
Salgo. Una muchacha me conmina a no mojarme más. Sonriente, le contesto que da igual, que ya me hundí hace 42 años. No me entiende, tal vez porque no le importa o porque el rumor de la lluvia no le deja llegar mis palabras o porque desde que uso tapabocas no me entran los virus de la peste ni me salen los mensajes que emito. Me voy bajo el aguacero y en el trayecto hasta mi casa, unas cuantas cuadras, vuelve y sale el sol y vuelve y cae la lluvia, y así. En estos días alguien aseguró con énfasis de catedrático que este régimen se debe al calentamiento global o cambio climático, llamalo vos como querás, el resultado es la misma locura de nuestro cielo y la ciudad. No le contesté porque a lo mejor tenía razón, pero caigo en cuenta de que cuando mi mundo se llamaba Aranjuez y era un barrio encantador de esta urbe hoy azotada por temporales volubles, y yo tenía varias décadas menos de desencanto, las lluvias eran iguales que hoy. Sonsas, repentinas, lindas, amenazantes, cataclísmicas, invernales, primaverales, románticas, trágicas, eternas y pasajeras. Todas me gustaron siempre y, antes de que todo se debiera al calentamiento global, ya el clima me permitía ser lo que sigo siendo. Me habita el mismo individuo al que granizadas inesperadas hacían brincar de felicidad en las lomas de aquel barrio. En plena canícula o sorteando el naufragio, soy un muchacho que mira la lluvia.