lunes, febrero 25, 2013

Cartagena, para mi tío Óscar


Hace sesenta y ocho horas, en la madrugada del viernes, murió mi tío Óscar. Mamá, mi hermano y yo habíamos ido el domingo a visitarlo al hospital de Manizales donde pasó sus últimas semanas. Cuatro horas de ida y cuatro horas de vuelta, afortunadamente por una carretera cuyo recorrido significa siempre una inmersión en épocas y personas de mi historia que deseo no ignorar. Es un viaje que el resto de mis días agradeceré haber hecho, pues no solo pude verlo por última vez, sino que además esta visita me permitió una inesperada valoración del más distante de mis tíos por el lado paterno.
A lo largo de los años vi a este tío en momentos intermitentes, ninguno de los cuales llegó a convertirse en un verdadero encuentro, y jamás nuestra conversación había pasado de esos asuntos baladíes que forzamos para mantener al menos un estrecho canal de comunicación. Mi hermano viajaba desde los Llanos Orientales. Mamá y yo, desde Medellín; y, como me gustan esas cosas, cuando llegamos tomamos el cable aéreo en la terminal de transportes. Lo que me gusta, más que la novedad del sistema –en Medellín tenemos tres de esos cables–, es observar esa bonita ciudad de Manizales que se esparce en pedazos sobre la cima de una montaña y donde partes de mi pasado se difuminan tras los fantasmas de gente que me antecedió y de la cual tengo pocas noticias, mi papá –él– incluido. Ver a Manizales desde el aire era un ejercicio de recuperación de la memoria. Lloviznaba. Al bajar en la última estación del cable cogimos un taxi y le pedimos al conductor que nos llevara al Hospital de Caldas. Me daba miedo ir allá, pues no solo los centros médicos me causan aprensión, sino que no sé cómo hablarles a los enfermos con el respeto que merecen, sin engañarlos pero también sin agredir su sensibilidad y su pudor. Además, el dolor de los otros me genera pánico, sobre todo cuando es producido por la enfermedad que los llevará a la muerte. ¿Qué se le puede decir a un hombre que está muriendo? Sabíamos que el tío padecía ya una batería de afecciones de la que no se iba a recuperar. Por esta razón, la decisión de hacer un viaje tan atravesado en plena época de máximo trabajo, cuando yo tenía que dejar en Medellín tantas cosas listas para poder venir tranquilo días después a Cartagena y estar aquí en el festival de cine con la despreocupación absoluta que este evento me regala.
En la entrada del hospital estaba mi tía Leticia. No hablaré de ella, que lleva mucho tiempo estando muy triste. Solo diré que es el ser humano más hermoso y generoso que existe en ese lado de la familia. Lloró al vernos, claro. En esas situaciones hago un esfuerzo grande por no ser necio ni soltar frases cargadas de lugar común o de humor cínico, y el esfuerzo siempre acaba por enredarme la lengua y el pensamiento; me vuelvo torpe con la palabra. Y como Leticia merece un consuelo noble e inteligente que yo no he sido capaz de encontrar en mí, la abracé y permití que fuera mamá quien hablara; es muy sabia mi madre, el tipo de persona que uno debe tener a su lado en las catástrofes de la vida.
Minutos después, apareció en la entrada mi hermano con mi prima Jimena. En ese hospital es rigurosa la norma de que máximo dos personas estén con cada enfermo, así que ellos debían salir para que nosotros entráramos. Subimos. Cuarto piso, habitación veintiuno: al fondo desde las escaleras y luego pasillo a la izquierda hasta el final. Describo el recorrido para dar idea de lo numerosos que fueron mis pasos hasta el lugar desde donde mi tío se iba del mundo. Tenía miedo de verlo y no saber cómo ser digno de acompañarlo en un momento tan crucial.
La enfermedad aún no lo envilecía. Óscar era el mismo hombre de ojos despreocupados y bigote entre cano y quemado por muchos años de cigarrillo. Su voz no había perdido firmeza y, como llevaba quién sabe cuánto tiempo sin beber licor, sus ideas fluían con tino. Tenía un dolorcito perdido en algún lugar del estómago, fuerte pero no insoportable, por lo que todo el tiempo se reacomodaba en la cama, de manera que nada le impedía hablarnos como si no hubiera distancias entre nosotros. Esta confianza se debía a ellos, a mi tío y a mamá, que se conocían desde muy jóvenes, que nunca tuvieron un conflicto y aunque nunca fueron tampoco muy cercanos, cada vez que se encontraban sostenían una charla serena, de esas de las que uno puede alegrarse.
Yo tenía muchas ganas de llevarle algo a mi tío, pero no había qué. Frutas o golosinas no nos dejarían entrar al hospital. Regalos físicos ya no le hacían falta. Pero yo necesitaba expresar en algo material el afecto que sentía por él. Durante la conversación inicial, que jamás penetró un centímetro más allá de las nimiedades sobre los médicos descuidados y las enfermeras tan dispares –unas muy amables versus otras francamente odiosas–, descubrí que si algo podía serle útil eran unas cajas de jugo, de esas que venden en cualquier tienda. Regalarle unos juguitos al tío Óscar en su enfermedad se me convirtió en la mayor posibilidad de heroísmo. Hice que terminara la primera parte de la visita, para que otros familiares pudieran ingresar y almorzar nosotros. Fuimos, almorzamos, compré varias cajitas de jugo de distintos sabores, volvimos al hospital y en el filtro de la entrada me descubrieron los jugos (siempre he carecido de fortuna para ocultar mis pecados). Regresamos a la lejana habitación: escalón por escalón hasta el cuarto piso, paso a paso por el pasillo a la izquierda, doblando de nuevo a la izquierda en el puesto de enfermeras, paso a paso hasta la última habitación del fondo. Y entonces, pensando en el libro de los silencios que estoy escribiendo, hice un esfuerzo gigante por dejar de hablar futilidades y le pregunté a Óscar si era auténtico un recuerdo antiquísimo que tengo de él: yo con mi papá en la cocina de una casa de Manizales, visitándolo en la época en que mi tío tenía una esposa y dos hijos, cuando fue lo más parecido que llegó a ser nunca a un señor común y corriente, y desde esa cocina se veía al fondo, lejos, imponente y blanco, el edificio de la cárcel donde él trabajaba como guardián. Confirmó que era posible que el recuerdo formara parte de una situación real. Mi tío enfermo de muerte empezó a contarnos de la época en que trabajó para el Instituto Nacional Penitenciario y cómo acabó retirándose de la institución por denunciar las corruptelas de un director. Después de eso Óscar rodó por el país. Trabajó un año en una finca del Chocó, a donde lo invitó un amigo que después terminó involucrado en negocios ilícitos; nos contó cómo al patrón antiguo amigo lo mataron unos pájaros (usó ese término de los tiempos de la Violencia: pájaros, asesinos de carácter paramilitar). “Le pegaron doce tiros”, dijo, y la voz se le quebró un poco. Doce tiros, así de exactos en su memoria. Y, entonces, el dique que en algún lugar de su alma contenía sus historias se rompió. Óscar Alzate, el tío con el que yo jamás había intercambiado más de tres oraciones, ese hombre duro al que yo consideraba ajeno a cualquier emoción que significara debilidad, se puso en el momento final de su existencia a contarnos a mamá y a mí la epopeya de su paso por el mundo. Casi todo eran cosas de las que teníamos noticia, pero con un significado nuevo: el que tienen para sí mismo los asuntos de alguien a quien se le acabó el tiempo, de alguien que necesita hablar, quitarle a su pasado la tierrita que ha empleado para enterrarlo donde no pueda doler. Mi tío Óscar lloró.
Descubrí que detrás de ese tío al que nunca le había prestado atención existía un hombre que había vivido, y esto era digno de respeto. No muchos hombres son capaces de lanzarse sin miedo a la vida, torcerle el pescuezo y, si no dominarla, por lo menos hacerse sentir de ella (Arturo Cova en La vorágine: “Antes de que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la violencia”).
Al despedirnos, me atreví a darle un abrazo y le prometí que todos íbamos a estar pendientes de él. Fuera de la habitación tuve que detenerme y permitir que me salieran unas lágrimas. Le comenté a mamá: “Pobrecito, el calvario que le espera”, pues desde el principio estaba pensando en otros tíos que han muerto de lo mismo, que se han consumido despacio y con mucho dolor. Nos fuimos de Manizales, donde hacía un frío sereno. Los días siguientes fueron de mucho trabajo para mí. El jueves viajé a Cartagena para el festival de cine. Mientras tanto, mi tío Óscar sufría. Para él fueron el dolor, la morfina y esas cosas.
El viernes, mamá me llamó muy temprano. Siempre cuando tiene que darme una noticia, arma a mi alrededor una muralla de comentarios cotidianos para protegerme del impacto y luego me lo dice. Me dijo: “Y su tío Óscar se murió”. Me quedé callado. Luego le comenté el gran alivio que me producía el que su sufrimiento no se hubiera prologado durante un tiempo infamemente largo, como no debería de ocurrirles a los desahuciados de ciertos tipos de cáncer ni a aquellos a quienes una sencilla inyección puede liberar del tormento.
Como no creo en la trascendencia de las almas ni me interesa la eternidad en la diestra de creador alguno, cada vez que muere uno de los míos hago algo bonito para conmemorar su existencia. Es mi íntima ceremonia de adiós. En el caso de mi tío Óscar decidí aprovechar el lugar maravilloso en el que estoy, esa luna y esta ciudad, y disfrutar en su honor de las películas y los encuentros. Cartagena y el cine son uno de los momentos en que estoy más limpio, así que puedo dedicárselos. Lo he hecho hasta ahora y lo seguiré haciendo hasta la última proyección del festival: al inicio de cada película cierro los ojos y a modo de oración fúnebre me acuerdo de que mi tío Óscar estuvo en el mundo.
Imagen tomada de internet

domingo, enero 06, 2013

El escritor de la familia


 O de cómo en cuatro momentos de un año cualquiera se puede explicar el lugar que ocupa uno en la literatura.


Luego de dos meses y medio de total encierro no estaba tan apolillado como esperaba. En ese tiempo pasaron por las ventanas del apartamento la navidad y sus insufribles rituales, a los que no permití la entrada. Pasaron el año nuevo, su bulla y su aletargamiento, y pasaron los días enteros de enero. Por la puerta solo cruzaron tres sujetos: la noble L que viene a cuidarme, S que es la única persona con quien siempre logro conversaciones coherentes y Eli, mi inteligente alumna, que vino a ayudarme a buscar datos para el libro que me traía neurótico. Nadie más quiso pasar por aquí; a los que extrañé les hablé por Facebook, maldita red social que trunca el misterio: todo el mundo cree que uno está siempre y nadie se da cuenta de que uno se ha marchado al encierro.
Fue el año pasado, por supuesto, 2012. Todo ocurrió ese año.
Lo que me obligó a salir no fue un deseo carnal. Esto era lo que había decidido cuando opté por retirarme: no volver a las calles hasta cuando un apetito de esa naturaleza me hiciera insostenible la quietud. Lo que me sacó del encierro fue uno de esos accidentes que parecen verdadera urdimbre del destino (llámese destino al conjunto de factores, en realidad aleatorios, que dan forma a la existencia de un hombre), un movimiento de fichas elucubrado por algún dios que aspira a mostrarte algo. Y fue esto: como L estaba de vacaciones desde hacía más días de los que las plantas pueden pasar sin agua, decidí que ya era inevitable salir cuando menos al descanso que hay entre mi apartamento y las escalas que llevan hacia el mundo. Allí, justo al lado de mi puerta y tapando con su follaje el timbre del apartamento, hay una hermosa mata sembrada y mantenida por L. Esa tarde me venció la conmiseración por ese lindo ser vivo que ahora dependía de mí. Me armé de balde y agua, abrí la puerta, corrí el pasador de la misma para evitar que se cerrara por accidente, respiré para darme fuerza y, en pantaloneta y camiseta, sin zapatos ni nada más, salí al descanso. Con todo el cariño que siento por las criaturas indefensas me entregué al cuidado de la matica. Limpié cada una de sus hojas, regué sus ramas y su tronco, vertí agua en la tierra que se veía reseca. Me sentí uno con la naturaleza, compenetrado con las fuerzas de la vida, y estaba tan contento en este rol que me fijé en la planta que algún vecino —alguna vecina, más bien— dejaba languidecer en el descanso ubicado a mitad del trayecto hacia el siguiente piso. Decidí ocuparme también de esa planta. No la describo, ni describo la mía, porque a pesar de que son distintas en la cantidad de follaje y en la especie a la que cada una pertenece, en definitiva una planta de sujeto citadino es igual a la de cualquier otro.  
Entonces ocurrió lo indeseado: con todo y mi compenetración con los elementos, y con todo y mi prevención de correr el pasador, vino un manotazo de viento a cerrar la puerta y dejarme allí abandonado, en pantaloneta y camiseta, sin zapatos, sin celular ni dinero. En plena vitalidad de la época vacacional. Tras los segundos de natural estupor, pensé que tal vez hubiera alguien en el apartamento de mis tíos. Allí se conservaba una copia de la llave, pero la familia estaba de vacaciones como todo el mundo. Bajé hasta el primer piso. Atravesé el patio, esperando ser una sombra que nadie ve, y subí por el bloque del frente hasta el tercer piso. Me encomendé a las fuerzas del azar —maldita desgracia de no creer en Dios ni en las instancias a él conexas— y toqué el timbre. ¡Aleluya! Había gente en el apartamento de mis tíos. Estaba Ch, mi primo.

Ch es un sujeto magnífico, al modo máximo en que puede serlo alguien de su generación. Esto es, ante un encuentro casual —no es posible pactar con ellos otro tipo de encuentros— reaccionará siempre con sinceras expresiones de afecto. Te abrazará, te dirá lo importante que sos en su vida y, si está de humor excepcional, preguntará por tu estado de salud y emocional esperando una respuesta de no más de 140 caracteres. Eso sí, no necesités nada de ellos, que te traigan un libro de Buenos Aires o te compren una pastilla en la farmacia de la cuadra, porque la generación de Ch nació para ser servida; ellos no aprendieron de nuestros abuelos antioqueños el útil sentido del servicio a los demás, ese que te hace merecedor de un favor porque el otro sabe que en el momento oportuno también será servido. Nunca explorada su capacidad de servir más que a sí mismos, los miembros de esa generación ya empiezan a lidiar con la monstruosa realidad de sus propios hijos, tiranuelos incapacitados para el arte de comprender el progreso individual como resultado de un incesante intercambio de afectos y favores: solo yo merezco ser amado y servido en el universo del cual soy centro absoluto, siente cada una de estas horrendas criaturas, sin sospechar —ni preverlo sus padres—que más adelante tropezarán en el camino con el resto de individuos de la generación más torpe de cuantas han sido criadas por el hombre (y la mujer, valga en este caso la inclusión de género). Ellos conformarán la “sociedad” que, para colmo, habrá de vérselas con la debacle definitiva del ambiente. El final de la humanidad será una guerra de monstruos enamorados de sí mismos.
—¡Primis! —saludó Ch, y en menos de 140 caracteres le conté lo bien que estaba en el mundo y el incidente que acababa de sucederme. Me invitó a pasar.
En cuanto entré, me di cuenta de que el apartamento estaba siendo ordenado a fondo. Por doquier había libros apilados: los que mi primo había sacado de su habitación. Al instante me contó que se aprestaba a un cambio radical de vida, el cual incluía echar a la basura todos aquellos objetos que durante el colegio y la universidad le habían obligado a adquirir. O sea: esas cosas rectangulares y llenas de hojas, desdeñadas cuando no odiadas, llamadas libros. Componían las pilas enciclopedias y libracos de toda especie, en cantidades que me sorprendían. Se veía de todo: autoayuda, textos de diversas áreas, revistas, literatura buena y mala, pilas y pilas de libros que tenían por destino el único lugar al que Ch había anhelado enviarlos cada vez que un profesor malvado le obligó a adquirir un ejemplar. La basura. Y en una pila refulgente sobre la mesa del comedor, los únicos volúmenes que en toda su vida habían logrado mover a mi primo a honda emoción: la tetralogía de vampiros de Stephenie Meyer. Ya en un par de ocasiones habíamos hablado al respecto y sus ojos se habían iluminado con la ensoñación de que un romántico vampiro lo amara hasta la eternidad.
En cuanto comprendí que la del comedor era la única pila de libros destinada a la salvación, comprendí también que ciertos volúmenes desperdigados entre las demás pilas, aquí y allá en el piso de la sala, iban para la basura. Los míos, los cuatro que hasta entonces había publicado y que hasta entonces, edición tras edición, había obsequiado con amorosas dedicatorias a Ch y los suyos. Él comprendió lo que yo acababa de comprender; lo noté en sus ojos y evadí la situación con una observación jocosa sobre lo bien que me vendría recuperar esos ejemplares.
—Al menos prometé que me vas a seguir invitando al lanzamiento de tus próximas obras —fue todo lo que atinó a decir. En cuanto a mí, entendí que a Ch le pasaba lo que al resto de la familia: ya era una década de ganar premios menores y sacar ediciones marginales, así que tenían todo el derecho de sentir que a estas alturas el escritor que se había colado en su estirpe de comerciantes no les iba a dar prestigio alguno. Por eso era justo que tiraran mis libros. Aun así  no pude evitar la torpe defensa de un sarcasmo. Con esforzada negligencia en la voz le dije que no se preocupara por los lanzamientos y los ejemplares y que en últimas prefería ser tirado a la basura que permanecer en la biblioteca de alguien cuya idea de la literatura se agota en la epopeya de unos vampiros eternamente adolescentes e idiotas.
Por demás, Ch se portó bastante amable y me entregó las llaves de la salvación. Marché a mi apartamento con los cuatro ejemplares recuperados y pensando ya en a quiénes los destinaría. Es mi necedad, que no conoce los límites: igual que mi madre, siempre anhelo dar algo mío a alguien.
Muy pronto después de que en 2001 publiqué a instancias del premio Cámara de Comercio de Medellín La ciudad de todos los adioses, mi primera novela, comprendí que nada ocurriría conmigo y la literatura. No sería descubierto ni buscado por las editoriales, no sería objeto de estudios académicos, vituperios o encomios de la crítica, ni sería leído por las multitudes. Nada de eso. Sin embargo, a la escala en que sé moverme en el mundo, así, despacio y hablando siempre en voz baja, pasarían cosas. La más importante de ellas, llenaría de orgullo a mi madre, la noble L que siempre me cuida, en homenaje a quien habría de inundar de ejemplares dedicados a familiares y amigos. De esto ya he hablado en otras partes (ver, por ejemplo, mi libro Para agradar a las amigas de mamá), así que reduciré el asunto al hecho de que convertirse en un escritor publicado no sirve sino para enorgullecer a quienes lo conocen a uno y encartarlos con libros de los que pasado un tiempo prudencial habrán de desembarazarse. Por lo menos he tenido el buen gusto de no tratar de vendérselos, que es una de las acciones más lamentables de los escritores menores, y puedo decir que las novelitas me han traído uno que otro amor y me han permitido la comunicación con los lectores que a esta escala existen: pocos, pero al fin y al cabo la tropilla que lo sigue a uno.

Semanas después de la anécdota de mi primo, me encontré en el festival de cine de Cartagena con el director de una revista especializada que por esos enredos de la vida había leído aquella primera novela. Conversamos varias veces. En la penúltima de esas conversaciones me contó que admiraba La ciudad de todos los adioses, pero apelando a la sinceridad que permitía nuestra creciente amistad dijo que tenía dudas sobre si valía la pena invertir tiempo en Mártires del deseo, mi segunda novela. Su pregunta exacta fue esta:
—¿Vos qué lugar ocupás en la literatura nacional?
 Devolviendo su sinceridad le recomendé que no desperdiciara su tiempo y que más bien pensara en los autores a los que debía encomendar artículos sobre la saga Crepúsculo.
Todo ocurrió en 2012. Meses después de lo de mi primo y lo del amigo que dirige la revista especializada, me apareció un lector español. Un académico al que el destino había empujado a Colombia y en la búsqueda de la literatura colombiana posterior a todas las tragedias la web había conducido a mis libros. En su primer correo electrónico lamentó la ausencia de títulos míos en las librerías de Bogotá y propuso que le enviara mis ejemplares, a cambio, desde luego, de pagarme el costo de los mismos y del envío. Le propuse un canje del cual salí altamente beneficiado: le enviaría mis libros —menos La ciudad, del todo agotado— y él me correspondería con algunos de literatura española que yo no conociera. Un par de meses más tarde, otro correo del académico: él y su esposa venían a Medellín y, si yo no tenía problemas al respecto, querían conocerme. Mi único problema al respecto era mi timidez crónica, así que le pedí a V, una diplomática excelente, que me acompañara al encuentro de los peninsulares. Mientras V y la esposa se enfrascaban en una conversación de señoras instruidas en la que yo anhelaba intervenir, el académico se alargó en generosos elogios a mi obra y me habló de su obsesión por encontrar buenas novelas de escritores de tercer nivel de países como el suyo y el mío. Antes de despedirnos me regaló con la declaración de que en su concepto yo soy mejor que muchos de los escritores colombianos del segundo nivel. De todas maneras me sentí cómodo en el nivel en que me ubicaba, pues, según su teoría, no estaba conformado por escritores carentes de talento sino por aquellos a los que por diversas razones el mercado les era ajeno. En mi caso, y esto no se lo dije para no parecer enfrascado en una inútil defensa, se trata de que soy un absoluto renegado de la autopromoción. No soy vendedor ni siquiera de mí mismo, y bien se sabe que en todos los extremos de la calidad literaria es indispensable estar dispuesto a venderse de muchas maneras para lograr el éxito. De los García Márquez a las Stephenie Meyer, el que no se vende a sí mismo no conocerá el rostro sonriente de la publicidad. 
Dejé así el asunto y, como siempre desde aquello, me volví a acordar de mi primo.
Y como el 2012 no se podía acabar sin que se hicieran las aclaraciones pendientes, en mi último encuentro con S dimos en mirar los periódicos y las revistas de la ciudad. Él estaba escrutador esa noche. Más que los artículos, miraba los índices. De pronto, con los mismos ojos necesitados de buen consejo del director de la revista especializada en Cartagena meses atrás, me miró. Venía atormentándolo una inquietud:
—¿Vos por qué nunca aparecés en ninguna de estas publicaciones? —preguntó.
Pobrecito S, tan amigo de un escritor que nunca será famoso. Él iba a ser una especie de personaje de Truman Capote tras la estela de la alta alcurnia local, ascendiendo, ascendiendo hacia lo alto de nuestra estratificación social, pero conmigo llevaba ya tres años desperdiciando su talento para las relaciones públicas. Sentí la obligación de aclarárselo.
—Querido S, has de saber que en el vasto mundo nadie más que vos se creería el cuento de que al andar conmigo estabas acompañado por un escritor. Lamento decírtelo justo en esta época, y aprovecho para hacerte saber, si es que nadie te lo ha aclarado antes, que el Niño Dios no existe, son el papá y la mamá los que compran los regalos.
Me extendí en un etcétera de comentarios graciosos para paliar la decepción de S y caí en la cuenta de que mis libros, o al menos el acto de deshacerse de ellos, sí habían servido para algo: para que por una vez en su vida Ch se decidiera a hacer algo por alguien. Pues la noche que siguió al día del incidente de las llaves apareció en mi apartamento llevándome un plato de espaguetis que estaba bastante bueno. 
 

jueves, agosto 02, 2012

La cinesífilis de Andrés


 …Pero, hermano, si no fuera por esa oscuridad,
si no fuera porque respiramos mejor dentro de
la sala del cine, ¿qué sería de nosotros?
Carta a Juan M. Bullita, octubre 16 de 1973

 Siempre, desde que me volví adulto y mayorcito que él, lo he llamado San Andresito Caicedo. No es que yo crea que los santos del catolicismo son buenos individuos, unos que merecen toda mi consideración; si tal cosa pensara, tendría el santoral casi entero para enrostrarme el error de criterio con una larga historia de sangre y dolor infligido a la humanidad por los individuos a los que la sacra Iglesia de Roma ha ungido con tal título. No. En mi santoral particular, que tampoco tiene que ver con el de Fernando Vallejo cuando canoniza al mojigato de Rufino José Cuervo, santos son los individuos que han sabido ser auténticamente fieles a su causa y a su condición humana, que han puesto en ello la fuerza de los ciclones y que incluso han sido mil veces salpicados por el pantano de los angelitos que los rodean y atormentan. Santos son los seres como este Andrés Caicedo, que vivió a mil y, fiel a su doctrina y al Seconal, murió pronto y dejando obra. Una demasiado extensa, demasiado vigorosa y pasional para sus escasos veinticinco años, intensa y fascinante, en tres áreas vitales para el desarrollo del espíritu humano.
La primera de esas áreas fue la literatura. Pienso con mucha melancolía en lo que dejó de hacer por morirse tan pronto y me gusta pensar en lo muy lejos que habría llegado, lo muy arriba, lo muy digno de los premios más importantes que habría sido. Otra es el teatro, hijo de la primera pero para el caso independiente de ella, y que San Andresito cultivó como actor y como dramaturgo. Y la otra, la que me trae aquí, es el cine. La cinesífilis, de acuerdo con el término que él usaba para definir su pasión por el arte de las salas oscuras y la luz a veinticuatro cuadros por segundo.   
Tengo grabada en la frente esta sentencia, una de las extensas admoniciones de María del Carmen Huertas, su heroína, al final de Que viva la música: “Adonde mejor se practica el ritmo de la soledad es en los cines. Aprende a sabotear los cines”. Mucho los saboteó él, en el sentido caicediano del verbo sabotear, que significaba hacer intensamente. Y hacer intensamente el cine significaba, en su caso, un cúmulo de acciones: presenciarlo como espectador, difundirlo como cineclubista, discernirlo como crítico, concebirlo como guionista y realizarlo como director (un director que, además, como tantos de aquellos a los que admiraba, se permitía la travesura del cameo).
Ni todos los espectadores intensivos devienen críticos ni todos los críticos anhelan en secreto ser realizadores. Estos tres papeles le sentaban a Caicedito por naturaleza. En sus mejores tiempos llegó a ser espectador de hasta tres películas por día en más de una ocasión a la semana. La consecuencia obvia tenía que ser el conocimiento exhaustivo del arte cinematográfico y, en un espíritu como el suyo, la necesidad de la reflexión. De ahí su faceta de crítico, que practicó en periódicos como El País, El Pueblo y Occidente, en Cali, y que, dada la incontenible intensidad de su cinesífilis, derivó en la creación de su propia revista, Ojo al Cine, que llegó a ser la más importante publicación especializada en el asunto cinematográfico en la Colombia de los años setenta. Le escribía a su compañero de generación Luis Ospina el 6 de agosto de 1973: “Hablás de un fondo que incluiría ‘Revista de cine, películas de 16, proyector, bombillas’. Aquí va lo más importante que tengo para decirte en esta carta: hagamos que sea un hecho lo de la revista”.
Por los días en que escribía esta carta, se hallaba en su periodo estadounidense, que durante varios meses alternó entre las ciudades de Houston y Los Ángeles. Fue allí en busca de un sueño todavía más alto: el de no solo escribir guiones, sino que estos se produjeran en la industria de Hollywood. Escribió dos películas de terror: La estirpe de la cripta y, tomando el argumento de un cuento de H. P. Lovecraft, The Shadow Over Innsmouth. Hizo los guiones completos en español y encargó a su hermana Rosario la traducción de los mismos al inglés para ofrecérselos, primero, al productor Roger Corman y, segundo, a cualquier representante de cualquier productor que estuviera dispuesto a escuchar a un escritor de gran talento como él. No lo escucharon. Lo más lejos que logró llegar, y eso gracias a los contactos de Luis Ospina (quien años antes había estudiado cine en la UCLA), fue a algunos miembros menores del “Gay Power” que intentaron ganarlo para su causa y le dieron una lección importante: no se debía entregar a ningún productor un guion terminado para que este lo leyera y considerara (y acariciara la tentación de pasárselo a uno de sus propios asistentes para que lo desarrollara), sino una sinopsis de la historia que le estaba ofreciendo. Lo intentó entonces con la sinopsis de un western que se titularía Los amantes de Suzie Bloom. Y tuvo que regresarse a Cali, donde lo esperaban su cineclub, sus amigos y la revista que iba a fundar.
Dos años antes de la revista y de la desventura hollywoodense, San Andresito Caicedo había vivido su primera y única gran aventura como realizador. En 1971, en codirección con su amigo y antagonista Carlos Mayolo, emprendió el proyecto de un largometraje más o menos basado en su relato Angelita y Miguel Ángel (recogido luego en el volumen Angelitos empantanados). Iba a ser una película de media hora. Consiguió los actores, que no fueron los niños que deseaba para los personajes, sino algunos de sus camaradas de Ciudad Solar, esa especie de comuna en que la generación de Caicedo se congregó durante varios años. Consiguió los recursos. Ensayó y empezaron a rodar. Él y Mayolo en la dirección. Lograron terminar varias secuencias, pero sobrevino la crisis. Así lo narra Mayolo en su libro de memorias Mamá ¿qué hago? (2002): “Tuvimos muchos encontrones Andrés y yo. Yo era demasiado mamerto y quería darle vida a la pareja proletaria [del relato literario]. La película termina con un gran baile de los proletos que los burgueses no podían disfrutar. Fue un engendro donde, con la bicefalia, cada uno pegó por su lado. Quedó una simbiosis de las dos cosas. Apologética”. Para Caicedo se trató más bien de un problema de edades. Carlos Mayolo era seis años mayor, y él estaba destinado a ser un jovencito por siempre. En carta del 25 de agosto de 1973 le escribe a su amigo Miguel González: “El que Angelita y Miguel Ángel permanezca como mi único trabajo inconcluso lo atribuyo, ni más ni menos, a una lucha entre generaciones”.
Después, en 1976, con una cámara de video y con otro de los amigos del combo, Eduardo “La Rata” Carvajal, grabó una entrevista colectiva a cuatro de los niños de su redil, criaturas en realidad menos empantanadas que idiotas, convertidas en personajes por el amor y la imaginación de San Andresito, que supo narrarlos con el ingenio del que la vida no los dotó. A cambio, ellos le dieron abismo y la fascinación de pecar al revés: el adulto corrompido por el menor. En esa entrevista, después rescatada, editada y agregada al acervo del culto caicediano por Luis Ospina, aparecen Guillermito Lemos y su hermana Clarisolcita, la Lolita drogadicta que se merecería la famosa antidedicatoria de Que viva la música.
Y luego, el 4 de marzo de 1977, se murió. Comenzó de inmediato la leyenda que en la última década llegó a rebasar las fronteras de nuestro país. En estos tiempos se puso de moda el culto al precoz genio de la literatura y el cine y la fascinación, a veces más del personaje que de su obra, alcanzó momentos sorprendentes. Se puso de moda Andrés Caicedo. Ya en las dos últimas décadas del siglo XX se habían realizado cuando menos tres trabajos sobresalientes que lo tenían como motivo: Andrés Caicedo: unos pocos buenos amigos, documental de Luis Ospina (1986); el documental Un ángel del pantano de Óscar Campo (1997) sobre Guillermito Lemos, y el experimental Calicalabozo de Jorge Navas (1997) sobre la vida y la obra de San Andresito.
En lo que va corrido del siglo XXI, restringiendo el inventario al mundo audiovisual, habría que destacar el argumental Jamás dijo nunca nada de Esteban Arango (2009). Y, sobre todo, el documental Noche sin fortuna de los argentinos Francisco Forbes y Álvaro Cifuentes. En el delirio que le significa la búsqueda del personaje, el documental logra momentos de gran belleza, el máximo de ellos cuando regala al espectador con la narración y puesta en escena animada de aquel western que en 1973 Caicedo había concebido para algún productor de Hollywood. Hermosamente se nos muestra aquí la magnífica película que habría podido ser Los amantes de Suzie Bloom. Entendemos que San Andresito Caicedo era joven. Estaba destinado a serlo por siempre. Y lo que le hacía falta para triunfar en el cine era tiempo. Crecer, madurar. Lo que él no estuvo dispuesto a hacer.

Eternidad de los gatos

A Florentino, en el primer día de su perenne ausencia     Los gatos navegan el tiempo como las madres antiguas                ...