miércoles, octubre 20, 2021

PEQUEÑECES URBANAS 6. Pavesas

Y tanta era la belleza de su vuelo, que eso llegué a pensar en más de una ocasión: que se trataba de pavesas de un incendio celestial. Los veía desde mi calle, desde mi balcón, desde una manga o desde un vagón del metro, siempre lejos, arriba, planeando en las altas corrientes de aire cálido que ascendían sobre la ciudad. Después caí en la cuenta de que su vuelo era una forma de reinado de los más humildes o, al menos, de los que más carecían de pretensión. Nadie ha volado con más belleza en los cielos de Medellín y, sin embargo, nadie más ajeno que ellos a la vanidad. También supe que eran carroñeros y cumplían una función vital en el ecosistema: la de llevarse en sus estómagos todo rastro de vida en estado de putrefacción. Alguien los asoció con la fealdad y elogió cómo los más feos cumplían la importante tarea de limpiar. A mí nunca me parecieron eso. Todo lo contrario: son magníficos en su negrura, fundamentales en su misión. Por eso me gusta que se acerquen, que aterricen con pesadez sobre mi tejado y que en las mañanas de sol desciendan sobre una lámpara callejera, desplieguen su imponencia y se calienten por encima de todos nosotros, que solo podemos observarlos. En el incendio perpetuo del cielo, los gallinazos han sido siempre un detrito de la divinidad.



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