en sus ojos que veían poco y en la alegría con que recibía mis visitas. Misiá Ester es, junto con Jota Erre y mi otra abuela, uno de los pocos muertos amados a los que me gustaría ver de nuevo y oírles decir algo. Tener con ellos alguna de esas conversaciones de rutina en las que no se dice nada perdurable.   
    Jota Erre y la otra abuela, Cleo, sí murieron en diciembre. Tres personas más a las que he querido murieron también en este mes. Menos mal, no en el mismo año. En todos ellos pensé al rato, cuando desperté en el apartamento de C y me convencí de que a fin de cuentas sí era cierto que la muerte no es conmigo por mucho que pose de invocarla, desearla, aceptarla porque después de los cuarenta ya se ha vivido lo suficiente. Me alegra no haber muerto el viernes, en especial por vos, D, y por mi mamá y mi hermano y los gatos con los que compartimos el apartamento y por un puñado de familiares y de amigos.
    Jota Erre también hizo una declaración luego de su primer conato de muerte, pero, a diferencia de la de misiá Ester, no hablaba solo del pesar de no volvernos a ver, sino del de dejarnos solos. Seis años antes, con una precisión que no deja de asombrarme, anunció: “Me quedan seis años de vida”. Su cuerpo había sido de una salud a prueba de todo quebranto y lo conocía tan bien que cuando empezó a resquebrajarse supo cuánto tiempo resistiría. Faltando poco, escribí con pesar por ahí: “Morirá pronto”. Y así fue. Era el decimonoveno año desde que estaba con nosotros, tiempo en que pasé de presentarlo, siempre en chiste, como mi malvado padrastro a sentirlo como el papá que ya uno tan grande qué iba a tener. En un mes y pocos días se deterioró a gran velocidad, pero, como uno le suplica a Dios que exista no más para impedir que se acabe la vida de aquellos a quienes ama, en un nivel de la conciencia que aloja nuestra capacidad para el autoengaño me convencí de que iba a sobrevivir por tiempo indefinido: al menos otros cinco años, rogaba. Por eso no fui a visitarlo a la clínica la última tarde. Murió el 4 de diciembre de 2006, lunes, en la madrugada. Este es el que recuerdo como el día más triste de mi vida.

    C comparte apartamento con dos perros viejos, muy bellos. El más pequeño morirá en cualquier momento… Bueno, hasta la secuoya de Sonsón morirá en cualquier momento, pues ni los organismos más longevos tienen segura la perduración de su existencia. Si hasta yo me voy a morir en cualquier momento, digo. A lo que me refiero es a que el perrito de C ya ha agotado sus cartuchos por la cantidad de años y de achaques que arrastra. Ha desarrollado una tos persistente, de mamífero moribundo. Ese perrito me despertó el viernes en el sofá en que me había echado a paliar los síntomas de mi muerte. El sofá no tiene más de medio metro de altura, pero Lucas no era capaz de subirse y con el hocico frío tocándome la nariz me despertó y con los ojitos desvencijados me suplicó que lo ayudara a subir y le diera cobijo con mi cuerpo. Eso hice. Me recosté de lado para que él cupiera junto a mí, puse una de mis manos en su costillar y, casi al instante, cesó la tos. Llovía en el planeta entero. El perrito se quedó dormido, sereno, como han hecho a lo largo de la historia  incontables organismos cuando la muerte se aproxima y otros les brindan el alivio de su compañía. Mientras el perro dormía yo pensaba en las equis rojas con que la muerte ha tachonado el calendario de mis diciembres como indicando que en sus dominios este es un mes cualquiera. A muchas muertes uno cree que no querrá sobrevivir, pero a la larga se da cuenta de que no solo ha sobrevivido sino que sus muertos ya no tienen otro espacio que la memoria: si regresaran, no habría un lugar para ellos en nuestro mundo. Casi convencido de que en esta ocasión finalmente no moriría, enfilé a mis muertos del mes no en el orden en que la melancolía los tiene organizados en las ignotas sinapsis de mi corteza cerebral que alojan el dolor de las ausencias. Tampoco los organicé en el orden cronológico de sus muertes, sino en el de sus aniversarios.  

    A dos días del de Jota Erre, se cumple el de Cleo. Ella desempeñó un papel definitivo en la formación de mi carácter cerrero y me mostró los contrastes del odio y del amor. Por alguna razón me detestaba cuando yo era niño, pero a la vez me cuidaba. Su mirada de aquellos años era tan densa que se me caía de la vigilia a las pesadillas. A lo largo de los siglos, sin embargo, fui descubriendo que su odio no era contra mí y que, de hecho, me quería bastante. Era su historia personal la que le endurecía el modo de tratarnos a los que estábamos bajo su dominio. Con Cleo, no obstante, la vida se reivindicó: su vejez fue feliz, protegida, querida, y llegó a desarrollar una dulzura desprovista de vicios de abuelita empalagosa. Fui su primer nieto y tuvimos tiempo suficiente para que me amara y yo a ella. La parte triste de su vejez feliz fue la enfermedad degenerativa de los huesos que durante más de dos décadas la mantuvo en un dolor constante, atroz con frecuencia. Durante el último año le suplicaba a su madre que viniera por ella y se la llevara. Tristemente, las madres muertas no tienen ese poder ni ningún otro, y lo que se llevó a Cleo fueron la enfermedad y el agotamiento de los años. Murió luego de una melancólica, aunque también alegre, agonía, el 6 de diciembre de 2018, jueves, de madrugada. No dejo nunca de recordarla.
    El siguiente en el calendario es Julio. Mi gran amigo de niñez, uno de esos únicos héroes verdaderos que, al decir de Henry Miller en Primavera negra, permanecen con uno toda la vida porque con ellos se pisó la calle cuando por primera vez salimos al mundo. Creo recordar con precisión el día en que lo conocí, alguna mañana de 1974, recién llegados nosotros a la cuadra. Mi hermano y yo estábamos sentados en el alféizar de la ventana, que era lo más cerca que se nos permitía estar de la calle sin acompañamiento de mi mamá o de mi tía Inés, y se nos cayó una pelota. Julio jugaba afuera con sus hermanas. “Niño, ¿nos pasa esa pelota?”, pedí yo o pidió mi hermano; una de ellas le ordenó que lo hiciera, y ya no dejamos de ser amigos hasta que nos diluimos en otras dimensiones. Murió el 15 de diciembre de 2002, domingo, sin ver campeón a su equipo bienamado, el Deportivo Independiente Medellín, que una semana después de su asesinato obtuvo la primera estrella tras 45 años sin títulos. Cosas de la vida y de la muerte, que a veces nos tratan con malévolo sarcasmo. Su hermano Elkin había sido asesinado nueve años antes, el 5 de septiembre de 1993, mientras jugaba fútbol horas antes del partido en que la selección de Colombia le metería cinco goles a la de Argentina en Buenos Aires.
    Mis dos últimos muertos del mes son tíos y comparten fecha, aunque separada por una década. El primero, por el lado paterno, siempre estuvo ligado a la alegría. Gracias a un olvido suyo hice mi lectura inaugural de García Márquez y de Cien años de soledad cuando estaba en tercero de primaria y a Fabio se le quedó en nuestra casa el ejemplar de portada inquietante que al cabo de las vidas acabó en mi biblioteca personal. Este tío me recogía a veces en una patrulla de la policía para llevarme a la escuela, y se intuirá lo que un niño de las barriadas de Medellín en los setenta sentía al llegar a su escuela en una patrulla de la policía. Fabio abandonó esa institución por razones que aún no averiguo y se aprestaba a enrolarse en el DAS, un tenebroso organismo de inteligencia que el gobierno más execrable de nuestra historia reciente usó de la peor manera, cuando el 20 de diciembre de 1981 se inmiscuyó en un confuso incidente con un lotero y ambos acabaron baleados. Ese domingo tremendo fue tan fundamental por tantas cosas en mi vida, que es la fecha exacta en que ocurre el final de mi novela La ciudad de todos los adioses.
    Diez años exactos más tarde, un viernes, mataron a Antonio, el miembro de mi familia materna que más cerca estuvo del lado oscuro de la Fuerza. Me iba a relatar la historia de su vida, que era la de nuestra ciudad, para que escribiera un libro. Él mismo había escogido el título: Borracho. Antonio, creo haber oído que alguien contó, alcanzó a ver al sicario que se le venía encima y sufrió un infarto antes de recibir el primer balazo. Se había pasado la vida anhelando la muerte o, al menos, como tantos en la familia, proclamando dicho anhelo, y nueve meses antes ya había sufrido un atentado que lo sumió en agonía durante varias semanas, pero en el momento en que vio ante sí al muchacho que lo mató debe haber comprendido, igual que yo treinta años después, la tristeza que subyace al hecho de que a fin de cuentas a uno se le acabe el tiempo antes de estar preparado.
    Jota Erre, Cleo, Julio, Fabio y Antonio: un papá, una abuela, un amigo y dos tíos. Estos son los personajes de mi diciembre luctuoso. Sobre ellos y sobre todos los demás muertos que me han importado y me importarán estoy escribiendo una larga novela, cuyos ejercicios de calentamiento están regados en estos blogs, en las notas diarias y en las aparentes fruslerías que voy rescatando del pasado en mis conversaciones con los viejos. Esas fruslerías constituyen la esencia de la vida y la vida constituye la esencia de lo que escribo, y en la esencia de lo que escribo está la postergación de la muerte. Cuando me levanté del sofá, Lucas empezó a toser de nuevo. Les acaricié la cabeza a él y al otro perro, me cercioré de que C estuviera dormida en vez de muerta y salí a las calles lluviosas donde formas menos duraderas de la muerte me aguardaban.
 



jueves, noviembre 25, 2021

La de Antioquia está abierta

Anoche dormí poco, escasas tres horas, inquieto porque hoy a primera hora tengo la primera cita presencial con el decano desde que empezó la pandemia. No la preocupación, sino el escaso sueño, es la causa del dolor que se anuncia en la cabeza no más abrirse los ojos. Cierta ilusión, sin embargo, me empuja como un resorte: hoy volveré a la Universidad. En sentido estricto ya lo he hecho e incluso podría decirse que nunca he dejado de estar en ella. Tras veinte meses de cierre, las instalaciones se han ido abriendo gradualmente y varias semanas atrás asistí en la sede de posgrados a un seminario sobre Borges. La Universidad son todas sus sedes y las conciencias que la habitan, por supuesto, pero la verdad es que su centro absoluto, el lugar donde uno dice con certeza “la Universidad”, es la ciudadela que enmarcan la calle Barranquilla por el sur, el viaducto del metro por el norte, la Avenida del Ferrocarril por el oriente y la Avenida del Río por el occidente, y cuyo ombligo es el monumento al Hombre Creador de Energía. Allí he vivido varios de mis momentos gloriosos y también unas cuantas caídas al abismo.
    No dormí nada, pero tampoco me levanté muy temprano, así que el metroplús me descarga frente a Ciudad Universitaria apenas cinco minutos antes de la cita. La entrada peatonal está fuera de servicio y me encamino, palpando a veces la malla para cerciorarme de que estoy aquí, a la portería principal. En varias ocasiones tras el final de los confinamientos he pasado cerca, mirando con melancolía la institución de la que formo parte desde 1987, cuando una mañana de octubre compré El Colombiano para buscar la lista de estudiantes admitidos. La explosión de felicidad que me produjo el número de mi cédula de ciudadanía en aquella lista se extendió por mi pasado, por mi presente y por mi futuro. Entonces como ahora, pero por causas infames —en esa época la extrema derecha asesinaba profesores y estudiantes y llegó a darse el caso de cadáveres arrojados en algún pasillo—, la Universidad estuvo cerrada largo tiempo. Dos diciembres después por fin nos convocaron a clases y una madrugada de viernes estuve allí, en la peatonal de Barranquilla, antes de las cinco y media para asistir a la sesión inicial de Sociología de la Comunicación con el profesor Juan Camilo Ruiz, quien me sorprendió con la falta de severidad de los profesores universitarios y bautizó ese comienzo de semestre, en un mes tan poco propicio para los comienzos, con un remoquete que jamás olvido: Síndrome de la Natilla. Nunca más volví a ser el primer estudiante en llegar al campus y nunca he sido el primer profesor. Recuerdo con vivacidad, también, la mañana de marzo de 2001 en que por la portería del Metro me encontré con el funcionario de la editorial que me mostró la carátula de mi primera novela. Y la tarde de octubre de 2012 en que, en la 
jardinera ubicada en diagonal a la antigua cafetería de Tronquitos, vi por primera vez a Diego: en momentos como este la eternidad nos admite en sus dominios a los seres humanos. A finales de enero de 2016 firmé el acta de posesión del cargo de profesor vinculado. Esa mañana, rodeando el bloque 10, fui plenamente consciente del privilegio que significaba disponer de esta magnífica ciudadela como sede de trabajo. Las consecuencias de todos estos puntos de inflexión de mi vida me acompañan en la fuga del tiempo hacia la nada. También me acompañan las muchas desazones que aquí he vivido. Y los desconciertos. El más reciente de ellos ocurrió la noche de un viernes de marzo de 2020, cuando salí de la hemeroteca con la intención de estar de nuevo allí al día siguiente para continuar mi investigación: afuera, una peste se cernía sobre el mundo entero y todo se trastrocó. No sé cuántos años han transcurrido desde entonces.

Durante este tiempo he imaginado que el regreso sería un inventario de sobrevivientes. No tanto por la gente que ha muerto, que ha sido bastante, sino por las economías destruidas, los planes truncados, los arraigos que se diluyeron. A una decena de metros de la portería encuentro algunos tableros con noticias escritas en tiza y, sin fijarme en los titulares, deduzco que dichos tableros me anuncian la supervivencia de uno de esos baluartes que han estado aquí siempre: Miguel. Vendía periódicos cuando estos existían y practicaba una forma de periodismo amarrado a la comunidad universitaria, avisando en los tableros quién había sido nombrado para tal cargo, qué profesor, funcionario o estudiante había muerto, qué decisión que nos afectara había tomado el Gobierno, en qué sucesos del mundo debíamos fijarnos. Cómo habrán sobrevivido Miguel y otras personalidades de la Universidad es una de las cuestiones que nos han inquietado a mí y a los amigos con los que a veces hablo. Los tableritos no son Miguel, desde luego, aunque sí que lo anuncian; dentro de pocos minutos lo veré caminando por la plazoleta Barrientos y no lo saludaré —nunca hemos hablado—, pero su presencia es un signo de que la desesperanza no nos asoló. Son las ocho de la mañana y hay un cielo inmenso. Doy mi número de cédula a uno de los porteros, quien comprueba en su celular que, en efecto, he hecho el trámite de registro. Miro hacia dentro y me siento un poco esos niños de Narnia que miran desde el ropero el mundo fantástico en cuyos intrincados dominios están a punto de adentrarse. Me siento un poco yo en todos los momentos, miles, intensos, que han transcurrido en este lugar donde se me ha permitido ser. Muchos individuos he sido aquí y todos convergen en mí en este instante, si bien prevalece el que soy ahora. Un hombre que regresa.

    Entro.
Después de la reunión prolongo mi presencia en Ciudad Universitaria. Camino por aquí y por allá, hago una que otra llamada y concierto un par de citas para más tarde, con gente de la que no he dejado de saber y a la que me gustará mirarle los ojos sin que la pantalla de un computador medie nuestro encuentro. Por la época del año —el Síndrome de la Natilla empieza ahora en noviembre— y porque la apertura es cautelosa, lo que veo está a medio camino, lejos de ambas, entre la Universidad que era antes de la pandemia y la que será después, no digamos de la pandemia, sino en la etapa de la pandemia eclipsada por el deseo que todos tenemos de volver. Gente. Centennials a los que deberé aprender a enseñarles algo: muchachitos de diversos géneros, en últimas tan expectantes frente a la vida como lo estábamos vos y yo cuando este lugar y nosotros éramos nuevos. Uno de ellos, quizá prolongación de un mismo individuo con distintos ropajes a lo largo de tres décadas y media, practica alguna lección de violonchelo en el vestíbulo del teatro. Grupos. Dos de niños de preescolar, otro de muchachos de colegio, guiados por estudiantes monitores en cuyos discursos husmeo. Mucha seriedad, yo creo que en el fondo mucha emoción. Paso despacio por la jardinera que utilizan dos mujeres, indígena y negra, con sus niños, para comer algo y dialogar; están aquí para algo relacionado con la memoria, con la condición de víctimas.
    En mesas de pasillos dispersos descubro que también han llegado ya los primeros vendedores de tinto, mecato y maricadas varias: antes de todo esto pululaban en cantidades infernales y con seguridad la invasión será aún mayor cuando la reapertura sea plena. Algunos de esos vendedores eran estudiantes, pero la actividad había dado paso a mafias inimaginables. Sospecho que la avanzada que se ve en los pasillos es señal de que los demás mundos subterráneos de la Universidad también han empezado a reactivarse, lo cual, a la larga, indica que estamos vivos. Cosa a fin de cuentas alentadora en tiempos de muerte.
    Voy a la biblioteca con el ánimo de entregar un libro cuya devolución se ha retrasado veinte meses. Me atiende el señor canoso al que conozco desde mis tiempos de estudiante y cuyo nombre nunca he preguntado. No sé si es un recuerdo o una invención de mi memoria el hecho de que siempre haya tenido la cabeza así de blanca. A veces la memoria no capta bien el paso del tiempo. A mí mismo me muestra, por ejemplo, como el sujeto iluso que llegó aquí 34 años atrás, mientras ahora me puebla, si no el desencanto, por lo menos el desconcierto. El tiempo me ha traído consigo y dentro de poco me soltará; estaré contento de no ser. Me pregunto cómo hacen para seguir activos los señores que ya eran viejos cuando yo era joven. El bibliotecario me recibe el libro, anuncia que no habrá sanciones por el retraso —yo ya lo sabía, pero agradezco su buena intención— y me cuenta que por ahora solo se permite el ingreso al edificio para recoger libros previamente buscados en línea. No importa. Ganas no tengo ahora de entrar. Afuera hay un equipamiento de mesas y sillas para hombrecitos con ganas de leer. Allí me dirijo; allí estaré el rato que tarde en llegar mi próxima cita. La cabeza, mientras tanto, sigue doliendo.
    Horas después, o tal vez minutos —el tiempo anda encogiéndose de nuevo y después se expande—, camino hacia la burbuja de Barrientos donde F hace fila para comprar un tinto. Es una amiga muy bonita y está enamorada de un hombre que no sabe estar a su lado. Hemos hablado varias veces, pero no nos veíamos desde antes de la primera cuarentena. La historia del enamoramiento ocupa los minutos iniciales de la charla. Después vagamos por ahí, tratamos los asuntos menos serios que nos reúnen y la acompaño a la única cafetería en servicio por el pasillo de Comfamita. Atienden un muchacho y una muchacha que visten un uniforme impoluto, de esos que deberían vestir las personas a quienes uno les compra comida. F pide un chocolate sin azúcar y un pastel de no sé qué. Yo no pido nada, pues lo de la cabeza me quita cualquier hambre. Luego me acuerdo de que en las tiendas de mi barrio vendían de todo. Tal vez aquí ahora, como allí entonces, sea igual.
    —¿Por casualidad vendés aspirinas o algo así o sabés si en alguno de estos locales venden? —le pregunto a la muchacha, permitiendo que mi cara se ponga como de “oh, cuánto me duele la cabeza en esta mañana de sol” porque en efecto me duele con una atrocidad que va en aumento. Alguien empuja lanzas desde el interior de mis ojos y desde varios puntos de mi cerebro, y las puntas de las lanzas se calientan con el sol intenso de la mañana.
    No vende ni cree que lo hagan en alguno de los otros locales, pues no tienen licencia para expedir medicamentos. La desesperanza me invade. La farmacia universitaria está cerrada y en proceso de conversión en oficinas, así que deberé irme a buscar afuera una pastilla de algo que me salve. Y yo que deseaba permanecer aquí un rato más.
    —¿Le sirve acetaminofén? —interviene el muchacho.
    Lo miro con ilusión. Ha de ser, como yo y los demás ciudadanos ajenos a las prebendas del país, usuario de una de esas epeeses (para los legos: empresas promotoras de salud) que hasta para un cáncer terminal recetan acetaminofén. Todos tenemos costalados de pastillas de esas en nuestros nocheros. Allí están precisamente las mías, guardadas a la espera de mi próxima enfermedad catastrófica.
    —Huy, sí, por favor, vendeme un par —le respondo. No sé dónde capta más aflicción, si en mis ojos o en mi voz; me esfuerzo por que en ambos.
    Hace unas maromas. De un gabinete agarra su morral. Esculca y al momento me entrega un sobrecito con dos pastillas.
­    —¿Cuánto te pago? —pregunto, a sabiendas de que responderá lo que me responde:
    —No, tranquilo; se las regalo.
    Esto es la Universidad.
    Doy las gracias más sinceras del día (y eso que ya he hablado con el decano y la vicedecana). Pido un jugo de naranja para acompañar las dos pastillas. Caminamos en sentidos divergentes, ella hacia su facultad y yo de regreso a la biblioteca. Tengo fe. Ni para el dolor extremo de columna de mi mamá ni para la leucemia avanzada de la mamá de mi amigo M ha servido de nada el acetaminofén, pero la experiencia me indica que ayudará con mi dolor de cabeza. Percibo cómo las lanzas empiezan a deponerse en pocos minutos.
 

    


 

lunes, noviembre 08, 2021

PEQUEÑECES URBANAS 9. La cosecha





Desde pequeños aprendimos que Colombia era país productor de café: el primero en calidad, el segundo en cantidad durante unos años, y luego el tercero y ahora, según entiendo, el cuarto o el quinto o quizás el sexto o séptimo. La cantidad tiende a la miseria, pero la calidad nos sigue enorgulleciendo. Puede que también esto sea mentira.
Sabíamos, además, que habitábamos el centro de la región que mayor producción ofrecía en el país. Y, sin embargo, Medellín no conocía las plantas de nuestro producto nacional. Nuestros amigos crecieron, fueron asesinados y murieron de viejos sin arrimarse a un árbol de café. Para nosotros era distinto, porque vivíamos entre varios mundos. Uno de ellos, la finca del abuelo en pleno cañón del río Samaná. Cuando íbamos allí, era fascinante observar el proceso, garitiar (verbo que no registra ni siquiera el Diccionario de Colombianismos del Caro y Cuervo, pues se quedó perdido en las montañas del siglo pasado, y que significaba llevarles el almuerzo a los trabajadores), ver las semillas secándose al sol y arrullar las tardes de juego con el sonido como de cascabelitos que producían al empacarse en los costales. Crecimos, nos fuimos de nosotros mismos. Y un día de estos, ya en mi tercera o cuarta encarnación, empecé a encontrarme los arbolitos por aquí y por allá, en los parques, en zonas verdes de El Poblado y Santo Domingo Savio y hasta en mi balcón: aquí tenemos a Carlitos, un cafeto que nos regaló antes de la pandemia el esposo de mi tía Inés y al que le sucedió como a los adolescentes de los barrios pobres, que se quedan niños más tiempo del que parece prudente y de pronto están convertidos en tremendos sujetos. A Carlitos le salieron hace poco las primeras flores. Esto ya es mucho y no creo que llegue a producir granos, pues la matera en que vive es pequeña y el clima del balcón es un microcosmos del que le espera a la próxima generación: tan pronto llueve como escampa, hace frío de altiplano o calor de desierto, y el aire está envenenado o huele a frescura y amores.
En cambio, los árboles de los parques, zonas verdes y muelas urbanas me han sorprendido más de una vez desde octubre. Voy por ahí y de pronto, entre el verde serio del follaje, detecto frutos de colores rojo, blanco y crema y en racimos generosos. No resplandecen las hojas de los cafetos de Medellín como las que he visto, por ejemplo, en las montañas de Pensilvania, que ante ciertos rayos de sol parecen anunciar la persistencia de innúmeras guacas en el tiempo de las leyendas. No habrá chapoleras –ni siquiera venezolanas– que recojan el modesto producto de nuestros cafetos, y seguramente los arbustos estarán aquejados por las enfermedades que nos han llevado a ser, ya no el sexto o séptimo, sino el octavo o noveno exportador mundial. No es que haya una cosecha que recoger en los vericuetos citadinos de Medellín, pero Carlitos y todos esos arbustos aislados de los parques, zonas verdes y muelas urbanas sí son una señal de que algo de la gloria pasada resiste por ahí. En mi memoria, sobre todo; en la nuestra. En algún suburbio de la eternidad está el abuelo moliendo los granos y preparando las planchas para poner las semillas a secar. Ah, Medellín del café: no todo es desastre en nuestro presente.


 


martes, octubre 26, 2021

PEQUEÑECES URBANAS 8. Naufragios

Me asomo al balcón y hay un cielo azul con manchas grises. Mucho calor, viento fresco. Entro. Me apresto a salir y oigo que algunas goticas empiezan a caer. Salgo y apenas avanzo una cuadra porque las goticas son, de repente, trillones y las manchas grises se han convertido en un pesado océano de nubes que aplasta la ciudad de horizonte a horizonte y anuncia el próximo hundimiento de todas las ilusiones. En una esquina encuentro espacio para no mojarme, aunque pronto el vendaval hace que los chorros que no me caen de arriba me caigan de los lados y rujan con auténtica furia. Naufrago de todas formas.
Los aguaceros de Medellín son así: tímidas lluviecitas que pueden aparecer en medio de cualquier verano para retirarse y regresar de un momento a otro acompañadas por temibles tormentas que se van como llegaron, sin que uno se dé cuenta de por qué. Empiezo a caminar. Entro a la tienda de gatos. Atrás de mí, desde el profundo invierno del trópico se materializa de nuevo la tormenta. El vendaval. La llovizna. El sol.
Salgo. Una muchacha me conmina a no mojarme más. Sonriente, le contesto que da igual, que ya me hundí hace 42 años. No me entiende, tal vez porque no le importa o porque el rumor de la lluvia no le deja llegar mis palabras o porque desde que uso tapabocas no me entran los virus de la peste ni me salen los mensajes que emito. Me voy bajo el aguacero y en el trayecto hasta mi casa, unas cuantas cuadras, vuelve y sale el sol y vuelve y cae la lluvia, y así. En estos días alguien aseguró con énfasis de catedrático que este régimen se debe al calentamiento global o cambio climático, llamalo vos como querás, el resultado es la misma locura de nuestro cielo y la ciudad. No le contesté porque a lo mejor tenía razón, pero caigo en cuenta de que cuando mi mundo se llamaba Aranjuez y era un barrio encantador de esta urbe hoy azotada por temporales volubles, y yo tenía varias décadas menos de desencanto, las lluvias eran iguales que hoy. Sonsas, repentinas, lindas, amenazantes, cataclísmicas, invernales, primaverales, románticas, trágicas, eternas y pasajeras. Todas me gustaron siempre y, antes de que todo se debiera al calentamiento global, ya el clima me permitía ser lo que sigo siendo. Me habita el mismo individuo al que granizadas inesperadas hacían brincar de felicidad en las lomas de aquel barrio. En plena canícula o sorteando el naufragio, soy un muchacho que mira la lluvia.



viernes, octubre 22, 2021

PEQUEÑECES URBANAS 7. También los feos viven hermosas historias de amor

Me gusta descubrir que cuando se es viejo, feo o excluido de cualquier manera la vida no es un asunto que nos excluya. No, ella no. Una parte de la humanidad sí, pero la vida no. En la vida estamos todos.

Durante unos cuantos años, dos vidas atrás, tuve mucho que ver con este espacio. Torres de Bomboná, también conocidas como Torres Marco Fidel Suárez o Torres del ICT. Fueron construidas en los setenta por el que se llamaba Instituto de Crédito Territorial y una década después se habían convertido en uno de los vivideros más cachés del centro. Hoy están aquejadas por los males que convirtieron esa zona en la muestra más representativa del infierno que se campea por Medellín: el ruido, la contaminación, la inseguridad, el miedo, el fastidio. Las Torres mantienen, sin embargo, un poco de su antiguo encanto. 
Estoy sentado al atardecer en uno de los muritos del patio central y no dejo que los males me espanten. Observo. En el cielo, el primer lucero de la tarde me recuerda la antigua promesa de que las estrellas son para cierta persona (perdón, amantes todos, a ustedes les tocará regalar otras cosas a sus amados: pétalos de margarita, piedritas del camino, en fin, pues las estrellas ya tienen un destino asignado por mí). Abajo, a pesar del ruido de las discotecas y los vendedores de megáfono, la gente cruza de un lado para otro y no parece alterada. Fijo mi atención en la banca ubicada frente a mí, a la derecha, y celebro la imagen. Dos enamorados, hombre y mujer (podrían ser cualesquier otras formas del enamoramiento humano), llevan un rato mimándose, besándose, riéndose. Me hago la ilusión de que por estar tan concentrados el uno en el otro no han detectado mis ojos, que los escrutan, y mi espíritu que los celebra. No son jóvenes, no son bellos como la convención manda. Ninguno se baja de los cincuenta años ni de los muchos kilos, ninguno viste marcas de almacén caro, y los dos se ven tan felices que por este rato me hacen feliz a mí. Espero que les dure el mutuo embelesamiento.
Subrepticiamente, tomo la fotografía y ni ellos ni algún espectador que no lea estas palabras podrían darse cuenta de que son ese hombre y esa mujer los protagonistas de la imagen. Solo yo lo descubro. Solo el lucero que anuncia las dádivas a mi amado. Solo nosotros sabemos que el amor esta tarde es cosa de todos y que bien vale la pena entregarse a él en cualquier lugar de la ciudad, en cualquier región de la estética y en cualquier instante de la existencia. Miro la fealdad que domina el entorno y solo en esa banca de la derecha detecto la suficiente belleza para que valga la pena celebrar esta tarde. Me voy. Espero que ellos no. 



Eternidad de los gatos

A Florentino, en el primer día de su perenne ausencia     Los gatos navegan el tiempo como las madres antiguas                ...