lunes, 2 de octubre de 2017

Adiós a los cambuches

Hace un año a esta hora estábamos en pleno comienzo del dolor por lo que dio en llamarse "Plebitusa":la derrota del Sí en el Plebiscito por la Paz. Muchas aguas, incluso limpias, han corrido desde entonces y lo cierto es que el balance de los Acuerdos es principalmente positivo. También hay uno que otro desastre que lamentar y unos cuantos que temer para el futuro cercano. Mi aporte a la comprensión es esta crónica que publiqué en la edición de agosto del periódico De la Urbe.


—Matan a los líderes sociales, que nunca han empuñado un fusil, ahora no lo van a matar a uno —dice con una voz en la que no sé distinguir si hay humildad o resignación. Es Ánderson, el guerrillero a quien las vueltas de la vida han llevado a actuar de comandante del campamento donde ahora se aloja lo que una vez fue el frente 36, uno de los más beligerantes de las Farc.
He venido hasta aquí por dos razones. La una es profesional, periodística. Vivimos un momento auténticamente histórico del que es preciso estar cerca si uno se dedica a este oficio. La otra es personal. Hace dieciocho años y medio, sin ser combatiente, estando desarmado y solo, siendo un anciano y sin haber disparado nunca un arma —que yo sepa—, mi abuelo se convirtió por la firmeza de sus convicciones en una de las 220.000 víctimas mortales que se le calculan al conflicto entre el país y las Farc. Dos guerrilleros rasos, enviados por la espantosa comandante Karina —hoy gestora de paz, militante de una iglesia cristiana y refugiada en la XVII Brigada del Ejército en Carepa—, lo abordaron en la puerta de su casa, en el corregimiento de Pueblonuevo (Pensilvania, Caldas), cuando venía de encerrar los terneros, y tras engatusarlo con un cuento cualquiera lo fusilaron por la espalda. Al final de esta experiencia, traspasado por la simpatía y en broma, pero sobre todo contento de que al menos esta guerra de nuestro país esté acabándose y haya esperanzas —difusas, pero las hay— para todas estas personas, anunciaré mi incorporación al movimiento con un nombre de guerra, de paz, mejor dicho, que le rinde tributo a la memoria del abuelo: Comandante Jesús Vargas. Por supuesto, la nueva simpatía no trascenderá la broma. Nadie, ni siquiera los actuales guerrilleros, sabe a ciencia cierta qué ideas defenderá el partido político que dentro de poco habrán de fundar las Farc, así que será preciso estar atentos a lo que planteen.
He venido con la directora de cine Patricia Ayala, quien rueda un documental sobre dos cantantes de las Farc cuya tarea es recorrer las zonas de transición veredal adelantando un censo de guerrilleros artistas. Seguimos a uno de los personajes, Martín Batalla, compositor e intérprete de hip hop que, antes de la música y las heridas, antes de la guerra, estudió dos carreras en la Universidad de Antioquia, Filosofía y Derecho, y se retiró de la Universidad e ingresó a la guerrilla empujado por las arbitrariedades del gobierno. Martín relata que en sus épocas de estudiante militaba con grupos de izquierda y participaba en el movimiento estudiantil, pero que no conoció a las Farc hasta cuando en 2005 lo capturaron en una protesta contra el tratado de libre comercio con Estados Unidos. En aquella ocasión, las cosas se salieron de madre y hubo heridos y muertos en ciudad universitaria. La Fiscalía los acusó a él y a siete compañeros de terrorismo. Le tomó dos años salir de la cárcel, pero mientras tanto conoció a unos combatientes de las Farc y se convirtió en miliciano. Diez años y muchos nombres después, mientras va de campamento en campamento haciendo el censo y de evento cultural en evento cultural cantando versos revolucionarios ante públicos que lo atienden con extrañeza, lo alcanza una sentencia del Consejo de Estado que obliga a la Fiscalía a ofrecerles disculpas a él y sus compañeros y a indemnizarlos con cuatrocientos millones de pesos.
Nos encontramos con Martín en un hotelito modesto ubicado en la Calle del Amor de Itagüí. Venía con Inty Maleywa, conocida como Malena entre la guerrillerada, una pintora de vivos colores y sugerentes retratos que ha recogido en imágenes los momentos más importantes de las Farc. Todo en ellos es simbolismo. Malena explica, por ejemplo, que su nombre de guerra proviene de sendas voces quechua y wayúu que significan “Lucha por la Vida”. No sé qué tanto sabrá ella de voces indígenas, pero suena bonito y el nombre le viene muy bien a la fuerza de sus pinturas. Por su parte, Martín nos cuenta que su nombre es un homenaje a un compañero de la Universidad, Martín Hernández, que fue asesinado por los paramilitares en 2008. “Martín batalla”, dice. “Martín continúa batallando”. Ha usado otros nombres y con el que menos se identifica es con el que la oficialidad lo obliga a presentarse ahora que vuelve a la vida civil, el que aparece en la cédula de ciudadanía y al que la Fiscalía tendrá que ofrecerle disculpas.

El viaje es largo y en el trayecto final, cuando la carretera se destapa y empieza a subir a lo alto de la cordillera, se torna más interesante. Nos hemos alejado cuatro horas de Medellín. Después de pasar el embalse de Porce III, que se alarga durante muchos kilómetros en lo hondo de un cañón, como un fiordo noruego en medio de los Andes, la naturaleza se espesa alrededor de la cada vez más precaria carreterita. Cuatro décadas atrás, esta era una región selvática y la cruzaban todos los grupos alzados en armas, del Ejército al ELN. Anorí fue escenario precisamente de la devastadora operación militar que en 1973 estuvo a punto de acabar con los elenos. El gobierno del primer Pastrana cantó victoria entonces, pero la semilla del odio siguió activa y ni ese ni ningún otro grupo subversivo se acabó por la acción de los militares. Hoy, uno de los temores que asedian a los farianos en su tránsito hacia la vida sin armas es la presencia en la región del ELN y de los paramilitares. Algo de temor nos sigue al adentrarnos en la zona, pero nada sucede. Tras seis horas llegamos a un pueblo como todos los de la parte montañosa de Antioquia, pequeño y más bien feo, desordenado y destructor de la naturaleza.
Del casco urbano del municipio a la vereda La Plancha, donde se asienta el campamento, la distancia no es larga pero la marcha es lenta. La carretera empeora, aunque nunca llega a ser intransitable: al fin y al cabo, es una carretera veredal como tantas otras en Colombia, y aparte de nuestro vehículo y el del esquema de seguridad de Martín y Malena la recorren el de algún personaje que se dirige al campamento y el bus de escalera que dos veces al día transporta a los campesinos y a uno que otro guerrillero. No más de media hora después de salir del pueblo se encuentra el anillo de seguridad del Ejército. Soldados amables, deseosos de conversar con alguien, nos cuentan cosas. Kilómetros más allá es el turno de la Policía. La misma desprevención. Así de fácil se han acostumbrado todos al cese de los combates. Un día después, un coronel de la Unidad Especial de Protección Para la Paz de la Policía se mezclará con nosotros en el campamento y ratificará el deseo que todos tienen de que este proceso acabe de salir bien, de que a toda esta gente le permitan vivir e incorporarse a este país imperfecto, el nuestro, que tenemos. Todos estamos hastiados de la guerra, creo que en especial los guerreros.
El único contratiempo ocurre en el puesto del Mecanismo de Monitoreo y Observación de la ONU. Martín Batalla baja de su carro con el fin de reportarse. Nosotros bajamos del nuestro, cámara y percha de sonido accionados, y lo seguimos. Funcionarios de varios países se exaltan al vernos llegar. Tras unos minutos de agitada conversación, el jefe de la delegación, un coronel portugués de nombre o apellido Constantino, surge de algún lado con actitud que parece hostil. No estrecha la mano que Martín le ofrece y esto enardece al guerrillero. Supongo que siguiendo protocolos razonables, solicita identificaciones y que se apaguen los equipos de filmación. Nadie ha avisado de la llegada de los guerrilleros —es el gobierno, son las Farc—, mucho menos la de los periodistas, y ni ellos ni nosotros portamos carnets ni credencial alguna. En un momento dado, ni siquiera los guerrilleros tienen permiso para seguir hasta el campamento. Entonces viene alguien de allí y a la voz de “buenas tardes, camarada” ya se sabe que están entre los suyos y, por encima del coronel Constantino y del planeta entero representado en él, se da la orden de seguir hacia el campamento. Primero ellos, luego nosotros. Habrá película, habrá crónica, habrá paz entre las Farc y yo.

El campamento está ubicado en un terreno quebrado que se alza unos cincuenta metros por encima de uno de esos ríos de Anorí que parecieran haber sido creados para que alguien pensara que el mundo fue hermoso. Lo primero que se ve desde el recodo más próximo de la carretera es una serie de construcciones blancas, unas como cabañas no terminadas, levantadas en algún material intermedio entre el cemento y el hard board, con techos de zinc que resultan tortuosos bajo el sol de estos días. Debieron terminarse hace seis meses, cuando iban a empezar las zonas veredales de transición y normalización, y al paso que van se terminarán dentro de seis, cuando sus ocupantes lleven mucho tiempo siendo población civil. La carretera pasa por el frente de las fachadas y la vista nos hace saber que, en efecto, estamos en territorio de las Farc: en cada pared frontal está pintada la efigie de alguno de sus líderes históricos, de Jacobo Arenas a Alfonso Cano, pasando por Raúl Reyes y el Mono Jojoy… Me digo que cada comunidad humana tiene derecho a su propia cosmogonía y me doy la orden de no hacer comentarios, de honrar la hospitalidad.
Encontramos al grupo de Martín Batalla discutiendo con el de la ONU y demás autoridades. Hace mucho calor en el aire y en las actitudes. Los ánimos se calman al fin; el coronel Constantino pasa en silencio por donde cada uno de nosotros y nos da la mano. En el futuro se permitirá incluso ser gracioso. Entendemos la dificultad de su labor: como a pesar de las evidencias históricas los colombianos no somos un pueblo guerrero, nos confiamos con suma facilidad de cualquiera que no se vea amenazante. En la actual situación, un atentado o un ataque podría derrumbar la delicada estructura en que se sostiene la esperanza de la paz.
—Matan a los líderes sociales, que nunca han empuñado un fusil, ahora no lo van a matar a uno —reflexiona el comandante Ánderson sentado en el comedor principal (son dos) apenas está todo en calma y se ha dado la orden de hacer almuerzo para los visitantes. Han puesto las armas a disposición de la ONU hace poco y la conversación pasa por las sutilezas de la semántica, por la diferencia trascendental que para las Farc existe entre los verbos dejar y entregar: los acuerdos de paz implican su voluntad de dejar las armas, pero también la claridad de que no se están entregando. La mayoría de esas armas (no sé: fusiles, ametralladoras, granadas y un etcétera que para mí, desconocedor del tema, puede incluir hasta cañones láser) se guardan ahora en un contenedor en el sector de la ONU que se ubica a pocos metros del campamento (el otro, el principal, se halla a un par de kilómetros) y cuando dentro de unos días dicho contenedor, y los de las otras zonas veredales, sea evacuado, será el final definitivo de las Farc como grupo armado y el inicio de la incertidumbre. ¿Qué sucederá a partir de ese momento? ¿Qué sucederá cuando después del 15 de agosto ya no haya marcha atrás? Por ahora, unos pocos fusiles siguen en manos de los guerrilleros: los estrictamente necesarios para cuidar el campamento, y solo los porta el o la que esté de guardia en la entrada. Pero esta necesidad, sin embargo, no es tan real: por ahora están la ONU, el Ejército y la Policía, y está la voluntad del gobierno y de la mayor parte de la población de que esta y las demás zonas veredales sean espacios seguros para los guerrilleros. Después del 15, los guerrilleros serán también población civil. Y bien sabemos lo que significa ser población civil en este país.

Las horas pasan con feliz lentitud, más parsimoniosas en su recorrido por el campamento que el sol en el suyo por el cielo despejado. Mientras Martín Batalla y Malena dialogan con sus camaradas, a nosotros se nos da permiso para husmear por donde queramos y para hablar con cualquiera y del tema que sea. Todo el mundo es de una amabilidad y de una sencillez que asombran. Son alrededor de 150 personas, la mayoría de ellas campesinos con acentos de muchas partes del norte de Antioquia y del Caribe cercano, si bien algunos han desertado (los testimonios informales elevarán el nivel de la deserción: de algunos a bastantes).
Da la impresión de que la guerra no hubiera gestado monstruos, sino seres inocentes, de que todas estas personas acabaran de brotar de la tierra y nos miraran a nosotros, los antiguos habitantes, con la ilusión de que los dejáramos estar en el mundo. Hablo con ellos, los escucho —sobre todo eso: los escucho—, los observo, y en ninguno logro percibir el aliento de un asesino, de alguien capaz de dispararle a mi abuelo por detrás sin otra motivación que la orden de un comandante. ¿Dónde quedó la rabia? ¿Dónde quedó la maldad? Me doy cuenta de que la mayor perversidad de la guerra consiste en hacer capaces de odiar a personas como estas. Repaso en el pensamiento algunas atrocidades de las Farc, casos como el del niño que murió de cáncer suplicando que liberaran a su padre policía y el posterior asesinato del padre en cautiverio, los secuestros, las extorsiones, las masacres. El conductor que nos ha traído me relata cómo en la desmesurada toma del municipio de Nariño, en julio de 1999, los guerrilleros entraron preguntando por dónde se llegaba a la plaza, cómo Rojas (el que luego le amputó la mano al cadáver del comandante Iván Ríos para reclamar la recompensa que el gobierno ofrecía por él) arrastró por esas calles a un muchacho atado a un carro porque era marihuanero, cómo en la demencia de la toma Karina se paró en medio de la plaza destruida a gritar que ella no era una comandante sino la reina del Oriente Antioqueño… Estando aquí, traer a la memoria tantos crímenes sirve no para revivir el odio, sino para comprender la urgencia de que los acuerdos se cumplan.
A las cuatro pasadas, nos invitan a jugar voleibol. Hay malla y balones, pero no cancha; se usa para el propósito un tierrero ubicado frente a la zona de comedores, enfermería y auditorio. Se improvisan equipos mixtos de guerrilleros y visitantes. Pronto, los escoltas, el conductor y yo, y un par de los muchachos del campamento, nos convertimos en las estrellas de los partidos. Esto no da cuenta de nuestra calidad, sino de que ellos se están estrenando en estos juegos. A las cinco y media, cuando estamos más entusiasmados, nuestros camaradas, con los que se ha hecho y rehecho media decena de equipos, nos abandonan en masa. Igual que nosotros, quieren jugar más, pero siguen siendo un ejército y hay rutinas que deben cumplirse. Es hora del baño, de arreglarse para la cena y de preparar las actividades de la noche.
Hacia las ocho, todo el campamento se congrega en el auditorio. Escenas de héroes farianos cubren la única pared. De resto, el auditorio es una empalizada en cuyos laterales cuelgan pendones con consignas y listas de sus mártires. El comandante Ánderson presenta a Malena y a Martín Batalla. Saludos, el protocolo de una milicia en reposo. La reunión se convierte en asamblea. Se cuenta cómo van las cosas en las demás zonas, cómo va la expectativa de la reincorporación, pero también se habla de las incertidumbres. Se dicen un par de verdades incuestionables. Una: lo que sigue es luchar por la supervivencia del grupo, pues el gobierno hará todo lo posible por incumplir los acuerdos; sus enemigos tratarán de invisibilizar a las Farc hasta que el país tenga la sensación de que no existen. La otra es una que yo no había imaginado desde la perspectiva de este bando: la verdadera lucha de aquí en adelante se dará por el relato de la historia. Por eso, explican, es tan importante la tarea de personas como Martín y Malena, el censo de artistas, porque hay que salir a contarle de todas las maneras posibles a la sociedad lo que fue la guerra. Se dicen y se critican con razón muchas cosas del gobierno, pero no hay ningún asomo de autocrítica. Esta es la parte que a ellos les falta en la discusión. La asamblea termina con la inscripción de los artistas, a los que mañana los encargados del censo entrevistarán uno por uno.
La noche ennegrece y aquieta de repente. Todos se marchan a sus habitaciones y cambuches y pronto sobre el campamento se extiende el silencio. A nosotros nos asignan uno de los cambuches de lona verde y plástico negro que se levantan al otro lado de la carretera, y que resultan bastante cómodos. Ha sido un día muy largo. En la madrugada cae un diluvio sobre la región. No pasa nada. Muy temprano, todos están en sus labores. A las seis y media nos dan el que creemos que es un desayuno simple: café negro y un pan exquisito, hecho aquí mismo. A las ocho y media, el verdadero desayuno: severa provisión de fríjoles, arroz, pescado frito, pan o arepa y chocolate. A las diez empieza el censo.
Algunas decenas de artistas hacen fila para ser entrevistados. Martín Batalla y Malena traen un cuestionario diseñado para saber de dónde proviene cada quien, qué ha hecho y qué capacidades tiene. La gran mayoría son cantantes y compositores de música popular, bastantes son poetas, dibujantes, artesanos, bailarines, actores, un par de fotógrafas. Casi ninguno estudió más allá de la primaria. Casi todos se enlistaron en la guerrilla por lo que sabemos de sobra, que el país no les dio otra opción. Lo que no hay es escritores: al menos de este campamento, no saldrán el novelista ni el cronista que le hagan al mundo el gran relato de las Farc.
De todos, la que mejor me ha caído es Talía. Al final de la entrevista, igual que los demás, debe firmar con su nombre del registro civil. No sé qué nombre pone entonces, y el que sea no la identifica. El registro civil lo obtuvo apenas hace unos meses, cuando regresó a su pueblo, un pueblo cualquiera de la región, para visitar a su abuela moribunda. Tenía la ilusión del reencuentro con su familia. Se reencontró, descubrió que pervivía el afecto pero que ya no podía estar con esas personas. Le pidió a su padre que hicieran la diligencia del registro, pues los acuerdos incluían la oficialización de su existencia. Se fue. Tal vez no volverá. Como muchos de sus compañeros, Talía anhela que una vez termine el mecanismo de las zonas veredales se les permita quedarse en este lugar, trabajar y armar comunidades. Se cuenta incluso que en otras zonas han llegado personas desplazadas a unirse a los guerrilleros y que, si no los expulsan, pronto varias de esas zonas serán nuevos pueblos. La esperanza ahora está puesta en el mecanismo que sustituirá a las zonas: los Espacios Territoriales de Capacitación y Reincorporación. Serán los mismos lugares, con las mismas construcciones tremendamente atrasadas, pero sin la custodia del Ejército y la Policía (en Antioquia, esta última instalará inspecciones en las zonas, no tanto para proteger como para ejercer soberanía). Seguirá, sí, la misión de la ONU, al menos por un tiempo. Entonces, con documentos y deberes, los guerrilleros serán ciudadanos. Talía aprendió a hacer atrapasueños y a eso dedica los días en el campamento.
Pasa la mañana y avanza la tarde. Martín Batalla y Malena han terminado aquí su tarea y deciden adelantar el regreso a Medellín. Al irnos, expresamos al comandante y a los que están con él el sincero deseo de que los acuerdos se respeten, de que ellos puedan integrarse a la sociedad y que todos juntos podamos ser Colombia. Queremos que no pase lo más terrible.
—Podrán matarnos a muchos —dice uno de ellos con una voz en la que reconozco, ahora sí, una especie de resignación—, pero algunos quedarán con vida.
No creo en Dios ni en la democracia, pero como ambos son instancias buenas bajo cuyo sol me gustaría que la humanidad viviera protegida, les elevo mi oración para que no maten a ninguna de estas personas. Que los que deben crímenes los paguen y los demás vivan tranquilos y no sean obligados nunca más a ampararse en la guerra, etcétera.

jueves, 14 de septiembre de 2017

La quinta prisionera


La última vez que un estudiante de periodismo me produjo asombro fue en algún momento del año 2015, cuando la autora de este libro entró en la recta final de la escritura de su trabajo de grado. Desde la primera página del primer borrador del volumen que entonces se titulaba Tras rejas extranjeras, supe que, no más ponerlo a consideración de un par de editores, este trabajo iba a trascender los anaqueles en que los esfuerzos académicos de final de carrera perecen: cientos y cientos de discos compactos con tesis y monografías de todas las ciencias se alinean en las secciones correspondientes de las bibliotecas universitarias. Allí se los tragan el polvo y el olvido; muy pocos de ellos son consultados una que otra vez a lo largo de las décadas.
No me produjo asombro la calidad de las narraciones. Desde que Estefanía pasó por alguno de mis cursos, descubrí en ella a uno de esos periodistas en formación que cada cierta cantidad de semestres me devuelve la esperanza de que lo mejor del oficio sobrevivirá a la triste languidez de las redacciones actuales. Lo que me asombró fue la velocidad con que podía producir magníficos relatos. Conversábamos, se encerraba uno o dos días y luego, desde algún lugar del ciberespacio –nunca tuve certeza de que viviera en un lugar físico–, me llegaba un correo suyo con un avance que parecía haberse perfeccionado durante largo tiempo.
Tras muchos cafés que no fueron y debieron remplazarse por el chat y el intercambio de textos, he descubierto dos de las claves de esta niña –veintitrés años, no más, en el momento de publicación de su primer libro–. Una es que es una trabajadora tenaz y está dotada de virtudes, fundamentales en el mejor periodismo, como la milimétrica capacidad de observación y la manía excesiva por la pregunta. No sé si piensa en ello, pero sus entrevistas se rigen por un estricto espíritu de orden socrático. Esto, y cierta magiecita en el trato personal, le permite estrujar la memoria de sus personajes hasta rincones en cuyas brumas ellos mismos se han perdido hace tiempo. Viene entonces la segunda de sus claves: se zambulle en un tema como un minero con fiebre de oro en una veta y con la misma obsesión busca y depura datos hasta hallar los que el relato necesita. Es quisquillosa, observadora, minuciosa e, insisto en la importancia de ello, trabajadora, y sabe encontrar fulgores donde en apariencia nada brilla. Esta es la razón por la cual, al ponerse a escribir, no solo está en capacidad de revelar detalles olvidados por los entrevistados, sino que además es capaz de vislumbrar las endebles bases de la verdad donde narradores incautos se fascinan con la fuerza de un verbo o la vivacidad de un tono de voz. Sé que hay otras claves; las tienen Estefanía y un puñado de hombres y mujeres que en estos tiempos de desencanto dan la lucha por un periodismo que verdaderamente cuente historias.

En estos dos años, lo que era un estupendo trabajo de grado se trascendió a sí mismo. Luego de recibirse con mención de honor de la Universidad de Antioquia, la autora entró de lleno en el mundo del periodismo contemporáneo, a la vez rico en ayudas tecnológicas y pobre en posibilidades de servirle a la gente. Desempeñándose en las redacciones digitales de dos de los más importantes diarios del país, primero El Tiempo y ahora El Colombiano, dedica la mayor parte de sus jornadas a hacer noticias. Desde cuando era pequeña quería contar historias y esto fue lo que la sedujo de la profesión; y, con todo y lo desértica que para un narrador pueda llegar a ser una redacción digital, ha encontrado la manera de mantener el espíritu. Poco puede salir a buscar las historias en las calles –que no deberían de haber perdido su estatus de fuente nutricia de los reporteros–, pero esto no ha impedido que de cuando en cuando renueve su fe en el periodismo que le sirve a la gente. El otro día, por ejemplo, la llamó un toxicólogo del hospital San Vicente de Paúl, en Medellín, para contarle que estaban llegando pacientes con hemorragias que parecían tener una causa común: la Vitacerebrina, un complemento vitamínico. La nota que Estefanía publicó en el periódico ayudó a que algunas personas se salvaran (no sé si de la avitaminosis o de la pérdida de sangre, seguro sí de la desinformación). La mayoría de veces, sin embargo, la experiencia no es tan feliz y Estefanía descubre que el periodismo sirve de poco, que la gente no mira más allá del título y lo único que parece interesarle son los asuntos relacionados con cierto futbolista, un ciclista y los terremotos. ¿Nada más? En realidad, si echamos un vistazo a la historia del periodismo descubriremos que su lucha contra el desinterés del público empezó mucho antes de que las maravillas de la tecnología nos obligaran a reducirlo todo a esa pobre mezcla de pirámide invertida y cubrimiento en tiempo real que tanto envilece al oficio en la actualidad.
Hace un par de décadas, cuando en los albores de la era digital los que miraban al horizonte descubrían los nubarrones que ennegrecían el futuro del periodismo impreso, el maestro argentino Tomás Eloy Martínez pronunciaba ante la Sociedad Interamericana de Prensa su célebre conferencia “Periodismo y narración: desafíos para el siglo XXI”. En ella daba cuenta del mayor problema con que debían vérselas los periodistas de la segunda mitad del XX: el desinterés de un público en apariencia sobreinformado, por un lado, y por el otro la equivocada respuesta de los editores de reducir las noticias a meros tips informativos o, en los mejores casos, a simples desarrollos de pirámide invertida. Martínez proponía entonces una solución que en realidad ya venía aplicándose: volver a contar historias. Poner la narración al servicio de la noticia.
No es que los periódicos le hayan prestado especial atención al maestro. Sumidos de lleno en esas máquinas de procesamiento de odios en que se han convertido las redes sociales y obligados a escribir para ellas más que para el público, los enclenques medios de nuestra época –también la radio y la televisión– se lo apuestan todo al clic. Importa menos el viejo anhelo de servir a la comunidad que los indicadores de navegación, porque en estos es donde se halla la fórmula para atraer a los esquivos anunciantes. Y los usuarios de las redes, bien lo sabemos, preferirán siempre la eterna conseja en torno a James, la declaración fácil de Nairo y la foto de la víctima entre los escombros, a las notas que les obliguen a mirar de frente su realidad. Sí: me parece que evitar el escapismo es el auténtico desafío a que se enfrenta el periodismo de este siglo.
El panorama es sombrío. La generación de periodistas de la que forma parte Estefanía enfrenta un reto en el que la mayoría de ellos están condenados a fracasar: el de pensar menos en los ejecutivos de ventas que en los jefes de redacción, más en los ciudadanos urgidos de orientación que en los usuarios cargados de rabia. No soy optimista, pero en los terabytes de noticias deleznables que minuto a minuto lanzan los medios a las redes se encuentra una que otra Estefanía. Y, claro, lo mejor de ellas, de ellos, no saldrá en los periódicos.  
“Yo no sé decir frases sabias, pero sé contar historias”, me dice en medio de una conversación que he iniciado pidiéndole una frase célebre, algo citable para ilustrar su pasión por el periodismo. Que sabe contar historias, yo lo sabía de sobra. En su trabajo de grado me permitió conocer las de tres hombres colombianos enfrentados a la difícil circunstancia de la prisión, alguno de ellos con una doble condena por el mismo delito. En esos días supe que viajó a la cárcel de Montería para entrevistarse con uno de sus personajes. Sin embargo, cuando leí los tres relatos iniciales encontré con cierto asombro que sus descripciones de los presidios estadounidenses en que sus personajes habían purgado penas eran de un nivel de detalle que hacía pensar que la periodista había viajado hasta esos lugares y en los tiempos de suceso de las historias. Dos años de perfeccionamiento después, y con un cuarto personaje en el libro, el recurso está aún más presente. Así:

Coleman era un complejo de prisiones de mínima, media y máxima seguridad en el centro de La Florida. En el 2004, las instalaciones estaban nuevas, recién inauguradas y, salvo algunos pequeños cambios, el diseño y los materiales eran prácticamente iguales a los de Pollock. No había canchas de tenis ni mesas de billar como en Lompoc o Tallahassee –esos country clubs para criminales que el Congreso de los Estados Unidos prohibió en la década de los noventas–, pero por lo menos había una yarda, un campo de fútbol, una cancha de básquetbol y pasto muy verde para acostarse en los días de verano a tomar un baño de sol.

Ya indiqué antes cuáles son, al menos, dos de las claves del trabajo de Estefanía. Aquí entran en juego su rol de chica millenial y su oficio de periodista digital. En la reportería de su libro utilizó los mejores recursos a su alcance para atravesar eras y geografías: las preguntas a sus personajes y la navegación por las vastedades de la web. Como debe ser, verificó todo lo que los cuatro protagonistas le decían y descubrió que, tal vez incluso creyendo decir la verdad cada vez, sus versiones sobre lo que les había sucedido variaban. El periodismo te enseña que la verdad tiene muchos rostros y que estos evolucionan.


De los actuales rostros de Estefanía, yo me quedo con el que le vi en un momento glorioso de la redacción: cuando el 26 de septiembre de 2016 visité con mis estudiantes las instalaciones del periódico y ella nos atendió, estaba radiante porque la noticia del día era la paz. Por lo general un poco hastiada de tener todo en contra –el tiempo, los lectores, las fuentes–, ese día irradiaba alegría. Debió apurar la charla con sus futuros colegas porque tenía a su cargo el portal y los lectores necesitaban que se les contara cómo en unos minutos se firmaba el acuerdo definitivo entre el Gobierno y la guerrilla de las Farc. Estaba feliz de ejercer su profesión y dar testimonio sobre ese momento de nuestra historia nacional. Cada vez que flaquea mi fe en el periodismo, evoco el rostro radiante de esta muchacha cubriendo la noticia de la paz y vuelvo a pensar con los maestros que este es el oficio más bello del mundo. Estefanía Carvajal es periodismo en estado puro, pero también me gusta lo que pone al final de su perfil de presentación en las notas que publica en el diario: “Si la vida no me hubiera arrastrado hasta el periodismo, tal vez habría sido bailarina”. Tal vez. Por ahora, su mejor actuación es la que desarrolla en estas páginas al conocer, investigar, confrontar, corroborar, corregir, dudar, desentrañar, narrar las historias de cuatro hombres enfrentados a la más dura circunstancia de sus vidas.

miércoles, 28 de diciembre de 2016

La sociedad de los muchachos invisibles

Juan Camilo Betancur Echeverry nació para las letras. Lo supe desde cuando lo oí hablar por primera vez, en alguna clase de literatura o de géneros periodísticos. En aquella primera ocasión creí, también, que este hombrecito proveniente de las montañas y el café estaba tocado por algún hechizo de luna. En aquellos días de nuestra prehistoria me figuré que él caminaba por una cuerda floja; que, sin duda, caería al vacío y que dependiendo del lado por el cual cayera estaría destinado a la literatura o al delirio. Las letras lo esperaban en cualquiera de los dos casos; las palabras lo esperaban, y también una que otra verdad.
Durante más de una década lo he visto crecer, a veces acercándose y a veces diluyéndose, y he llegado a comprender que sus deliquios eran en realidad una manera segura de avanzar por la cuerda de su destino escogiendo a conciencia el lado de la caída. Cuando seguí de lejos sus viajes a lo profundo del continente y a lo profundo de su conciencia, comprendí que se estaba preparando con todos los riesgos: el destino no le sería impuesto por los hados. Juan Camilo había decidido que, en vez de caer, se aventaría. No lo esperaba en el abismo una red protectora. El abismo estaba configurado como una masa de letras y palabras y él navegaría en ellas con la propiedad de quien nació para la literatura.
“Escuché el viento como un rumor eléctrico, como si la luz fuera aire y acariciara mi rostro”, dice ahora, desde la frase final del sexto capítulo de La sociedad de los muchachos invisibles, Florentino, el narrador al que cualquier lector puede verse tentado a identificar con el autor. Esta es su primera novela. No la primera que bulle en su espíritu, pero sí la primera que se concreta en el acto de llevarla hasta la publicación. Siguiendo una larga tradición que puede rastrearse hasta la novela de formación alemana de comienzos del siglo XIX, el relato nos sumerge en los años cruciales en que el personaje principal y sus compañeros de generación afrontan el paso de la niñez a la adolescencia, de los amores filiales a los tortuosos y de la vida inocente al enfrentamiento con un mundo vasto y basto. No uso al azar el verbo sumergir, pues eso es lo que hacemos al adentrarnos en estas páginas: nos sumergimos en el espíritu sabio y un poco atormentado, docto y un poco díscolo, de un hombre que rememora los años inmensos en que el mundo dejó de ser para él y empezó a ser de él.
En los verbos que los signan pueden diferenciarse el autor y su narrador. Mientras este nos sumerge en su visión del destino, aquel se aventará un día a la conquista del suyo. Sigo sin saber por cuál lado optará este escritor cuando decida no seguir andando por la cuerda floja de su destino, pero tengo la sensación de que no importa mucho; a fin de cuentas, en la literatura o en el delirio, creo que Juan Camilo va a seguir contando historias. Y que valdrá la pena saber de ellas.

(Presentación completa de contraportada del libro de Camilo)