miércoles, enero 27, 2021

El maestro, la arquitecta y el venezolano

Habían pasado varias semanas de intensa presión por parte nuestra cuando don T por fin se decidió a contratar un ayudante. Él es un lobo viejo y solitario al que la vida le ha enseñado la importancia del individualismo; el problema radica en que además es el más paciente entre los contratistas posibles, y uno empieza diciéndole “tómese el tiempo que necesite” para empezar a inquietarse porque no solo se toma ese tiempo sino también el que vos necesitás para agotar tus vacaciones, regresar al trabajo y empezar a necesitar que en tu casa deje de haber nubes de polvo y ruido para que las ideas puedan circular y la neurosis descender.

Como don T declaraba una y otra vez que los ayudantes a los que había contactado le quedaban mal, que no llegaban o se desvanecían nada más coger el metro hacia nuestra casa, decidimos tomar la iniciativa y ayudarle a conseguir uno, así fuera uno muy inútil, con tal de alimentar la ilusión de que con un par de brazos adicionales la obra por fin empezaría a avanzar. Rebuscamos en todas nuestras listas de contactos. Una señora amiga nos enlazó con un costeño que estaba urgido de trabajo. Los hicimos hablar, a don T y al costeño. Don T, era obvio, no quería un ayudante y el costeño no quería trabajar. Los dos se vieron forzados a mantener el diálogo hasta la instancia en la cual hallarían la razón inexpugnable para no juntarse: el pago. Don T ofreció lo que, según él, era una tarifa justa, por encima del mínimo legal, o sea más que buena para el gremio de la construcción, en tanto el costeño anunció con énfasis que no trabajaría por menos de casi el doble de eso. Estuvimos de parte del costeño, pensando en que una obra de construcción es tan extenuante que un poco más del mínimo, y sin prestaciones ni estímulos extras, no era en absoluto un buen pago. La arquitecta, sin embargo, nos calló la boca: lo que ofrecía don T era de sobra apropiado para el medio. Pensé que ahí estaba la razón por la cual las obras de Medellín se demoran hasta diez veces más del plazo pactado, para luego caerse o amenazar ruina en pocos años: a los que las construyen los tratan de tan míseras formas, que no hay manera de que una construcción se haga con amor y con calidad. Por eso la ciudad entera es un constante derrumbe. Imbuido por el espíritu de la justicia, ofrecí poner un poco más para el pago del ayudante. A esas alturas, claro, don T y el costeño ya se habían declarado uno a otro personas non gratas. “De todas maneras, don T, haga el favor de seguir buscando”, le supliqué al despedirnos esa tarde. Y rematé con todo el drama que soy capaz de poner en la mirada: “Vea que a este paso la obra se va a demorar por lo menos otro mes”. No podía en ese momento imaginar lo feliz que habría sido si solo se hubiera demorado el mes que mi tendencia al pesimismo me hacía presagiar.

Al día siguiente, cuando ya no albergábamos esperanza de ello, el maestro de obra apareció con un ayudante. Un muchacho flaco, tengo pruebas de que nada tímido, no sé qué tan buen o mal trabajador, con una forma física y un color de piel que sintetizaban por lo bajo el infinito mestizaje de Latinoamérica. “Tiene cuatro niños”, me contó don T en tono de chisme apenas hubo ocasión de poner el tema, “y alquila una casita por seiscientos mil pesos más arriba de Buenos Aires”. Y era venezolano, claro. ¿Quién más estaría dispuesto en esta época a trabajar de ayudante de construcción en Medellín y por el pago que aquí se ofrece? Las entrañas se me comprimieron por el presentimiento de que la conciencia entraría en juego. Esa noche discutimos el asunto y decidimos asegurarnos de que al ayudante se le pagara, cuando menos, lo que a un nacional (sé de muchos patrones que, aprovechando la desgracia de los inmigrantes, los hacen trabajar por tarifas muy inferiores a las mínimas), así como mantener el ofrecimiento que le habíamos hecho al costeño, el de agregar un poco más al pago que le hiciera don T, y ser amables y todo eso. Ser amables. Recordar que durante la mayor parte de la historia ha ocurrido lo contrario, ha sido Venezuela el país invadido de colombianos varados. Y que si ahora un gobierno peor que los nuestros ha convertido ese territorio en una infinita tragedia, es nuestra obligación mostrarnos solidarios.

La obra adquirió un mínimo dinamismo y, al menos, pronto se liberó al balcón de su primera carga de escombros. Sin embargo, la situación empeoró para mí, que por las características de mi trabajo soy el que permanece en casa y está al tanto de los avances y del estado de los trabajadores y por las características de mi personalidad soy dado a sentir fastidio por cualquier presencia que no sea de mis afectos cotidianos. Si con el maestro me esforzaba por ser amable y mantenerlo surtido de agua, jugo, gaseosa, tinto (la cosecha cafetera de Colombia bien podría dedicársele íntegra al gremio de los constructores y no sería suficiente), con el hermano venezolano expulsado de su tierra por la vileza del chavismo el esfuerzo se multiplicó y la conciencia me obligó a soportar cosas que por lo común no soporto. Lo más insoportable eran sus costumbres con el sistema respiratorio (uso este eufemismo para evitar descripciones en extremo desagradables), más notorias en tanto la pandemia del covid 19 se enfurecía con una ciudad donde la deficiente gestión de las autoridades y la irresponsabilidad de los habitantes han elevado las cifras de contagios y de muertes hasta alturas que poco se ven en la mayor parte del mundo.

Los usos respiratorios del ayudante eran imposibles de ignorar incluso si yo permanecía encerrado en mi estudio, así que su presencia en la casa se me fue volviendo más insufrible cada día. El asco motivó un permanente estado de irritación, pero, consciente como era de que, primero, los dos individuos me estaban prestando un servicio, y, segundo, el venezolano estaba ubicado en la zona más oscura de la realidad colombiana, ponía todo mi empeño en mantener el clima amable y en tratarlo con consideración. En mi espíritu hicieron colisión la ideología que he tratado de cultivar y los prejuicios que he heredado de mi cultura, sobre todo desde la mañana en que me quedé a solas unos minutos con el venezolano y sostuvimos nuestra única conversación. Quería preguntarle la edad: veinticuatro (podía calcularle veinte por ciertos rasgos o cuarenta por la marchitez de su rostro y de su cabello), y hacerle un reproche:

–¿Vos por qué tenés cuatro hijos? –que equivalía a decirle “güevón, pero vos en esa situación en que estás cómo te ponés a engendrar esa mano de niños, pobres criaturas”.

El relato de cómo a su situación, de por sí complicada por haber nacido en una familia pobre de Maracay en la época más infame de un país cuya historia es pletórica en infamias, le sumó lo que a mí me pareció una sucesión de torpezas e hizo que mi fastidio aumentara. En esencia, es esto: se enamoró de una muchacha algo mayor y que ya tenía el primer niño (va uno) con un patán que la abandonó. El muchacho se hizo cargo del niño, pero como es “de ideas cristianas” quería un hijito de su propia sangre que, además, consolidara su relación con la muchacha. Les nació otro niño (van dos) y la situación empeoró, desde luego: sin trabajo, en un país saqueado al extremo por la dictadura. Le fascinó el hijito de su propia sangre y decidió hacer otro, varoncito, para que los dos jugaran fútbol (sic, y van tres). La tragedia del país se agravó y produjo la crisis migratoria que se disparó en 2016. El tipo no tuvo más remedio que huir ¡a Colombia, a Medellín! Mientras tanto, la mujer se quedó en Maracay con los tres niños… y con un nuevo marido. El muchacho regresó y la encontró de nuevo embarazada, ahora viuda y dispuesta a volver con él. Ah, el amor; ah, el cristianismo; ah, la ignorancia. Entonces tomaron una decisión fatal para salir de la fatalidad: venirse juntos a Colombia. Aquí nació la niña.

Medellín, los semáforos, los colombianos generosos, alguna ONG que subsidió por temporadas el hotel y el mercado. Esta es la fórmula, basada en la bondad de los extraños que tanto esperanzara a Blanche Dubois, que durante dos o tres años ha sostenido a la familia: siempre en el borde del abismo, siempre despeñándose y salvándose del fondo por algún accidente que contiene la caída. Luego de la última temporada de hotel y mercado subsidiados, el venezolano tomó la decisión de lanzarse al alquiler de una casita y a la consecución de trabajos en los que ya había incursionado en su ciudad. Uno de esos extraños bondadosos fue el conocido de don T que se lo recomendó sin otras credenciales que la solidaridad y la confianza en el vacío.     

            –¿Qué hacés en Colombia, por Dios? Aquí no hay nada –lo recriminé con la sincera intención de animarlo a marchar en busca de horizontes menos oscuros.

            Me contó que el proyecto inmediato era llevarse a la mujer y a los cuatro niños para Maracay, tramitar allí sus documentos y saltar a Chile, a no sé qué ciudad asolada por una plaga de colombianos y venezolanos. Le sugerí, casi le supliqué, que lo hiciera pronto, antes de que su ideología cristiana y su deseo de expandir la sangre lo lleven a engendrar el quinto hijo: “Sí, largate para Chile, que ese país aunque también está en Latinoamérica, y por tanto anegado de mierda, es una mierda menos fétida que la de Venezuela y la de Colombia”.  

            Don T y el venezolano nunca encajaron del todo bien. El uno daba instrucciones y se quejaba de la falta de iniciativa del otro, mientras que este hacía evidentes esfuerzos por parecer sumiso a pesar de que a veces creía valer más de lo que se le reconocía. Un día de ya no recuerdo cuántos meses atrás, nos citamos para ir a comprar unos materiales. Aparecieron el maestro y la arquitecta. El ayudante, según don T, habría de llegar a nuestra casa más tarde. No llegó. Temí por la ralentización de la obra, pero también me di cuenta de que fue un día diáfano: sin asco, sin esa sensación de incurable miseria que el hombrecito me producía. Apareció al día siguiente más temprano que su jefe y con un cuento que era de esperar y que, concordé con el señor, podía tanto ser verdad como ser mentira: la niña se había enfermado. Por fortuna la enferma era la niña, que por haber nacido en Medellín tenía derecho a tratamiento en el sistema público de salud; los otros niños y los padres no podían enfermarse, golpearse, accidentarse, debilitarse o sucumbir, pues nadie los atendería. A la criatura debían practicarle pruebas de coronavirus, debido a que su enfermedad era de los pulmones. El venezolano se fue, en teoría, a atender a su familia. Volvió al otro día: que la niña ya bien, que disposición para trabajar. Como siempre, los instalé en la obra, les ofrecí café y jugo y me encerré en mi estudio. Horas más tarde, don T me llamó para mostrarme algo: mientras él movía unos escombros en el balcón, el venezolano le pidió permiso dizque para ir a la tienda. Él se lo concedió y no se fijó en su salida, pero a los pocos segundos empezó a cavilar. Fue a donde tenía la ropa limpia, revisó la billetera y, por supuesto, la encontró casi vacía. El ayudante se había largado con la mayor parte de su dinero, dejándole ocho mil pesos, o dos mil –la cifra ha cambiado varias veces–, en fin, lo suficiente para un pasaje de bus. El monto del robo ha cambiado también en cada relato del señor: empezó en 200 mil pesos, después le dijo a la arquitecta que 150 mil, después a mí que 250 mil, después a los dos que 280 mil. No sé. Del venezolano no hemos vuelto a tener noticias. Dejó como recuerdo la coca con su almuerzo del día, que después don T le regaló a una señora en la calle. Quisiera no cultivar los prejuicios, pensar que lo importante no es la nacionalidad sino el acto, que un venezolano no es todos los venezolanos y que una acción –tal vez desesperada– no es toda la persona, y me consuelo pensando que una de dos cosas: el botín se utilizó para llevar alimento a los niños o, como un Jean Valjean de tiempos igual de miserables, el tipo robó un pequeño monto para iniciar la construcción de una vida digna. Sé que lo más probable es que, si hubo tal robo, sus consecuencias ahondarán la desgracia del individuo y los suyos: pertenecen a esa casta que no halla redención.

 

Hay dos tipos de lugar en el universo en los que se sospecha que el tiempo corre de para atrás. Uno es el horizonte de sucesos de los agujeros negros. El otro es la obra de nuestra casa, aunque en esta última en realidad no corre de para atrás, sino que da tumbos: cada vez que paso por allí, encuentro una situación diferente. Puede que don T esté más viejo, o haya llegado a la adolescencia, o recién llegue a los cuarenta, o acabe de nacer: siempre está en un momento diferente de su vida. En cuanto a la obra en sí misma, a un enchape que ya estaba a punto de terminarse ahora le falta un esquinero, a la madera que debía empezar a lijarse mañana se le lijó un pedacito esta mañana y se reemprenderá en cualquier momento de la eternidad, la pintura que ya se había secado en los tarros ahora está de nuevo líquida... En fin. Fenómeno interesantísimo, que algún día le expondré a Carlo Rovelli. La arquitecta, que en el comienzo de los tiempos se enteró de que la obra estaría bajo su dirección, viene cada cierta cantidad de meses a mostrarnos sus pintas –espectaculares, vistosas, únicas–, a que la oigamos hablar –la conversación más entretenida y abigarrada de la comarca–, a consentir a los gatos y a que la veamos fumar. Tomamos baldados de tinto con ella. Me encantan sus visitas, pues nos revitaliza el ánimo a todos.

Y como de todas maneras me empeño en que mis cosas se mantengan en el orden lineal del tiempo que me resulta cómodo, cada tantos meses hago presión para que se vean avances. Sospecho que la obra terminará poco después de que finalmente llegue a Colombia la vacuna senegalesa contra el covid 19. Iremos los tres juntos, la arquitecta, don T y yo, a vacunarnos, pues entonces los tres habremos sobrepasado con suficiencia de méritos la edad en que se está en la primera línea de vacunación. Vendremos luego a ver en qué punto será necesario retomar los trabajos, para esos lejanos días ya viejos y urgidos de remodelación.

 

La arquitecta con Fermina y Florentino, que han aprendido a quererla tanto como yo.



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