jueves, febrero 11, 2021
La coca del venezolano
miércoles, enero 27, 2021
El maestro, la arquitecta y el venezolano
Al día siguiente, cuando ya no albergábamos
esperanza de ello, el maestro de obra apareció con un ayudante. Un muchacho
flaco, tengo pruebas de que nada tímido, no sé qué tan buen o mal trabajador,
con una forma física y un color de piel que sintetizaban por lo bajo el
infinito mestizaje de Latinoamérica. “Tiene cuatro niños”, me contó don T en
tono de chisme apenas hubo ocasión de poner el tema, “y alquila una casita por
seiscientos mil pesos más arriba de Buenos Aires”. Y era venezolano, claro.
¿Quién más estaría dispuesto en esta época a trabajar de ayudante de
construcción en Medellín y por el pago que aquí se ofrece? Las entrañas se me
comprimieron por el presentimiento de que la conciencia entraría en juego. Esa
noche discutimos el asunto y decidimos asegurarnos de que al ayudante se le
pagara, cuando menos, lo que a un nacional (sé de muchos patrones que,
aprovechando la desgracia de los inmigrantes, los hacen trabajar por tarifas
muy inferiores a las mínimas), así como mantener el ofrecimiento que le
habíamos hecho al costeño, el de agregar un poco más al pago que le hiciera don
T, y ser amables y todo eso. Ser amables. Recordar que durante la mayor parte
de la historia ha ocurrido lo contrario, ha sido Venezuela el país invadido de
colombianos varados. Y que si ahora un gobierno peor que los nuestros ha convertido
ese territorio en una infinita tragedia, es nuestra obligación mostrarnos
solidarios.
La obra adquirió un mínimo dinamismo y, al
menos, pronto se liberó al balcón de su primera carga de escombros. Sin
embargo, la situación empeoró para mí, que por las características de mi
trabajo soy el que permanece en casa y está al tanto de los avances y del
estado de los trabajadores y por las características de mi personalidad soy
dado a sentir fastidio por cualquier presencia que no sea de mis afectos
cotidianos. Si con el maestro me esforzaba por ser amable y mantenerlo surtido
de agua, jugo, gaseosa, tinto (la cosecha cafetera de Colombia bien podría
dedicársele íntegra al gremio de los constructores y no sería suficiente), con
el hermano venezolano expulsado de su tierra por la vileza del chavismo el
esfuerzo se multiplicó y la conciencia me obligó a soportar cosas que por lo
común no soporto. Lo más insoportable eran sus costumbres con el sistema
respiratorio (uso este eufemismo para evitar descripciones en extremo
desagradables), más notorias en tanto la pandemia del covid 19 se enfurecía con
una ciudad donde la deficiente gestión de las autoridades y la
irresponsabilidad de los habitantes han elevado las cifras de contagios y de
muertes hasta alturas que poco se ven en la mayor parte del mundo.
Los usos respiratorios del ayudante eran
imposibles de ignorar incluso si yo permanecía encerrado en mi estudio, así que
su presencia en la casa se me fue volviendo más insufrible cada día. El asco motivó
un permanente estado de irritación, pero, consciente como era de que, primero,
los dos individuos me estaban prestando un servicio, y, segundo, el venezolano
estaba ubicado en la zona más oscura de la realidad colombiana, ponía todo mi
empeño en mantener el clima amable y en tratarlo con consideración. En mi
espíritu hicieron colisión la ideología que he tratado de cultivar y los
prejuicios que he heredado de mi cultura, sobre todo desde la mañana en que me
quedé a solas unos minutos con el venezolano y sostuvimos nuestra única
conversación. Quería preguntarle la edad: veinticuatro (podía calcularle veinte
por ciertos rasgos o cuarenta por la marchitez de su rostro y de su cabello), y
hacerle un reproche:
–¿Vos por qué tenés cuatro hijos? –que
equivalía a decirle “güevón, pero vos en esa situación en que estás cómo te
ponés a engendrar esa mano de niños, pobres criaturas”.
El relato de cómo a su situación, de por
sí complicada por haber nacido en una familia pobre de Maracay en la época más
infame de un país cuya historia es pletórica en infamias, le sumó lo que a mí
me pareció una sucesión de torpezas e hizo que mi fastidio aumentara. En
esencia, es esto: se enamoró de una muchacha algo mayor y que ya tenía el
primer niño (va uno) con un patán que la abandonó. El muchacho se hizo cargo
del niño, pero como es “de ideas cristianas” quería un hijito de su propia
sangre que, además, consolidara su relación con la muchacha. Les nació otro
niño (van dos) y la situación empeoró, desde luego: sin trabajo, en un país
saqueado al extremo por la dictadura. Le fascinó el hijito de su propia sangre
y decidió hacer otro, varoncito, para que los dos jugaran fútbol (sic, y van
tres). La tragedia del país se agravó y produjo la crisis migratoria que se
disparó en 2016. El tipo no tuvo más remedio que huir ¡a Colombia, a Medellín!
Mientras tanto, la mujer se quedó en Maracay con los tres niños… y con un nuevo
marido. El muchacho regresó y la encontró de nuevo embarazada, ahora
viuda y dispuesta a volver con él. Ah, el amor; ah, el cristianismo; ah, la
ignorancia. Entonces tomaron una decisión fatal para salir de la fatalidad: venirse
juntos a Colombia. Aquí nació la niña.
Medellín, los semáforos, los colombianos generosos,
alguna ONG que subsidió por temporadas el hotel y el mercado. Esta es la
fórmula, basada en la bondad de los extraños que tanto esperanzara a Blanche
Dubois, que durante dos o tres años ha sostenido a la familia: siempre en el
borde del abismo, siempre despeñándose y salvándose del fondo por algún
accidente que contiene la caída. Luego de la última temporada de hotel y
mercado subsidiados, el venezolano tomó la decisión de lanzarse al alquiler de
una casita y a la consecución de trabajos en los que ya había incursionado en
su ciudad. Uno de esos extraños bondadosos fue el conocido de don T que se lo
recomendó sin otras credenciales que la solidaridad y la confianza en el vacío.
–¿Qué hacés
en Colombia, por Dios? Aquí no hay nada –lo recriminé con la sincera intención
de animarlo a marchar en busca de horizontes menos oscuros.
Me contó que
el proyecto inmediato era llevarse a la mujer y a los cuatro niños para
Maracay, tramitar allí sus documentos y saltar a Chile, a no sé qué ciudad asolada
por una plaga de colombianos y venezolanos. Le sugerí, casi le supliqué, que lo
hiciera pronto, antes de que su ideología cristiana y su deseo de expandir la
sangre lo lleven a engendrar el quinto hijo: “Sí, largate para Chile, que ese
país aunque también está en Latinoamérica, y por tanto anegado de mierda, es
una mierda menos fétida que la de Venezuela y la de Colombia”.
Don T y el
venezolano nunca encajaron del todo bien. El uno daba instrucciones y se
quejaba de la falta de iniciativa del otro, mientras que este hacía evidentes
esfuerzos por parecer sumiso a pesar de que a veces creía valer más de lo que
se le reconocía. Un día de ya no recuerdo cuántos meses atrás, nos citamos para
ir a comprar unos materiales. Aparecieron el maestro y la arquitecta. El
ayudante, según don T, habría de llegar a nuestra casa más tarde. No llegó.
Temí por la ralentización de la obra, pero también me di cuenta de que fue un
día diáfano: sin asco, sin esa sensación de incurable miseria que el hombrecito
me producía. Apareció al día siguiente más temprano que su jefe y con un cuento
que era de esperar y que, concordé con el señor, podía tanto ser verdad como
ser mentira: la niña se había enfermado. Por fortuna la enferma era la niña,
que por haber nacido en Medellín tenía derecho a tratamiento en el sistema
público de salud; los otros niños y los padres no podían enfermarse, golpearse,
accidentarse, debilitarse o sucumbir, pues nadie los atendería. A la criatura
debían practicarle pruebas de coronavirus, debido a que su enfermedad era de
los pulmones. El venezolano se fue, en teoría, a atender a su familia. Volvió
al otro día: que la niña ya bien, que disposición para trabajar. Como siempre,
los instalé en la obra, les ofrecí café y jugo y me encerré en mi estudio.
Horas más tarde, don T me llamó para mostrarme algo: mientras él movía unos
escombros en el balcón, el venezolano le pidió permiso dizque para ir a la
tienda. Él se lo concedió y no se fijó en su salida, pero a los pocos segundos
empezó a cavilar. Fue a donde tenía la ropa limpia, revisó la billetera y, por
supuesto, la encontró casi vacía. El ayudante se había largado con la mayor
parte de su dinero, dejándole ocho mil pesos, o dos mil –la cifra ha cambiado
varias veces–, en fin, lo suficiente para un pasaje de bus. El monto del robo
ha cambiado también en cada relato del señor: empezó en 200 mil pesos, después
le dijo a la arquitecta que 150 mil, después a mí que 250 mil, después a los
dos que 280 mil. No sé. Del venezolano no hemos vuelto a tener noticias. Dejó
como recuerdo la coca con su almuerzo del día, que después don T le regaló a
una señora en la calle. Quisiera no cultivar los prejuicios, pensar que lo
importante no es la nacionalidad sino el acto, que un venezolano no es todos
los venezolanos y que una acción –tal vez desesperada– no es toda la persona, y
me consuelo pensando que una de dos cosas: el botín se utilizó para llevar
alimento a los niños o, como un Jean Valjean de tiempos igual de miserables, el
tipo robó un pequeño monto para iniciar la construcción de una vida digna. Sé
que lo más probable es que, si hubo tal robo, sus consecuencias ahondarán la
desgracia del individuo y los suyos: pertenecen a esa casta que no halla
redención.
Hay dos tipos de lugar en el universo en los
que se sospecha que el tiempo corre de para atrás. Uno es el horizonte de
sucesos de los agujeros negros. El otro es la obra de nuestra casa, aunque en
esta última en realidad no corre de para atrás, sino que da tumbos: cada vez
que paso por allí, encuentro una situación diferente. Puede que don T esté más
viejo, o haya llegado a la adolescencia, o recién llegue a los cuarenta, o
acabe de nacer: siempre está en un momento diferente de su vida. En cuanto a la
obra en sí misma, a un enchape que ya estaba a punto de terminarse ahora le
falta un esquinero, a la madera que debía empezar a lijarse mañana se le lijó
un pedacito esta mañana y se reemprenderá en cualquier momento de la eternidad,
la pintura que ya se había secado en los tarros ahora está de nuevo líquida...
En fin. Fenómeno interesantísimo, que algún día le expondré a Carlo Rovelli. La
arquitecta, que en el comienzo de los tiempos se enteró de que la obra estaría
bajo su dirección, viene cada cierta cantidad de meses a mostrarnos sus pintas
–espectaculares, vistosas, únicas–, a que la oigamos hablar –la conversación más
entretenida y abigarrada de la comarca–, a consentir a los gatos y a que la
veamos fumar. Tomamos baldados de tinto con ella. Me encantan sus visitas, pues
nos revitaliza el ánimo a todos.
Y como de todas maneras me empeño en que
mis cosas se mantengan en el orden lineal del tiempo que me resulta cómodo,
cada tantos meses hago presión para que se vean avances. Sospecho que la obra
terminará poco después de que finalmente llegue a Colombia la vacuna senegalesa
contra el covid 19. Iremos los tres juntos, la arquitecta, don T y yo, a
vacunarnos, pues entonces los tres habremos sobrepasado con suficiencia de
méritos la edad en que se está en la primera línea de vacunación. Vendremos
luego a ver en qué punto será necesario retomar los trabajos, para esos lejanos
días ya viejos y urgidos de remodelación.
La arquitecta con Fermina y Florentino, que han aprendido a quererla tanto como yo.
jueves, diciembre 24, 2020
La de Antioquia
Esta mañana estuve en una charla con las Madres de La
Candelaria. Una señora tomó la palabra. Se notaba que la vida le había ido
enseñando a hablar en público. Sobre el vestido usaba una especie de peto
blanco con la insignia de la organización y, a manera de collar, le colgaban
sobre el pecho tres fotografías de su hijo desaparecido hace tantos, tantos
años, que ahora tendría tres veces la edad que tenía cuando lo desaparecieron.
Digo ‘tendría’ porque todos en el auditorio –el público y la señora– sabíamos
que el muchacho estaba muerto. Hace mucho tiempo, la esperanza dejó de ser
encontrarlo con vida. ¿Quién habrá sido ese hijo? ¿Qué iras o temores habrá
desatado? Las fotos lo mostraban como un muchacho cualquiera de los que crecen
todos los días por millones en la tierra. ¿Qué cosas habrá pensado y dicho como
para que alguien decidiera borrarlo de la vida?
El rostro de esa madre cargaba la tristeza
de todos esos años. Llorando y pidiendo perdón porque hoy estaba así, con la
melancolía lacerándola, contó cómo su único deseo es hallar el lugar donde está
enterrado el cuerpo del hijo para ir a llorarlo y hablarle. Dirigir sus
palabras a un montículo de tierra y plantas, agua, bichos y olvido, en el que
lo que fue un muchacho permanece de alguna manera: unos huesos renegridos, unos
nutrientes ya disueltos, algo de trascendencia si uno es la madre y confía en
las divinidades. ¿Quién hizo que el hijo de la mujer que hoy tomó el micrófono
para hablarnos dejara de ser? ¿Quién desapareció al hijo de esta señora? Tantos
pudieron hacerlo, tantos son capaces en Colombia de proceder así: la derecha,
la izquierda, los brazos armados del Estado, los legales y los ilegales, los
malos y los buenos. Tantos. Al lado de la madre vulnerada estaban sentados dos
guerrilleros desmovilizados de las Farc, hombre y mujer. La mujer tomó la
palabra y declaró que los miembros de su organización son víctimas de la
guerra. Dijo otras tantas cosas, pero ninguna tan ofensiva como esta. No pidió
perdón, no reconoció la extrema perversión de las acciones que ese grupo
emprendió durante décadas contra la gente, ni mencionó los asesinatos, las
desapariciones de personas como el hijo de la señora que hoy estaba tan triste.
No. Se declaró víctima. Luego volvió a la mesa y siguió participando sin darse
cuenta de que existe la vergüenza.
Salí del auditorio y desde entonces tengo
la impresión de que todo se está desvaneciendo melancólicamente en la nada, que
por fin los humanos hemos llegado al punto de no retorno de nuestro cataclismo.
Sin embargo, mientras todo se desmorona yo tengo la sensación –tal vez egoísta–
de que puedo postergar otro poco el desastre, al menos para mí. A este fin solo
requiero saber que esta noche te voy a abrazar, voy a oírte decir mi nombre y
vas a declarar de múltiples formas lo mucho que me querés. Sigue siendo un día
de un mes de un año en los que existo. Es 26 de febrero de 2020. En unas
cuantas frentes –estoy en la Universidad, también esas frentes caben– veo la
cruz de ceniza y sé que para algunos esa señal es símbolo de esperanza frente
al desastre. Ellos verán. A mí me parece que la cruz de ceniza es un signo del
propio desastre. Yo te tengo a vos. Sé que, a diferencia de aquella señora con
su hijo, esta noche voy a saciar mi enorme deseo de abrazarte.
Ingresando por la portería peatonal de la calle Barranquilla
hacia Barrientos, calma. Mientras me acerco a la plazoleta empiezan a picarme
un tanto los ojos y la garganta. Al instante comprendo que es un leve remanente
de los gases de ayer, los que el alcalde ordenó que el cuerpo más salvaje de la
Policía arrojara contra los que estábamos adentro: algunos lanzaban piedras o
papas incendiarias, otros gritaban arengas; la mayoría estábamos en actividades
diversas, académicas incluso –nada que pusiera en peligro a nadie–. Hoy, por lo
menos durante las próximas horas, hay calma en el campus.
Camino. En un murito del bloque ubicado
frente al costado sur de la biblioteca, dos muchachos –muchacho y muchacho–
están queriéndose. Se estrujan juguetonamente, se abrazan y se sueltan, se
acarician con fuerza y se besan. Es evidente que uno está más entusiasmado que
el otro. Esta es una minucia que luego resolverán entre ellos, seguramente en
presencia del dolor. Ahora son tan felices porque el uno, porque el otro,
porque los dos. Nadie aparte de mí parece fijarse en ellos, menos aun en el
detalle del desequilibrio en el entusiasmo. Quizás ojos furtivos como los míos,
remanentes de otras épocas, también estén mirando, analizando, algunos hasta
juzgando. Por lo pronto, a mí me alegra que también esto sea la Universidad y
le digo al mundo que ojalá esta sensación de libertad no sea atropellada por
quienes ostentan otras formas de pensamiento y tienen la fuerza para reprimir a
los que están contentos. Celebro que la Universidad sea un espacio en el que
uno pueda ser lo que siente que puede ser. Ser a la medida de sí mismo en
contacto con los demás, creciendo, deteriorándose, afectándolos, nutriéndose.
Me interno en el edificio y en los
periódicos que me ayudan con mi investigación. Los muchachos seguirán amándose
y luego irán a otros, amarán a otros, no amarán. Hoy es 27 de febrero del mismo
año. El que fui está muy lejos del que soy, a pesar de que soy él. Hay gran
distancia entre dos instantes del mismo sujeto. Tanta, que si él se mirara a sí
mismo de un extremo a otro de esa distancia le sería difícil reconocerse, tal
vez hasta se violentaría. Por eso tenemos la vida, para acostumbrarnos a ser
nosotros en el incontable proceso del cambio.
Cuando paso por esta zona me gusta extender la caminada hasta
el campus y mirar la Universidad desde afuera. Lo más visible es el cordón de magníficos
árboles que la rodea. Ha caído una lluvia vertical y todo está como estancado
en un arrume de tiempo; después se han disuelto las nubes y ha regresado uno de
esos soles que arden con sevicia. A veces, desde lejos, he visto carros
parqueados en el interior, he visto luces encendidas por la noche, pero lo
usual durante los últimos nueve meses es que la Universidad permanezca cerrada.
Ha probado con éxito otras formas de mantenerse, pero siento que son
indispensables la apertura de puertas y el poblamiento de sus espacios físicos
por todos nosotros, sus habitantes, la manifestación física de que la
Universidad es.
No sabría qué adjetivos usar para
describir la imagen del campus al otro lado de la malla. No quiero mencionar al
virus, porque presiento que la mayor parte de la responsabilidad sobre el
cierre del mundo no pesa sobre ese bichito. Autoridades de variada pelambre han
estado tomando malas decisiones, movidas por intereses que no son los de la
gente. Sé que es diciembre, que esta semana volverán los toques de queda y que
el terror que nos produce el virus no se debe a su letalidad, sino a que no
sabemos quiénes conformarán esa minoría de infectados que enfermarán y, más,
morirán. Si supiéramos que no seremos nosotros ni los nuestros, que las
víctimas estarán a prudente distancia, nos provocaría, si acaso, estupefacción.
Pero no sabemos dónde caerán los muertos. Sabemos que podrían caer a nuestro
lado. Que podríamos ser nosotros. Por eso el miedo.
–Yo no tengo
nada, yo tengo es sinó salú –farfulla el anciano que sobrevive contando con una
pesa los kilos de la gente a mitad de una cuadra larga que lleva a la estación
Hospital. Le habla a un colega, no a mí; yo lo ignoro con respeto. Muchas veces
he pasado por aquí y ni una vez he visto que alguien se pese. Pero ahí sigue el
anciano, vital, pareciera que incluso contento. En la esquina, una muchacha que
vende dulces acaricia a un niño de no más de cinco años que se recuesta en su
rodilla. ¿Qué hace ese niño en esta calle y con este sol? ¿Tuvo algo alguna vez
el anciano de la pesa? Como ellos, hordas de desposeídos ocupan las calles
aledañas a la Universidad. En realidad, ocurre por todas partes. ¡Todo lo hemos
hecho tan mal! Tanto necesitaba nuestra gente la lucha de grupos como las Farc,
y sin embargo ellos prefirieron traicionarnos y enfrascarse en una guerra por
el saqueo con la oligarquía tradicional: no para desalojarla, sino para
infiltrarla y ser parte de ella. Los líderes lo lograron. Me acuerdo de aquella
desmovilizada y pienso que sí, al comienzo muchos de ellos fueron víctimas,
pero se sumieron en la práctica de la barbarie con tal salvajismo y tal torpeza
que a la larga todos fuimos sus víctimas.
Recuerdo por mis notas a la señora del
hijo desaparecido y a los muchachos que se estaban enamorando. Ella seguirá oscurecida
por la melancolía, lo más seguro es que ellos ya se habrán alejado. Recuerdo
también los gases y a los exguerrilleros cínicos. Recuerdo a la multitud
informe que poblaba esos edificios, esos tiempos, esos espacios libres, mis
ojos y mis oídos, a veces mi gusto y mi tacto, y que también olía. Recuerdo a
toda esa gente que es la Universidad, esa infinitud de historias que confluían
en el campus con la mía, y deseo con ardor volver a estar allí y entre ellos.
Dentro de unas horas será Navidad, cosa
que no me importa. Quiero volver.
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