miércoles, 28 de diciembre de 2016

La sociedad de los muchachos invisibles

Juan Camilo Betancur Echeverry nació para las letras. Lo supe desde cuando lo oí hablar por primera vez, en alguna clase de literatura o de géneros periodísticos. En aquella primera ocasión creí, también, que este hombrecito proveniente de las montañas y el café estaba tocado por algún hechizo de luna. En aquellos días de nuestra prehistoria me figuré que él caminaba por una cuerda floja; que, sin duda, caería al vacío y que dependiendo del lado por el cual cayera estaría destinado a la literatura o al delirio. Las letras lo esperaban en cualquiera de los dos casos; las palabras lo esperaban, y también una que otra verdad.
Durante más de una década lo he visto crecer, a veces acercándose y a veces diluyéndose, y he llegado a comprender que sus deliquios eran en realidad una manera segura de avanzar por la cuerda de su destino escogiendo a conciencia el lado de la caída. Cuando seguí de lejos sus viajes a lo profundo del continente y a lo profundo de su conciencia, comprendí que se estaba preparando con todos los riesgos: el destino no le sería impuesto por los hados. Juan Camilo había decidido que, en vez de caer, se aventaría. No lo esperaba en el abismo una red protectora. El abismo estaba configurado como una masa de letras y palabras y él navegaría en ellas con la propiedad de quien nació para la literatura.
“Escuché el viento como un rumor eléctrico, como si la luz fuera aire y acariciara mi rostro”, dice ahora, desde la frase final del sexto capítulo de La sociedad de los muchachos invisibles, Florentino, el narrador al que cualquier lector puede verse tentado a identificar con el autor. Esta es su primera novela. No la primera que bulle en su espíritu, pero sí la primera que se concreta en el acto de llevarla hasta la publicación. Siguiendo una larga tradición que puede rastrearse hasta la novela de formación alemana de comienzos del siglo XIX, el relato nos sumerge en los años cruciales en que el personaje principal y sus compañeros de generación afrontan el paso de la niñez a la adolescencia, de los amores filiales a los tortuosos y de la vida inocente al enfrentamiento con un mundo vasto y basto. No uso al azar el verbo sumergir, pues eso es lo que hacemos al adentrarnos en estas páginas: nos sumergimos en el espíritu sabio y un poco atormentado, docto y un poco díscolo, de un hombre que rememora los años inmensos en que el mundo dejó de ser para él y empezó a ser de él.
En los verbos que los signan pueden diferenciarse el autor y su narrador. Mientras este nos sumerge en su visión del destino, aquel se aventará un día a la conquista del suyo. Sigo sin saber por cuál lado optará este escritor cuando decida no seguir andando por la cuerda floja de su destino, pero tengo la sensación de que no importa mucho; a fin de cuentas, en la literatura o en el delirio, creo que Juan Camilo va a seguir contando historias. Y que valdrá la pena saber de ellas.

(Presentación completa de contraportada del libro de Camilo)

sábado, 17 de diciembre de 2016

¿Quién le teme a Leila Guerriero?

A esta hora de la noche, mientras escribo, Medellín se extiende por todos los ángulos de la ventana como una criatura tranquila y luminosa. Unos pocos sonidos llegan a mí: los gritos de unos muchachos que juegan fútbol –sí, a esta hora de la noche y en esta fecha; sobre todo, en esta fecha–; algún carro a lo lejos; el reloj de pared, cuyas manecillas al recorrer el tiempo no hacen tic tac sino una especie de lamentación; algún taco que estalla porque hay quienes celebran en los barrios; y las teclas en el computador; y las notas de Zbigniew Preisner que me arrullan las ideas; y algún quejido del amado que sueña en la habitación; y mis pensamientos entre indignados, asustados y tristes; y…
Es la madrugada posterior a la jornada en que casi seis millones y medio de colombianos, azuzados por la mentira y el miedo, nos impusieron a los demás la negación de la paz con la guerrilla de las Farc. Miro desde mi estudio y me doy cuenta de que por primera vez en toda mi vida no logro querer a esta ciudad. Medellín y Antioquia fueron determinantes en la derrota de la paz.
Hago un recorrido por la prensa de varios países. Ojeo periódicos de Medellín, Bogotá, Madrid, Santiago, Lima, Guayaquil y París. En todos ellos priman las notas informativas y de análisis sobre la trascendental fecha del 2 de octubre, día del plebiscito mediante el que se esperaba refrendar los acuerdos alcanzados luego de 52 años de conflicto. ¿Algún relato de corte literario sobre la expectativa con que los ciudadanos fuimos a votar? No. Ninguno. ¿Es de lamentar esta situación?
En diciembre de 2007, en la revista El Malpensante, aparecían estas palabras de Leila Guerriero –ella–: “…La escritura creativa no debería ser excepción en el oficio sino parte de él”. Con ellas, la argentina a quien todos los periodistas latinoamericanos quieren parecerse avalaba su propuesta de que el periodismo debería mantenerse firme en su intención de narrar historias. Decía también:

Yo no creo en las crónicas interesadas en el qué pero desentendidas del cómo. No creo en las crónicas cuyo lenguaje no abreve en la poesía, en el cine, en la música, en las novelas. En el cómic y en sor Juana Inés de la Cruz. En Cheever y en Quevedo, en David Lynch y en Won Kar Wai, en Koudelka y en Cartier-Bresson. No creo que valga la pena escribirlas, no creo que valga la pena leerlas y no creo que valga la pena publicarlas. Porque no creo en crónicas que no tengan fe en lo que son: una forma del arte. (“¿Dónde estaba yo cuando escribí esto?”)

De las muchas formas que el periodismo puede adoptar para dar cuenta constantemente de la realidad, la narración de corte literario en general, y el género de la crónica en específico, puede considerarse auténtica literatura. Cuando está bien logrado, por supuesto. No estoy diciendo nada nuevo ni algo que ningún conocedor del oficio haya de refutar, lo sé. Tampoco es nuevo decir que el periodismo narrativo tiene una larga tradición en nuestro país. Y decir nuestro país es referirnos a ese gran país nuestro que está por encima de las fronteras y se extiende por toda la geografía de la lengua, pues la historia es en esencia la misma: nuestros periódicos primero coquetearon con la literatura que con la información, y cuando en el siglo XIX adoptaron de lleno la tarea de informar se convirtieron en fervientes cultores de la crónica, ese género que siglo y medio después sigue siendo nuestra insignia.
El siglo XX presenció el surgimiento de varias escuelas notables en el periodismo del mundo. La más celebrada fue el llamado Nuevo Periodismo estadounidense. Dos cosas, sobre todo, proponía –sigue proponiendo– esta escuela: ocuparse de las culturas de base en las que se sustentan los grandes centros de poder y contar la realidad con absoluto rigor en los datos y con virtud en el uso de las palabras. Derivado suyo, o muy cercano, o incluso él mismo pero con otro nombre, es el Periodismo Literario. Muchos han sido sus cultores y maestros, desde el ostentoso Truman Capote (uno de mis héroes, pero también, al parecer, un periodista literario con tendencia a dejarse tentar por la ficción en relatos que presumen de completa fidelidad a los hechos) hasta el elegante Gay Talese.
El Nuevo Periodismo es considerado, con sobrados méritos, la corriente periodística más notable del XX. Sin embargo, su novedad puede cuestionarse por hechos como que a comienzos de ese siglo ya estaban haciendo obra en aquel país periodistas de la talla de John Reed. En la geografía diversa de la lengua española se observa con gran –y merecida– admiración este fenómeno, pero dicha admiración tiende a hacernos olvidar que mucho antes del Nuevo Periodismo ya se cultivaba en nuestro ámbito un periodismo de gran valía literaria. Cito dos nombres de la segunda mitad del siglo XIX. El primero, el cubano José Martí. El segundo está mucho más cerca de nosotros, nada menos que en esta ciudad de Medellín que hoy rechaza los acuerdos de paz: ya en 1874, el periodista y jurista local Francisco de Paula Muñoz publicaba El crimen de Aguacatal. No existía en esa época el reportaje como género, pero como tal puede considerarse el relato novelado del crimen de una familia en lo que ahora es el centro comercial Santa Fe y entonces eran unos andurriales en el camino que de Medellín conducía a Envigado. Más llamativo aun, el trabajo de Muñoz bien podría considerarse un antecedente de la magnífica novela de no ficción A sangre fría de Truman Capote, de no ser porque es del todo improbable que tal autor hubiera conocido el trabajo del antioqueño.
Esto, pues, para indicar que ni el Nuevo Periodismo fue de veras el creador del periodismo literario ni la narración en el periodismo es un fenómeno nuevo. La escritura está en la base del oficio y la pasión por narrar historias con gran sentido estético ha estado presente desde siempre en la sangre de los periodistas que escriben. No en vano, muchos de los maestros máximos de la literatura mundial (iba a decir que latinoamericana) se han iniciado en los periódicos y han cultivado la palabra en los campos fértiles de la ficción y de la no ficción. Periodismo y literatura han convivido durante siglos, influyéndose uno a otra, alimentándose, creciendo juntos.
¿Se mantiene esta relación? Un repaso a las ediciones digitales de algunos periódicos latinoamericanos en la madrugada posterior al descalabro de la paz en Colombia podría llevarnos a la conclusión de que los periodistas han perdido la fascinación de las palabras. La misma conclusión podría aventurarse si el rango de observación fuera más amplio. Lo cierto es que desde cuando llegó la internet, dos décadas atrás, las cosas han cambiado y los mejores cultores del oficio se han dado por enterados de que ahora no basta con escribir bonito. Este es un paso, sí, y muy importante, pero no el único. Los periodistas han tenido que aprender a vérselas con la transversalidad del mensaje que recorre las páginas del periódico a la vez que llega a los usuarios de cualquier parte del mundo a lomo de pantallas omnipresentes. Para decirlo con sencillez: han tenido que descubrir que el periodismo no es igual en el medio impreso que en el digital. Tiene los mismos principios, sí, pero las herramientas son diferentes. La palabra escrita es diferente cuando migra del papel a la pantalla.
Veinte años después, lo anterior apenas está siendo comprendido por la mayoría de periodistas, atados hasta ahora a las leyes del universo escrito. Mientras tanto, una revisión de los periódicos del día posterior a la fecha infausta demuestra que el camino de ida parece más bien el de venida. Quiero decir: más que aprender a escribir para los dispositivos digitales, los periodistas están tratando de aprender a escribir para los medios impresos teniendo como punto de partida el periodismo que se hace en el mundo digital. La gran paradoja es que en este último la tendencia dominante es la que ya hace muchos años dejó de mandar en el periodismo impreso: una escritura pobre y poco rigurosa en la consecución y exposición de datos. La vieja pirámide invertida está de regreso, pero sin sus virtudes.
¿A dónde se han ido, entonces, los narradores? Siguen existiendo, claro. Se los puede encontrar en algunas ediciones de domingo. Se los puede buscar, sobre todo, en algunas revistas que nadie lee pero que no se mueren, y en uno que otro libro. Bien se puede decir que Leila Guerriero y los suyos siguen haciendo periodismo del bueno, y si bien los periódicos impresos poco viajan hasta nosotros, las noticias son alentadoras: basta con digitar unas cuantas palabras en cualquier buscador. El periodismo narrativo vive en la web.

La revista creada por mis colegas y exalumnos Eisen Hawer López, Daniel Santa y Jorge Mario Carrera ya está en mi biblioteca. Para esta nueva publicación fue escrito el presente artículo.

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Historia de una rabia

Una semana antes, cuando sonó el himno nacional, pensé en mi abuelo y durante unos segundos contuve las ganas de llorar. Pensé algo más o menos como esto: “Abuelo, firmaron. Hay que perdonar”. Y no lloré. Estaba a solas viendo por televisión la ceremonia de firma del acuerdo, con mi pensamiento cabalgando entre los muchos jefes de Estado, secretario de la ONU incluido, que acudieron a la firma en calidad de testigos, y la historia de mi familia. Muchas emociones me tenían en vilo esa tarde de septiembre. La más importante de ellas, la que me causaba el hecho de estar presenciando la firma de un acuerdo de paz en este país, mi país, que tantas guerras ha librado contra sí mismo (perdiéndolas todas). Sentía, sobre todas las cosas del mundo, que había llegado el momento de perdonar. Cerré los ojos y le pedí al abuelo permiso para, en nombre suyo, perdonar a los que lo asesinaron y dar comienzo a una historia nueva para sus descendientes.
Podría uno decir que “todo empezó…” en tal fecha, pero la verdad es que no hay una fecha de inicio. ¿A qué hito corresponde ese “todo empezó”? Digamos, para centrarnos en el tema, que todo empezó cuando las Farc se dieron a copar las montañas del suroriente de Antioquia, norte y oriente de Caldas. Esto ocurrió en algún momento de los años noventa. Hasta entonces, Pueblo Nuevo, la aldea donde todo empezó para mí, era un lugar feliz. Hablar de un lugar feliz en Colombia –o en cualquier nación de los hombres– puede parecer una ingenuidad o un acto de cinismo, pero en amplia medida de Pueblo Nuevo podía decirse que lo era. Un caserío ubicado en una playa del cañón del río Samaná, que sirve de frontera a los dos departamentos, con agua en abundancia y tierras fértiles en muchos pisos térmicos. Sus pocos habitantes han sido pobres toda la vida, pero el abandono del Estado y las carencias de la economía siempre fueron compensados por la solidaridad de unos con otros. Mis abuelos llegaron allí en algún momento de los sesenta y con los años se convirtieron en patriarcas de una región de ensueño. El patriarcado del abuelo era menos un título o una condición social que una disposición suya para el servicio. A lo largo de varias décadas no hubo nadie en Pueblo Nuevo que de alguna manera no tuviera algún motivo para darle las gracias.
Tengo una frase para lo que ocurrió después: “Entonces llegaron ellos”. En torno a ella me ha vibrado en la cabeza, durante años, un proyecto de novela para cuya escritura definitiva, creo, me falta aún una cierta perspectiva de tiempo. En torno a esta frase he escrito, además, un par de posts en que intento reflexionar sobre lo que ocurrió en Pueblo Nuevo. Cada vez que en un papel, en un computador, o en mi cerebro, escribo: “Entonces llegaron ellos”, un borbotón de ideas me arrastra el espíritu. En todas ellas están mezclados el destino trágico de la región y del país. “Ellos”, para efectos de mi historia particular, son los guerrilleros. Ellos, los de las Farc. Soy consciente de que, desde otras perspectivas, “ellos” han sido diversos agentes en diferentes momentos de la historia y en diferentes lugares de la geografía: las fuerzas del Estado, los paramilitares, los terratenientes, los mercaderes nacionales y extranjeros, los colonizadores… Tiene demasiadas caras la tragedia de Colombia.
Cuando las Farc llegaron a Pueblo Nuevo, a mediados de los años noventa, literalmente tiñeron de sangre el paraíso. Se me perdonará la figura tan cursi, pero eso fue lo que ocurrió. Los guerrilleros no se comportaron nunca como el ejército del pueblo que proclamaban ser, sino como una fuerza de ocupación cuya política era el arrasamiento de todo lo que se les opusiera. ¿Qué hizo el Estado para enfrentarlos? Huir. Unos pocos agentes de la Policía Nacional que acantonaban en la inspección local fueron trasladados a municipios sin presencia guerrillera y el Ejército de vez en cuando se daba una pasada por la región, pero no para proteger a los habitantes sino para protegerse a sí mismo. Todos tenían miedo y el miedo volvió poderosos a los invasores. Muchos campesinos fueron asesinados, muchos otros se vieron forzados al destierro.
Don Jesús Vargas, mi abuelo, era ya septuagenario cuando se produjo la invasión del frente comandado por la sanguinaria Karina. Desde el principio fue claro con ellos: no estaba de acuerdo con su dominio violento sobre la región y no estaba de acuerdo con sus ideas (las que, en realidad, si es que las tenían nunca expusieron). Por entonces, yo todavía pensaba en las Farc unidas a un concepto que hoy me causa gran incomodidad al relacionarlo con semejante grupo, pues lo siento mancillado: revolución. Consideraba que la revolución estaba unida a valores como el respeto al contrario, el honor y la defensa de los más débiles. Por eso no me contagiaba de la preocupación que empezó a agobiar a mi mamá y a mis tíos por el abuelo. Me parecía absurda la simple posibilidad de que un hombre anciano, solo, desarmado y capaz de oponérseles con la palabra, pudiera correr peligro con los luchadores de cualquier revolución.
El 19 de febrero de 1999, sin embargo, dos verdugos de las Farc asesinaron por la espalda al abuelo. Muchas cosas nobles murieron en mí esa madrugada y nació una rabia que solo vino a alivianarse diecisiete años más tarde, cuando las Farc y el gobierno de Juan Manuel Santos avanzaron con seriedad en la negociación que derivaría en el acto del 26 de septiembre en Cartagena. Ingenuidades aparte, me parecía no solo que el país merecía, sino que de verdad podía darse la oportunidad de terminar el conflicto armado. Pensaba que por fin iba a ser posible que en Colombia no asesinaran a mi abuelo.
Creo que los hombres tenemos el deber de influir en la historia para que esta vaya dejando de avanzar a los trancazos y llegue a ser alguna vez el espacio en que nuestras vidas se desarrollen sin otros sobresaltos que los indispensables para habitar el mundo. Cada quien a la medida de su espíritu está una que otra vez a lo largo de su existencia en la obligación de prestarse al cultivo de nobles causas. Esta es la razón por la que, deponiendo mi rabia personal, llegué al 2 de octubre con la convicción de que era necesario participar en el Plebiscito que el Gobierno convocó a fin de darle base popular a lo pactado con la guerrilla y votar Sí al apoyo del “acuerdo final para terminar el conflicto y construir una paz estable y duradera”.  
Ocurrió lo impensable: las mayorías se abstuvieron de participar en la decisión sometida a su consideración más importante en nuestros dos siglos de independencia y entre quienes votaron se impuso, aunque por estrecho margen, la opción del no. Increíblemente, un país que a lo largo de su existencia ha padecido todas las formas de la guerra se acercó como nunca a la posibilidad de la paz y en el instante decisivo la rechazó. Han transcurrido unas pocas semanas y el desconcierto no cede. ¿Qué pasó? En parte, claro, está la campaña tramposa de la que con sorprendentes cinismo e ingenuidad alardeó en aquella entrevista el gerente de la campaña del No (La República, 6 de octubre), Juan Carlos Vélez Uribe, ¡un sujeto que estuvo a punto de ser alcalde de Medellín!: a punta de argumentos falsos le hicieron creer a la masa ignorante cosas como que el acuerdo contemplaba que a los jubilados se les sacara el siete por ciento de su mensualidad para destinarlo a los guerrilleros desmovilizados o que promovía ideologías tendientes a la “homosexualización” de la gente.
Claro, no todos los electores negativos son ignorantes o tienen malas intenciones. En los primeros días sentí mucho enojo con mis familiares y amigos que votaron No, pero en todo momento fui consciente de que yo mismo estaba muy cerca de esa opción. Nunca en sus 52 años de lucha armada hicieron las Farc algo que no fuera repudiable. Recuerdo en primerísimo lugar la historia de mi abuelo, porque es mi dolor personal, pero la lista de los crímenes abominables de la guerrilla es tan abultada, su soberbia tan ofensiva, que no es preciso hacer un gran esfuerzo para comprender a quienes se obstinan en decirles que no: así no es, Timochenko y sus secuaces. Al pueblo se le respeta.
Muchas cosas nos hemos dicho entre nosotros y nos han dicho a los colombianos a lo largo de los cuatro años que duró la negociación. Nos han enrostrado, con una simpleza que casi lo hace comprensible, aquel llamamiento del filósofo Jacques Derrida a perdonar lo imperdonable. Desde otra orilla de la filosofía, la estadounidense Martha Nussbaum nos escribió una carta, respetuosa y bonita, en la que nos invitaba al perdón y la reconciliación… Y, así, infinidad de voces claman por el cese de la guerra. Es necesario perdonar, digo yo, porque la guerra solo produce dolor y necesidad de venganza, y la venganza se perpetúa y lacera el espíritu de todos. Es necesario, sobre todas las cosas del mundo, dejar atrás nuestros doscientos años de país belicoso y explorar de esta manera las posibilidades del progreso. Para mí es claro el mensaje que entrega el personaje de la película The Railway Man (Jonathan Teplitzky, 2013): “Algún día el odio tiene que terminar”.
También en Colombia.
Publicado en: Agenda Cultural Alma Máter 237. 
Universidad de Antioquia, noviembre 2016