domingo, noviembre 20, 2011

¿Para qué sirven un blog y la vida?

Esta semana estuve leyendo el blog de Yoani Sánchez, la diva cubana del ciberespacio. Se llama, el blog, Generación Y. En él retrata la cotidiana bajeza de la vida en la Cuba de los dinosaurios Castro. Ser cubano y vivir en Cuba es como ser colombiano y vivir indocumentado en cualquiera de esos países horrendos, Estados Unidos o España, donde te explotan sin misericordia y te persiguen porque te dejás explotar: les lavás los inodoros, pero quieren expulsarte y que a la vez te sintás muy agradecido por permitirte acariciar su sueño de vida. Según lo que cuentan Yoani, las películas y quienes de allí han podido escapar, los cubanos viven en un régimen de apartheid en extremo miserable que los obliga a ser excluidos de su propio país. Todo lo bueno de la isla es para los turistas. Y para los miembros del régimen, por supuesto. Si deseás salir, aparte de las ya de por sí odiosas visas necesitás un permiso gubernamental. Y si estás afuera y después de un tiempo querés regresar, necesitás otro permiso. ¡Es tu país y necesitás permiso para pisar su territorio! La Revolución te saca o te aprisiona, pero no te reconoce la libertad.
La revista literaria que sigo es El Malpensante. Hoy me llegó la edición de noviembre. Como cada vez que me llega una publicación en la cual hay algo mío, la abrí con ansiedad y me dispuse a buscar, primero, aquello. No tuve que buscar mucho. Ya en la portada interior, uno de los mejores espacios para ubicar publicidad en cualquier publicación, encontré lo mío. No es un artículo, sino un aviso. El del evento cultural en que trabajo, el Festival de Cine de Santa Fe de Antioquia. El tema de este año es el cine y la Revolución Mexicana —otra de esas revoluciones en las cuales el pueblo acabó tan traicionado, Dios santo—, y la imagen oficial me gusta mucho. Representa a un grupo de mexicanotes de sombrero grande y cananas cruzadas en equis alrededor del tronco, sentados detrás de un videobeam en pleno parque principal del pueblo. El aparato dispara un chorro de luz hacia el lector. Los personajes ven una película y la película somos nosotros. El sábado está frío y mi espíritu vira hacia la oscuridad, pero este aviso tan bien ubicado en esta revista me produjo alegría. La alegría se disipó pronto. Propensos como somos a llevar la contraria, hace mucho frío en nuestra versión del calentamiento global, y con el frío y la inacción llega la pesadumbre. 
Anoche estuve chateando largamente con una antiquísima compañera de trabajo. Ahora vive en un pueblo de Wisconsin y espera con ansia regresar a Bogotá, la ciudad donde mejor se siente, pero no puede hacerlo antes de febrero porque tendría que pagar un sobrecosto de doscientos dólares en el tiquete aéreo. Yo no quisiera volver a vivir en Bogotá. Cierto que es una ciudad con algún grado de cosmopolitismo, pero basta un mal gobierno o un leve aguacero para que todo en ella degenere en caos. Además me disgustan muchos de sus usos sociales, bastante mezquinos, y sus taxistas son los seres más viles con los que uno puede cruzarse. Volviendo a mi amiga, no voy a contar ahora, sino más adelante en una novela, las peripecias que vive en el Medio Oeste. En un punto de la conversación se refirió a nuestro antiquísimo jefe, un destacado poeta que siempre estuvo al servicio del gobierno de turno. Yo nunca entendí que un poeta estuviera al servicio de un gobierno. Sin embargo, le reiteré a mi amiga el buen concepto que en general tuve de este poeta, porque a pesar de su servilismo con los políticos era un buen jefe. Era amable y considerado, y tenía un exquisito sentido del humor. A mí me llamaba “el latin lover de la Comuna Nororiental”, lo cual en esos tiempos tenía sentido: yo era un jovencito que provenía del barrio Aranjuez, donde comenzaba la Comuna, en la época en que la Nororiental existía como unidad administrativa de Medellín y fascinaba con su situación de violencia a los sociólogos y demás farsantes de las ciencias humanas. Ahora el jefe, me contó mi amiga, está muy viejo y enfermo. “Como ido”, describió. “¿Cómo así que como ido?”, le pregunté. “Como ido”, reiteró. “¿Qué quiere decir como ido?”, insistí. “Pues ido, chino marica”, concluyó en uno de esos tonos de no pregunte más que en realidad no sé. Bueno, espero que esta condición, la de estar “como ido”, no sea demasiado grave. Y si lo es, qué le haremos. Yo nada tengo que ver ya con aquel poeta.
Los estudiantes debían levantar ayer el paro que han sostenido durante un par de meses. Así lo instruyó la organización central del paro, luego de lograr el cometido de que el Gobierno retirara el proyecto de ley que reformaba, para peor de lo que está, la educación superior en Colombia. Sin embargo, en mi universidad, la de Antioquia, no se levantó el paro. En el mejor de los casos, ocurrirá el próximo miércoles, cuando se reanude la asamblea general. Me gustan los estudiantes, me gustan mucho porque son la única instancia a la vez limpia y pensante de nuestra sociedad, pero me disgusta la temible asamblea de la de Antioquia. Me disgusta, sobre todo, por eso: por temible. Porque es insensata y arrogante y detiene la vida de la universidad más veces de lo que es necesario, simplemente porque al grupo más vehemente le viene en gana. La mayoría de los estudiantes no quiere prolongar el paro, pero la asamblea opera con un mecanismo diabólico, que proviene de los tiempos en que los más vehementes eran jóvenes y manejaban el movimiento estudiantil de los setenta: a punta de “mociones” se dilata cualquier propuesta contraria a los deseos de la vehemencia, hasta que los contrarios se rinden por agotamiento y abandonan el recinto, y entonces se vota la propuesta de la minoría reacia a estar en clase. Muchos dicen que la asamblea está infiltrada, aunque no aclaran por quién. Supongo que se sobreentiende, aunque yo no sobreentiendo nada: en la universidad operan todas las fuerzas, las más malvadas, y todas la tienen penetrada en todos los estamentos. Lo único que tengo por cierto es que si la universidad permanece parada, la sociedad se enferma de incapacidad de pensar.
Hace un frío infernal y yo muero de ganas de ir a cine, pero no hay nada, no hay un solo título que no haya visto y valga la pena. Mire usted las opciones: Cartas a Dios, dramón con muchachito muriendo de cáncer; Terror en lo profundo, tiburón resucitado para el 3D; cuatro de terror, lo que significa morbosa desmembración de tontos y tardías imitaciones de la Bruja de Blair; Los tres mosqueteros, en versión estúpida de Paul W. S. Anderson… La cartelera está podrida en Medellín. De veinte títulos, ya vi los cinco interesantes. La última muy buena película que vi en cine  —no quiero empantanarme en los bajíos de Cuevana— fue Contagio de Steven Soderbergh. Película llena de virtudes, empezando porque es la primera del género ‘pandemia amenaza con acabar el mundo’ que trata el tema con la suficiente seriedad para que uno crea el drama y quiera a los héroes. Hay un personaje allí diseñado para el lucimiento de un galán. El del periodista bloguero que manipula a su audiencia y se enriquece a costa del temor de la masa al contagio. Lo más interesante es que el lucimiento del galán se da haciéndolo actuar de malo y feo. ¡Soderbergh logra hacer que Jude Law se vea feo! Pero este no es el punto. El punto es que, muy bien metida en el guion, hay una definición que le escupe el detective al periodista: “Un blog es grafiti con puntuación”.
Vengo pensando en esto desde entonces.
¿Cómo encajan todos los asuntos que he tratado hoy aquí? La diva cubana, mi aviso en la revista, la amiga varada en Wisconsin y el poeta enfermo, la asamblea tozuda, la cartelera podrida. Todos ellos son pequeños episodios de la vida, más cercanos o más lejanos a mí, pero todos entran en el rango de lo que me afecta. ¿Para qué sirve hacer un blog, si a la vida nada le importa lo que yo piense de ella? ¿Se hace un blog para registrar la vida? ¿La de quién? ¿Se vive para, entre otras cosas, llevar un blog? Creo que tengo un poco de crisis ciberexistencial. Hace mucho frío.  

miércoles, noviembre 02, 2011

8526

Fíjese usted, por ejemplo, en cómo opera el mundo a veces. Interrumpe uno su trabajo para hacer, digamos, lo que los bobos de la proactividad denominan una ‘pausa activa’. Se dirige al balcón y toma aire de la tarde fría. Frente a usted, una arboleda en medio de la ciudad. Y mire: el primer detalle en que sus ojos se fijan es esa cosita roja, muy pequeña, que se solaza en una de las ramas medio secas del árbol menos entusiasta.
Se han necesitado todos sus años de formación (sin contar los miles de millones que precedieron su existencia) y muchos otros tumbos del aire y los elementos para que en este golpe de vista esa cosita roja se clave en el mero centro de sus ojos y conmueva algo que lleva usted por allá en lo más íntimo de su percepción. Fíjese no más el observador; aquí le va la fotografía del momento posterior a ese primer golpe de vista. La manchita roja que de inmediato puede percibirse en medio de todo ese verde, esa manchita es un pájaro que ha venido volando desde el inicio más lejano de la eternidad con el fin de acudir a este encuentro de solo unos segundos con usted y su ánimo. Algo en sus células se hincha de una alegría que no tiene mayor fundamento: no es que se vayan a cumplir al fin sus sueños, no es que los sátrapas vayan en este instante a anunciar su retiro o que el amado esquivo haya decidido justo en este momento que es usted la respuesta a sus deseos. Nada de eso. Sus muertos recientes no dejarán de estar muertos, no, ni descenderá la amenaza humana sobre el planeta. En este pequeño segmento de tiempo usted se da cuenta de que sí existe ese algo que los ingenuos pretenden felicidad y que ésta, como los grandes sucesos de la vida, es fugaz. Más aun: nadie la desea constante.
Cambia usted de tercio y, ahora con los ojos adecuados, observa otro ángulo de la ciudad. Mire qué fácil es todo: en este momento, un tibiecito rayo de sol, el único que logra traspasar las nubes densas, cobija una franja de edificios ubicada mucho más allá de su calle. Se da usted cuenta de que a una buena cantidad de personas la cubre con gran generosidad ese tibiecito rayo de sol. No durará mucho. Apenas lo suficiente para que alguien, usted —nadie más le importa al universo, en verdad—,descubra lo hermosa que se ve la luz un tanto opaca que logra pasar a través del aire frío de la tarde. Regresa usted al rincón desde el cual puede otear el mundo entero, la pequeña ventana de bits que lo conecta con todos los que son, y en la sombra encuentra un gato. Piensa en lo bien que funciona el engranaje de la alegría: ese gato en la sombra no actuaría con toda esa calma ni sería el fantástico hallazgo que es, si la manchita roja del árbol volara hasta el balcón. En tal caso el gato se convertiría en fiera, el pájaro en víctima y usted en testigo horrorizado. ¿Ve qué perfecto el mundo? Cada elemento está donde le corresponde. Hace apenas un rato lo afligían la muerte, el amor, el desdén, el frío. Dentro de un rato volverán los temores, las dudas, la incapacidad de hacer obra.
Finaliza la pausa activa. Usted se convierte en uno y regresa al mínimo rincón desde el cual le está permitido lanzar un grito enorme al universo mundo. En la cámara fotográfica trae comprimidos los instantes que formaron este momento. La conecta el equipo y repasa. La alegría que llamó felicidad se disuelve ya y toma la forma de los átomos que un día se juntarán en otros seres. Observa las imágenes. Extrae la primera de ellas. Los momentos son ahora números, matemáticas, esa otra manera de la eternidad. El cuadrito que registra la manchita, el árbol ceniciento, la arboleda verde, el cielo gris, existe en el mundo de los bits en la forma de un número. La eternidad y el infinito se presentan de múltiples maneras, uno y su yo una de ellas, todas tan fugaces.

miércoles, octubre 19, 2011

Una anfitriona acertada y dos películas colombianas

En la noche fui a cine con S. Llovía como si los cielos del mundo entero nos hubieran enviado su lluvia. Tres de las cosas que me gustan más. Estar en cine, sentir la lluvia y estar con S. Habíamos llegado de Abejorral, adonde yo quería ir desde hace años. Toda la vida he pasado por la entrada a ese pueblo, camino a La Unión, Sonsón y los demás escenarios donde ocurrió la existencia de mis ancestros, y ahora se me presentaba la oportunidad de conocerlo gracias a que una amiga está viviendo por unos meses allí. Una amiga que además es escritora. Anoten este nombre, quiero ser el primero en mencionarlo para el ámbito del periodismo y la literatura: Eliana Castro. Una mujer de palabra sublime. Cuando supere su tendencia a la tristeza sin fundamento, será una autora del tamaño de Leila Guerriero y entonces todos querremos que escriba perfiles de nosotros. Mientras tanto, pueden seguirla en el blog que sostiene con sus compañeras de La Panacea, un grupo del que saldrá más de una escritora interesante:  http://www.ungatilloa5manos.blogspot.com/.
Lindo pueblo, Abejorral, aunque pésimamente administrado. Está enclavado en un paisaje de sucesivos valles de alta montaña, de una belleza que se le mete a uno en lo más hondo de la poesía. Conserva mucho de la arquitectura del siglo posterior a la Colonización Antioqueña, pero segundo a segundo las casas tradicionales se desvencijan ante los ojos del visitante y se advierte el afán esnobista que prima en los nuevos constructores; en pocos años, esta cuna de antiguos colonizadores imitará a otras poblaciones de la región del Oriente en la mudanza de su arquitectura hacia el estilo feo de los barrios populares de Medellín. Ya lo hicieron Marinilla, El Carmen de Viboral y Rionegro. Y ni hablar de sus calles, a las cuales se ve que en décadas la administración no les ha invertido un peso en mantenimiento. Lo peor es que bastó un par de días de tropezar por todos lados con la campaña política actual para darnos cuenta de que el futuro no es promisorio: dos candidatos, no más que dos, en representación de los partidos de siempre, Liberal y Conservador, se disputan la alcaldía con una estrategia repleta de mezquinos epítetos al contrario y falsarias promesas al electorado. Abejorral marcha a toda prisa hacia el pasado, pero no hacia la gloria de sus mejores tiempos. De todas formas aún es grato pasear por allí. No conocimos ni saludamos a nadie más que a Eli, no hizo falta; tan buena anfitriona es, que llena con su presencia todas las ausencias posibles.
Al salir del pueblo, le dije un poco en broma y un poco en serio a S: “Si sobrevivimos a esta infame carretera, cuando lleguemos a Medellín nos vamos para cine”. De no ser el feliz optimista que es, S habría tenido razones de sobra para temer que no sobreviviríamos. La carretera de Abejorral de veras merece el calificativo de infame y yo cargo con la injusta fama de ser un conductor sin pericia, y encima soy de esos que fácilmente se dejan robar por el paisaje. En esto me alejo de Fernando Vallejo, quien, la última vez que hablamos, hace tres años mientras yo recorría el cañón del Chicamocha y él visitaba a S en el teatro Lido, replicó a mi descripción del hermoso viaje: “A mí ya no me emocionan los paisajitos”. S está acostumbrado a lidiar con los sustos y los ensueños de los escritores, por lo que a la vez podía comprender el desdén de Vallejo por los paisajes y mi fascinación por ellos, de manera que aprobó con alegría la idea de ir a cine no si llegábamos, sino en cuanto llegáramos a la ciudad, y no necesitó preguntar qué veríamos.
El jueves anterior habíamos fracasado en el propósito de ver Póker, la película de Juan Sebastián Valencia. Tras apenas una semana en cartelera y una asistencia pírrica de público, había sido relegada en Medellín a un par de salas y a un horario tan infame como la carretera de Abejorral. Acudimos al multiplex de Premium Plaza, uno de los mejores sitios para ver cine en la ciudad a pesar de los horrendos cortos que allí le imponen al público antes de la función (mal realizados y proyectados en un videobeam con menos lumens que el corazón de un asesor del expresidente Uribe). Yo estaba afanado porque pensaba que Póker saldría de cartelera al día siguiente y, como bien se sabe, considero una obligación de cinéfilo ver todas las películas nacionales y además un amigo de criterio confiable me había dicho que la ópera prima de Valencia tenía unos cuantos méritos. También esa noche llovía y bajo la lluvia llegamos justo a tiempo. Sin embargo, la niña de la taquilla nos anunció que la función había sido cancelada. Habían cambiado Póker, en la cual tendrían dos espectadores serios pagando, por un preestreno que les llenaría una sala de lagartos sin pagar. La niña trató de consolarnos invitándonos a ver el preestreno. ¿Cuál era? ¡Johnny English! Odio a Mr. Bean casi tanto como a Nicolas Cage (ninguno de los dos me ha hecho nada, ni los conozco en persona ni saben que existo, pero sus películas insultan una y otra vez mi sensibilidad de espectador maníaco). “¡Jamás me verá usted en una película de ese monigote!”, le grité a la niña, como si a ella le importara, como si supiera que existe un anticomediante horrible llamado Mr. Bean y como si supiera que Johnny English es basura repudiable y además le importara. “Calmate, Cesítar”, sonrió S. Para no perder el impulso cinematográfico, entramos a ver una comediezuela que me indignó de tan estúpida: Amigos con privilegios. 
Al día siguiente nos fuimos a visitar a Eli.

LA NIEBLA
Consultamos la cartelera y vimos que Póker continuaba en Premium Plaza en el horario infame. Para el hueco que nos quedaba entre nuestra llegada a Medellín y la hora de Póker se nos presentó una opción que también anhelábamos: El páramo, que acababa de ser estrenada. Arribamos a la taquilla justo sobre la hora y nos atendió la misma niña de la otra vez. La miré con optimista complicidad, pero la carencia de emoción de sus ojos puestos en algún pensamiento ajeno a mí me hizo comprender que no nos registraba en su memoria. Informó que ya no quedaban puestos para ver El páramo, lo cual nos aterró porque así se nos desmoronaba el doble bocado cinematográfico pero a mí me alegró porque significaba que una película colombiana volvía a ser un taquillazo y no era uno de los adefesios de Dago García. Miramos el computador de la niña. En realidad estaba libre la primera fila, pero ella asumía que nadie querría ubicarse ahí. Recordando que las salas de Premium Plaza ofrecen una respetable distancia entre la primera fila y la pantalla, le dije que de todas formas nos vendiera las entradas y en ese momento descubrimos una aplicación práctica del antiguo juego de Tetris: más atrás había un par de cuadritos libres, el C1 y el D1, que nos permitían estar juntos en un sentido ligeramente distinto al tradicional. Compramos esas butacas y me imaginé que, como en el Tetris, dos filas desaparecían al acabar de llenarse con nosotros. No desaparecieron las filas. No desapareció nadie en el teatro, pero rato después sí mucha gente en la pantalla.
Yo esperaba que tanta promoción como la que El páramo ha tenido en los medios y en el circuito de festivales fuera indicio de una película cuando menos bien hecha. Y bien hecha, muy bien hecha, está: impecable producción. Los soldados parecen soldados, para lo cual fue importante que el Ejército colaborara permitiendo el uso de instalaciones, uniformes e insignias; que las armas no fueran de juguete, que los actores supieran actuar y no fueran galanes de telenovelas, que en vez de fingir el miedo los personajes lo sintieran y que la relación entre ellos develara la violenta armonía que existe en los cuerpos castrenses. Como es arriba es abajo, y entre estos nueve hombres, igual que en todos los grupos armados de derecha e izquierda, legales e ilegales, aquí y en cualquier país, el que manda no es el mejor sino el más agresivo y el que en últimas sobrevive no es el más valiente sino el más sinuoso. Lo demás está dado por un guion que será preciso analizar despacio —no en este momento—, pero que es eficiente en su intención de asustar, o por lo menos mantener en vilo la atención del espectador, valiéndose del suspenso que está presente en el mejor cine de escuela Hollywood y sin las torpezas del más pretensioso cine colombiano. En El páramo no hay descanso; espectador que sale tres minutos a orinar, rompe el hechizo y se pierde detalles esenciales porque no hay en esta película un solo minuto de más. Osorio Márquez tiene un sentido de la tensión con el que en Colombia podría equipararse, si acaso, el de los hermanos Orozco en Saluda al diablo de mi parte.
No existe en nuestro país una industria cinematográfica, sino una extensa acumulación de óperas primas. Pocos directores llegan a hacer un segundo largometraje y muchos menos un tercero. De los que han rebasado la barrera del cuarto filme, casi todos lo han hecho aplicando formulitas para realizar baratijas en cantidad. Ninguno de nuestros grandes maestros tiene una obra uniforme en cantidad de títulos y hondura estética. En esto vengo pensando hace tiempo, y mientras veía la ópera prima de este nuevo Jaime Osorio de nuestro cine pensaba también que ojalá esta tendencia se revierta. Creo que estamos ante un director del que desearemos ver cuatro y más títulos.

EL AZAR
Finalmente pudimos ver Póker, aunque en un doblete esta película debe verse antes y no después que El páramo, porque a la narración de Juan Sebastián Valencia le falta la que es precisamente la mayor virtud de la de Jaime Osorio Márquez. Esto es, el sentido de la tensión. Y en un ejercicio de comparación un poco más profundo, habría que mencionar aspectos fundamentales como el reparto. Valencia opta por reunir en la escena a un elenco principal de seis actores, del que al menos cuatro son reconocidos galanes de nuestras telenovelas. Primer escollo: uno ve a estos señores haciendo, en vez de una película, uno de esos capítulos unitarios de ciertos espacios de los canales nacionales; es inevitable pensar en ello.
El debutante director “apuesta” (el verbo, desde luego, no es gratuito) por una narración fragmentada en torno a una noche de cartas en la sala vip de un casino. La narración se corta cada tantos minutos para, a punta de digresiones, contarnos la historia que ha llevado a cada uno de los personajes a esa mesa, esa noche, ese momento definitivo de sus existencias. El recurso es necesario, pero no se utiliza con eficiencia: cada vez que el espectador es arrancado de esa sala de juegos para contarle un fragmento de una de las seis historias que allí confluyen, se rompe el flujo de la narración y hay que empezar de nuevo a encariñarse con la película. Juan Sebastián Valencia además de dirigir escribió el guion, por lo que es él a quien hay que citarle un referente que podría serle útil: Guillermo Arriaga, Fuego. El mexicano consigue narrar una historia en tres momentos (a veces incluso cuatro) que se cortan una y otra vez a lo largo del metraje, manteniendo la tensión en los tres y desde el primero hasta el último minuto. Esto se debe, además de la gran habilidad de Arriaga como narrador, al hecho de que los tres momentos de la historia de Fuego son también los decisivos en las vidas de sus personajes, y además de ser decisivos son interesantes y (otra vez hay que decirlo) están narrados con gran sentido de la tensión.
No ocurre esto en Póker. Si bien de cada uno de los cinco personajes sentados alrededor de aquella mesa, y del sexto que vuela al encuentro de la única mujer del combo, se nos trata de contar los momentos decisivos de su existencia, dichos momentos están marcados por un aire telenovelesco que los banaliza. Hay un hombre que se endeuda por satisfacer los deseos de su amada, otro que necesita costear el trasplante de médula de su hijito canceroso, un pobre que anhela conseguir con qué pagar la educación de su hija y callar a su odiosa exmujer, un sacerdote que peca, una madre violada, un muchacho bueno que se enamora en el metro… Historias que ocurren todos los días en el cine como en la televisión —y como en la vida—, es cierto, pero que en Póker se parecen más a las de la caja tonta que a las de la gran pantalla. De esta manera, ni el tono ni las historias de los personajes logran seducir al espectador (por lo menos a mí no; mucho menos a S).
Lo que sí tiene esta película, en cambio, es un interesante diseño de producción. Donde la narración no se ve enturbiada por la cercanía de la historia al género de la telenovela es en los escenarios. Aquí, Juan Sebastián Valencia y su equipo de trabajo logran hacer cine.
En alguna parte leí que la ciudad donde ocurre la historia de Póker ha sido asolada por un terremoto. No me dio tal sensación ni lo dice la sinopsis oficial de la película. En cambio, sí es una urbe extraña, con un aire entre posmoderno y, bueno, apocalíptico; con bastantes toques de las dos ciudades que sirvieron de locación, Bogotá y Medellín (más, de la primera), pero también de otras tantas aglomeraciones urbanas tanto del primero como del tercero y del último mundo. Al acabar la proyección me levanté diciéndole a S que, sobre todo, esa ciudad-rompecabezas me hacía pensar bastante en cierta ciudad literaria que un día veremos en cine: la que muestra Rafael Chaparro Madiedo en su novela Opio en las nubes. No me levanté de la butaca (ahora no pasábamos de una decena los espectadores en la sala) pensando en esos personajes insulsos que acababan de no conmoverme, sino en las personas que llevan varios años trabajando en la adaptación de la novela de Chaparro: sí se puede mostrar en cine la ciudad en la que unos gatos alebrestados hablan de amores y un tipo marcha a la muerte en una ambulancia con whisky. Esto le dije a S, quien a estas alturas estaba aburrido y me acusó de ser complaciente con el cine colombiano. Hay un venenito en esta acusación y los dos nos reímos.
Al salir de la sala, pensaba en la niebla en que se incubaba el miedo de los soldados de El páramo y en las calles por donde las almas compungidas de Póker rodaban hacia la disolución. Después leí un comentario de Jaime Osorio Márquez: Lo que me interesa o me llama del cine y que me gustaría lograr con él, es finalmente una cosa: no es invitar a soñar, sino a despertar”. Dejé a S en su casa y me fui para la mía por la ruta del aeropuerto, la que bordea el escabroso barrio Antioquia. Llovía y al motor del carro se le había acabado el agua. Se recalentó; yo iba solo.

Eternidad de los gatos

A Florentino, en el primer día de su perenne ausencia     Los gatos navegan el tiempo como las madres antiguas                ...