lunes, mayo 09, 2022
Fermina
Hace una semana murió Fermina. ¿Qué puedo decir sobre ella? Que era mi gata, en la misma medida en que yo era su humano. Que me amaba al modo algo difícil de entender –no humano– en que los gatos saben amar y yo la amaba como se puede amar a un gato que además es compañero de la vida de uno. Que tenía una forma de ser llena de matices que la hacían única, específica: con personalidad. Era mi gata. Un gato no es todos los gatos. Un gato es un individuo único y de esta manera esa gata a la que yo llamé Fermina cuando llegó a nosotros era inconfundible con los otros individuos de su especie.
viernes, febrero 04, 2022
PEQUEÑECES URBANAS 11. Una palabra y su árbol
Mientras a lo largo de las últimas
semanas doy vueltas por la ciudad, una vieja palabra da el primer paso para
encontrarse con el árbol al que nomina. Ocurre como con tantas cosas bellas: la
vista se pone alegre, pero la imagen pasa por la conciencia adornándola y sin
alterarla. Esta mañana, en la Universidad, ha sido distinto. Ingresé por la
portería del Río y todo en mí quedó impactado por el borde de intenso rojo,
quizá naranja u óxido, con que los árboles delineaban la vía circunvalar. Lo
asumí como una muestra de buena voluntad del conjunto de cosas que hacen la institución,
pues esta entrada mía a su sede principal era una especie de regreso después de
varios años en otro estado de cosas. Al final de la tarde, tras una densa
jornada de clases, reuniones, encuentros y hasta abrazos, ocurrió de nuevo en la
portería opuesta. Desde la estación del metro fue inevitable notar, en el
espeso cordón de follajes que bordea el campus, esa copa alta, incendiada y
puesta en primer plano por el último sol del día. Muchos árboles como ese
estuvieron en mis ojos a lo largo de la ruta. Medellín está así por todas
partes: rojo y verde. Más rojo que todo lo demás, quizá naranja. Registrarlo en
la conciencia hizo que algo en mí se pusiera muy contento, así que lo compartí
con la gente que me sigue: “Esos árboles que otoñean las calles, ¿cómo se
llamarán?”, pregunté, a sabiendas de que es un signo de pobreza conceptual
pensar que solo el otoño viene enredado en las hojas rojizas en una ciudad que
no tiene estaciones marcadas y donde, si las tuviera, se impondría la primavera.
Esto, sin contar con el hecho de que muchos son los colores que de temporada en
temporada acuden a nuestros árboles. Con la intención de mimetizar en giros poéticos
mi falta de criterio, agregué otra pregunta: “¿Anidarán murciélagos rojos en
sus ramas?”. Estas preguntas fueron el paso definitivo para el encuentro de la
palabra y su árbol. Pasados apenas unos minutos desde que publiqué mi estado,
Paca Osorio, una escritora que me debía una declaración de amor, me contó: “Se
llaman cámbulos”. Y caí en cuenta de que esa hermosa palabra me ha rondado la
vida entera sin que yo supiera nunca, ni me preguntara, cuál era el árbol al
que iba unida. Averigüé en internet: los cámbulos son árboles nativos de la
América tropical que suelen florecer –hacer intensa erupción de rojo, pasión,
naranja– durante el primer semestre del año, en la temporada seca. Responden a la
escasez de agua exhibiendo su capacidad de llenar el entorno de belleza. Más tarde,
una amiga le dijo a Paca que los de intensa floración en esta época son los
búcaros. Ante la duda, consulté a mi hermano, que sabe de estos asuntos porque
trabaja con árboles y animales y los distingue bien de la poesía. Él me explicó
que los búcaros son de flor rojiza, pero en vez de tirar a naranja tiran a
rosa. También están por todo lado. Alguna respuesta a mis aflicciones hay ahí.
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