jueves, febrero 11, 2021

La coca del venezolano

      Aporofobia: según el diccionario de la Asociación de Academias de la Lengua Española, fobia a las personas pobres y desfavorecidas. Según la filósofa española Adela Cortina, quien introdujo el término al idioma de Hispanoamérica en un libro publicado en 2017, es la fobia específica al extranjero pobre.  
    Una amiga de una amiga me acusó de padecer tal deformación de la conciencia, a propósito de unas cosas que no dije, pero que ella leyó, en una entrada sobre ciertas obras que desde el año pasado y hasta fecha imposible de calcular se están construyendo en mi casa. Ya preveía yo que alguien saldría con semejante señalamiento, pues sé bien que mucha gente lee sin entender y concluye lo que el autor no ha dicho o lee pedazos de una cosa y entiende fragmentos de otra. Si la señora hubiera prestado atención, se habría dado cuenta del cuidado que puse en no dar precisamente esa impresión, la de exponer un discurso de odio, de miedo o de fastidio a un grupo social determinado. Cuántas hogueras injustificadas se han encendido por causa de la ciudadanía biempensante que juzga, no lo que otro dijo, sino lo que ella imagina que debió decir. La entrada, lamentablemente, ya no existe para verificar mi discurso: la borró el olvido. Nadie la leyó. 
    En un contexto general, Adela Cortina señala que las sociedades marcadas por el fenómeno de la migración extranjera experimentan un rechazo a los migrantes pobres. Un sector amplio de la población colombiana es un claro ejemplo de este fenómeno desde las dos perspectivas: llevamos décadas enviando pobres en gran cantidad a otros países y durante el último lustro, por cuenta de esa catástrofe llamada Nicolás Maduro, nos hemos convertido en un país receptor de inmigrantes, en su mayoría pobres y en todos los casos venezolanos, que vienen porque les quedamos al lado, no porque tengan la auténtica esperanza de que aquí les vaya a ir mejor que allá. Para expresarlo con un mínimo grado de claridad: huyen de la miseria para llegar a la pobreza extrema y del régimen de un idiota perverso de izquierda al régimen de un idiota perverso de derecha.
    La masiva fuga de venezolanos de su territorio ha tenido dos momentos. En el primero, durante los tres lustros iniciales de este siglo, de Venezuela empezaron a llegar políticos, empresarios, actores de televisión, cantantes y otras personas que no causaban rechazo porque traían sus cuentas bancarias. Eran gente linda y fácil de querer. Luego, en lo que parecería una hórrida estrategia del régimen de Maduro para deshacerse de la pobrería y de paso joder a sus enemigos, nos llegó una oleada de migrantes indeseados —no indeseables— de la que nuestro país no tenía antecedente desde la conquista española.
    El territorio colombiano ha sido desde siempre un lugar de tránsito para las migraciones de todas partes que tienen como objetivo alcanzar la muy dudosa arcadia de Norteamérica. Del norte y del sur, del este y del oeste, de todos los lugares que en el mundo producen miseria han llegado y siguen llegando legiones de desesperados que se atreven a hacer el peligroso tránsito de Colombia con la esperanza de atravesar la frontera hacia el noroeste sin que los maten la selva o los traficantes y seguir en esa misma dirección, de para arriba en el mapa, arriba, arriba, arriesgándose a cada paso en países fallidos con el propósito de saltar el muro final. Pocos se han quedado aquí. Por eso los colombianos crecimos sin conocer más extranjeros que los que se veían en televisión y, en cambio, expulsando a los nuestros en gran cantidad. Cuando yo era pequeño, los papás de mis amigos se iban para una de dos partes: Estados Unidos o Venezuela. Los familiares que quedaban aquí empezaban a prosperar gracias al dinero que enviaban los que se iban. Estados Unidos era la utopía.  Venezuela era un país igual al nuestro, pero en versión rica. Creíamos.  
    Cuando empezó a ocurrir la situación inversa, que el país con las mayores reservas de petróleo del mundo se arruinó por culpa de la satrapía chavista y los nuevos y los antiguos pobres se quedaron sin opciones allá y tuvieron que venirse a buscar opciones acá, la reacción inicial fue la adecuada: comprender que, de todos los países que forman la gran familia de la humanidad, Venezuela es nuestro hermano más cercano, el gemelo siamés de Colombia. Allí nos han acogido, es justo retribuirles el gesto. Todo país tiene la obligación moral de recibir a los desesperados que huyen. Venezuela y Colombia somos un mismo país, aunque dirigido por dos regímenes perversos. En fin: bienvenidos, compatriotas bolivarianos.
    Los que cruzaron la frontera empezaron siendo cientos, luego fueron miles y ahora son millones. Los cálculos varían según la entidad que los haga y el interés que haya tras ellos, pero debe ser cierto que rondan los dos millones porque en determinadas capas de la sociedad ya se ha presentado una especie de fenómeno de sustitución. Como si de repente fuéramos una nación rica, hay oficios que ahora no ejercen los colombianos. Esto, sin embargo, no es para animarse: no sucede porque los colombianos dispongan de mejores opciones, sino porque para los dueños de los negocios y de muchas empresas se ha vuelto rentable poner en esos oficios a indocumentados que los ejercen por pagos irrisorios (y sí: era posible que todavía se maltratara más a la clase trabajadora). Volviendo al asunto: cada día uno se sorprende con el hecho de que en todo lado dejó de haber colombianos. En la tienda, en el restaurante, en la papelería, en los semáforos, en todos lados te atienden, te piden o te asaltan con el acento de las calles caraqueñas. Cónchale, vale: los acentos colombianos ya no se oyen por ahí. Y esto empieza a causar exabruptos como que se produzcan brotes de xenofobia. 
    Si la amiga de mi amiga hubiera leído más allá del tercer párrafo, se habría dado cuenta de que mi fastidio por el muchacho que vino a trabajar un par de semanas a mi casa y luego huyó con el dinero de su jefe, dejando como sardónico recuerdo la coca con su almuerzo, no se debía a su nacionalidad ni a su pobreza, sino a sus horrendos atentados contra la higiene. Sus costumbres eran suyas, no de la patria que lo había repelido, y pasar por alto el desagrado que producían no sería un acto de amor por los pobres; sería demagogia. Algo he visto del mundo a través del periodismo, la literatura y el cine, como para tener claro que no todos los naturales de un país comparten las mismas características y que, de hecho, una acción como la referida no constituye el todo de un ser humano. No creo que aquel muchacho, venezolano en Medellín, colombiano en Antofagasta, boliviano en La Plata o etíope en el cruce del Darién, fuera un simple ladrón y prefiriera no trabajar. Me faltan muchos datos sobre su circunstancia para calificar lo que hizo: pudo ser un vulgar robo, pero también pudo ser la acción desesperada de un padre que debía llevarles comida a sus cuatro hijos (¡cuatro!) y, tristemente, veía que por la ruta del trabajo honrado y muy mal pagado el sueldo no iba a llegar a tiempo ni iba a ser suficiente. El resultado más triste de ese robo es que las opciones del venezolano se reducirán todavía más, como si estando en el fondo del desastre fuera posible seguirse hundiendo. ¿De quién es la culpa? ¿Suya? Componía su espíritu un coctel de deletéreos elementos que alentaban su vocación de miseria: la pobreza, la ignorancia y la alienación cristianoide. Quisiera pensar que no está con su mujer y sus cuatro niños en algún semáforo y que algo le salió bien, que logró regresar con ellos a su lugar de origen y ahora prepara los documentos para emigrar a un país menos vuelto mierda que el suyo y el mío. En caso de que no hayan podido cumplir su deseo de retornar, espero que exista para ellos una oportunidad en la medida que esta semana anunció el títere del sátrapa colombiano.
    El de Colombia no ha sido nunca un gobierno generoso con sus nacionales pobres, menos lo va a ser con los nacionales pobres de Venezuela y menos aún durante el régimen actual. No obstante, alguna ventaja puede haber en el sospechoso “Estatuto Temporal para la Protección de Migrantes Venezolanos” que, según el mostrenco instalado en la Casa de Nariño, pretende “regularizar” durante diez años la situación de las más o menos dos millones de personas que habían llegado hasta el 31 de enero. Esto, supongo, quiere decir que tendrán derecho a contratación laboral en condiciones al menos tan injustas como las de los colombianos, a cobertura en salud y a alentar la esperanza de ser vacunados contra el covid 19. A que se les trate con la dignidad que merecen y, en todo caso, no a votar en las próximas elecciones presidenciales como algunos analistas con evidente mala intención sugieren.
    Ojalá, pero no lo creo. Estamos en manos de gente malvada. En eso sí que somos iguales los colombianos y los venezolanos.



miércoles, enero 27, 2021

El maestro, la arquitecta y el venezolano

Habían pasado varias semanas de intensa presión por parte nuestra cuando don T por fin se decidió a contratar un ayudante. Él es un lobo viejo y solitario al que la vida le ha enseñado la importancia del individualismo; el problema radica en que además es el más paciente entre los contratistas posibles, y uno empieza diciéndole “tómese el tiempo que necesite” para empezar a inquietarse porque no solo se toma ese tiempo sino también el que vos necesitás para agotar tus vacaciones, regresar al trabajo y empezar a necesitar que en tu casa deje de haber nubes de polvo y ruido para que las ideas puedan circular y la neurosis descender.

Como don T declaraba una y otra vez que los ayudantes a los que había contactado le quedaban mal, que no llegaban o se desvanecían nada más coger el metro hacia nuestra casa, decidimos tomar la iniciativa y ayudarle a conseguir uno, así fuera uno muy inútil, con tal de alimentar la ilusión de que con un par de brazos adicionales la obra por fin empezaría a avanzar. Rebuscamos en todas nuestras listas de contactos. Una señora amiga nos enlazó con un costeño que estaba urgido de trabajo. Los hicimos hablar, a don T y al costeño. Don T, era obvio, no quería un ayudante y el costeño no quería trabajar. Los dos se vieron forzados a mantener el diálogo hasta la instancia en la cual hallarían la razón inexpugnable para no juntarse: el pago. Don T ofreció lo que, según él, era una tarifa justa, por encima del mínimo legal, o sea más que buena para el gremio de la construcción, en tanto el costeño anunció con énfasis que no trabajaría por menos de casi el doble de eso. Estuvimos de parte del costeño, pensando en que una obra de construcción es tan extenuante que un poco más del mínimo, y sin prestaciones ni estímulos extras, no era en absoluto un buen pago. La arquitecta, sin embargo, nos calló la boca: lo que ofrecía don T era de sobra apropiado para el medio. Pensé que ahí estaba la razón por la cual las obras de Medellín se demoran hasta diez veces más del plazo pactado, para luego caerse o amenazar ruina en pocos años: a los que las construyen los tratan de tan míseras formas, que no hay manera de que una construcción se haga con amor y con calidad. Por eso la ciudad entera es un constante derrumbe. Imbuido por el espíritu de la justicia, ofrecí poner un poco más para el pago del ayudante. A esas alturas, claro, don T y el costeño ya se habían declarado uno a otro personas non gratas. “De todas maneras, don T, haga el favor de seguir buscando”, le supliqué al despedirnos esa tarde. Y rematé con todo el drama que soy capaz de poner en la mirada: “Vea que a este paso la obra se va a demorar por lo menos otro mes”. No podía en ese momento imaginar lo feliz que habría sido si solo se hubiera demorado el mes que mi tendencia al pesimismo me hacía presagiar.

Al día siguiente, cuando ya no albergábamos esperanza de ello, el maestro de obra apareció con un ayudante. Un muchacho flaco, tengo pruebas de que nada tímido, no sé qué tan buen o mal trabajador, con una forma física y un color de piel que sintetizaban por lo bajo el infinito mestizaje de Latinoamérica. “Tiene cuatro niños”, me contó don T en tono de chisme apenas hubo ocasión de poner el tema, “y alquila una casita por seiscientos mil pesos más arriba de Buenos Aires”. Y era venezolano, claro. ¿Quién más estaría dispuesto en esta época a trabajar de ayudante de construcción en Medellín y por el pago que aquí se ofrece? Las entrañas se me comprimieron por el presentimiento de que la conciencia entraría en juego. Esa noche discutimos el asunto y decidimos asegurarnos de que al ayudante se le pagara, cuando menos, lo que a un nacional (sé de muchos patrones que, aprovechando la desgracia de los inmigrantes, los hacen trabajar por tarifas muy inferiores a las mínimas), así como mantener el ofrecimiento que le habíamos hecho al costeño, el de agregar un poco más al pago que le hiciera don T, y ser amables y todo eso. Ser amables. Recordar que durante la mayor parte de la historia ha ocurrido lo contrario, ha sido Venezuela el país invadido de colombianos varados. Y que si ahora un gobierno peor que los nuestros ha convertido ese territorio en una infinita tragedia, es nuestra obligación mostrarnos solidarios.

La obra adquirió un mínimo dinamismo y, al menos, pronto se liberó al balcón de su primera carga de escombros. Sin embargo, la situación empeoró para mí, que por las características de mi trabajo soy el que permanece en casa y está al tanto de los avances y del estado de los trabajadores y por las características de mi personalidad soy dado a sentir fastidio por cualquier presencia que no sea de mis afectos cotidianos. Si con el maestro me esforzaba por ser amable y mantenerlo surtido de agua, jugo, gaseosa, tinto (la cosecha cafetera de Colombia bien podría dedicársele íntegra al gremio de los constructores y no sería suficiente), con el hermano venezolano expulsado de su tierra por la vileza del chavismo el esfuerzo se multiplicó y la conciencia me obligó a soportar cosas que por lo común no soporto. Lo más insoportable eran sus costumbres con el sistema respiratorio (uso este eufemismo para evitar descripciones en extremo desagradables), más notorias en tanto la pandemia del covid 19 se enfurecía con una ciudad donde la deficiente gestión de las autoridades y la irresponsabilidad de los habitantes han elevado las cifras de contagios y de muertes hasta alturas que poco se ven en la mayor parte del mundo.

Los usos respiratorios del ayudante eran imposibles de ignorar incluso si yo permanecía encerrado en mi estudio, así que su presencia en la casa se me fue volviendo más insufrible cada día. El asco motivó un permanente estado de irritación, pero, consciente como era de que, primero, los dos individuos me estaban prestando un servicio, y, segundo, el venezolano estaba ubicado en la zona más oscura de la realidad colombiana, ponía todo mi empeño en mantener el clima amable y en tratarlo con consideración. En mi espíritu hicieron colisión la ideología que he tratado de cultivar y los prejuicios que he heredado de mi cultura, sobre todo desde la mañana en que me quedé a solas unos minutos con el venezolano y sostuvimos nuestra única conversación. Quería preguntarle la edad: veinticuatro (podía calcularle veinte por ciertos rasgos o cuarenta por la marchitez de su rostro y de su cabello), y hacerle un reproche:

–¿Vos por qué tenés cuatro hijos? –que equivalía a decirle “güevón, pero vos en esa situación en que estás cómo te ponés a engendrar esa mano de niños, pobres criaturas”.

El relato de cómo a su situación, de por sí complicada por haber nacido en una familia pobre de Maracay en la época más infame de un país cuya historia es pletórica en infamias, le sumó lo que a mí me pareció una sucesión de torpezas e hizo que mi fastidio aumentara. En esencia, es esto: se enamoró de una muchacha algo mayor y que ya tenía el primer niño (va uno) con un patán que la abandonó. El muchacho se hizo cargo del niño, pero como es “de ideas cristianas” quería un hijito de su propia sangre que, además, consolidara su relación con la muchacha. Les nació otro niño (van dos) y la situación empeoró, desde luego: sin trabajo, en un país saqueado al extremo por la dictadura. Le fascinó el hijito de su propia sangre y decidió hacer otro, varoncito, para que los dos jugaran fútbol (sic, y van tres). La tragedia del país se agravó y produjo la crisis migratoria que se disparó en 2016. El tipo no tuvo más remedio que huir ¡a Colombia, a Medellín! Mientras tanto, la mujer se quedó en Maracay con los tres niños… y con un nuevo marido. El muchacho regresó y la encontró de nuevo embarazada, ahora viuda y dispuesta a volver con él. Ah, el amor; ah, el cristianismo; ah, la ignorancia. Entonces tomaron una decisión fatal para salir de la fatalidad: venirse juntos a Colombia. Aquí nació la niña.

Medellín, los semáforos, los colombianos generosos, alguna ONG que subsidió por temporadas el hotel y el mercado. Esta es la fórmula, basada en la bondad de los extraños que tanto esperanzara a Blanche Dubois, que durante dos o tres años ha sostenido a la familia: siempre en el borde del abismo, siempre despeñándose y salvándose del fondo por algún accidente que contiene la caída. Luego de la última temporada de hotel y mercado subsidiados, el venezolano tomó la decisión de lanzarse al alquiler de una casita y a la consecución de trabajos en los que ya había incursionado en su ciudad. Uno de esos extraños bondadosos fue el conocido de don T que se lo recomendó sin otras credenciales que la solidaridad y la confianza en el vacío.     

            –¿Qué hacés en Colombia, por Dios? Aquí no hay nada –lo recriminé con la sincera intención de animarlo a marchar en busca de horizontes menos oscuros.

            Me contó que el proyecto inmediato era llevarse a la mujer y a los cuatro niños para Maracay, tramitar allí sus documentos y saltar a Chile, a no sé qué ciudad asolada por una plaga de colombianos y venezolanos. Le sugerí, casi le supliqué, que lo hiciera pronto, antes de que su ideología cristiana y su deseo de expandir la sangre lo lleven a engendrar el quinto hijo: “Sí, largate para Chile, que ese país aunque también está en Latinoamérica, y por tanto anegado de mierda, es una mierda menos fétida que la de Venezuela y la de Colombia”.  

            Don T y el venezolano nunca encajaron del todo bien. El uno daba instrucciones y se quejaba de la falta de iniciativa del otro, mientras que este hacía evidentes esfuerzos por parecer sumiso a pesar de que a veces creía valer más de lo que se le reconocía. Un día de ya no recuerdo cuántos meses atrás, nos citamos para ir a comprar unos materiales. Aparecieron el maestro y la arquitecta. El ayudante, según don T, habría de llegar a nuestra casa más tarde. No llegó. Temí por la ralentización de la obra, pero también me di cuenta de que fue un día diáfano: sin asco, sin esa sensación de incurable miseria que el hombrecito me producía. Apareció al día siguiente más temprano que su jefe y con un cuento que era de esperar y que, concordé con el señor, podía tanto ser verdad como ser mentira: la niña se había enfermado. Por fortuna la enferma era la niña, que por haber nacido en Medellín tenía derecho a tratamiento en el sistema público de salud; los otros niños y los padres no podían enfermarse, golpearse, accidentarse, debilitarse o sucumbir, pues nadie los atendería. A la criatura debían practicarle pruebas de coronavirus, debido a que su enfermedad era de los pulmones. El venezolano se fue, en teoría, a atender a su familia. Volvió al otro día: que la niña ya bien, que disposición para trabajar. Como siempre, los instalé en la obra, les ofrecí café y jugo y me encerré en mi estudio. Horas más tarde, don T me llamó para mostrarme algo: mientras él movía unos escombros en el balcón, el venezolano le pidió permiso dizque para ir a la tienda. Él se lo concedió y no se fijó en su salida, pero a los pocos segundos empezó a cavilar. Fue a donde tenía la ropa limpia, revisó la billetera y, por supuesto, la encontró casi vacía. El ayudante se había largado con la mayor parte de su dinero, dejándole ocho mil pesos, o dos mil –la cifra ha cambiado varias veces–, en fin, lo suficiente para un pasaje de bus. El monto del robo ha cambiado también en cada relato del señor: empezó en 200 mil pesos, después le dijo a la arquitecta que 150 mil, después a mí que 250 mil, después a los dos que 280 mil. No sé. Del venezolano no hemos vuelto a tener noticias. Dejó como recuerdo la coca con su almuerzo del día, que después don T le regaló a una señora en la calle. Quisiera no cultivar los prejuicios, pensar que lo importante no es la nacionalidad sino el acto, que un venezolano no es todos los venezolanos y que una acción –tal vez desesperada– no es toda la persona, y me consuelo pensando que una de dos cosas: el botín se utilizó para llevar alimento a los niños o, como un Jean Valjean de tiempos igual de miserables, el tipo robó un pequeño monto para iniciar la construcción de una vida digna. Sé que lo más probable es que, si hubo tal robo, sus consecuencias ahondarán la desgracia del individuo y los suyos: pertenecen a esa casta que no halla redención.

 

Hay dos tipos de lugar en el universo en los que se sospecha que el tiempo corre de para atrás. Uno es el horizonte de sucesos de los agujeros negros. El otro es la obra de nuestra casa, aunque en esta última en realidad no corre de para atrás, sino que da tumbos: cada vez que paso por allí, encuentro una situación diferente. Puede que don T esté más viejo, o haya llegado a la adolescencia, o recién llegue a los cuarenta, o acabe de nacer: siempre está en un momento diferente de su vida. En cuanto a la obra en sí misma, a un enchape que ya estaba a punto de terminarse ahora le falta un esquinero, a la madera que debía empezar a lijarse mañana se le lijó un pedacito esta mañana y se reemprenderá en cualquier momento de la eternidad, la pintura que ya se había secado en los tarros ahora está de nuevo líquida... En fin. Fenómeno interesantísimo, que algún día le expondré a Carlo Rovelli. La arquitecta, que en el comienzo de los tiempos se enteró de que la obra estaría bajo su dirección, viene cada cierta cantidad de meses a mostrarnos sus pintas –espectaculares, vistosas, únicas–, a que la oigamos hablar –la conversación más entretenida y abigarrada de la comarca–, a consentir a los gatos y a que la veamos fumar. Tomamos baldados de tinto con ella. Me encantan sus visitas, pues nos revitaliza el ánimo a todos.

Y como de todas maneras me empeño en que mis cosas se mantengan en el orden lineal del tiempo que me resulta cómodo, cada tantos meses hago presión para que se vean avances. Sospecho que la obra terminará poco después de que finalmente llegue a Colombia la vacuna senegalesa contra el covid 19. Iremos los tres juntos, la arquitecta, don T y yo, a vacunarnos, pues entonces los tres habremos sobrepasado con suficiencia de méritos la edad en que se está en la primera línea de vacunación. Vendremos luego a ver en qué punto será necesario retomar los trabajos, para esos lejanos días ya viejos y urgidos de remodelación.

 

La arquitecta con Fermina y Florentino, que han aprendido a quererla tanto como yo.



jueves, diciembre 24, 2020

La de Antioquia

 

Esta mañana estuve en una charla con las Madres de La Candelaria. Una señora tomó la palabra. Se notaba que la vida le había ido enseñando a hablar en público. Sobre el vestido usaba una especie de peto blanco con la insignia de la organización y, a manera de collar, le colgaban sobre el pecho tres fotografías de su hijo desaparecido hace tantos, tantos años, que ahora tendría tres veces la edad que tenía cuando lo desaparecieron. Digo ‘tendría’ porque todos en el auditorio –el público y la señora– sabíamos que el muchacho estaba muerto. Hace mucho tiempo, la esperanza dejó de ser encontrarlo con vida. ¿Quién habrá sido ese hijo? ¿Qué iras o temores habrá desatado? Las fotos lo mostraban como un muchacho cualquiera de los que crecen todos los días por millones en la tierra. ¿Qué cosas habrá pensado y dicho como para que alguien decidiera borrarlo de la vida?
        El rostro de esa madre cargaba la tristeza de todos esos años. Llorando y pidiendo perdón porque hoy estaba así, con la melancolía lacerándola, contó cómo su único deseo es hallar el lugar donde está enterrado el cuerpo del hijo para ir a llorarlo y hablarle. Dirigir sus palabras a un montículo de tierra y plantas, agua, bichos y olvido, en el que lo que fue un muchacho permanece de alguna manera: unos huesos renegridos, unos nutrientes ya disueltos, algo de trascendencia si uno es la madre y confía en las divinidades. ¿Quién hizo que el hijo de la mujer que hoy tomó el micrófono para hablarnos dejara de ser? ¿Quién desapareció al hijo de esta señora? Tantos pudieron hacerlo, tantos son capaces en Colombia de proceder así: la derecha, la izquierda, los brazos armados del Estado, los legales y los ilegales, los malos y los buenos. Tantos. Al lado de la madre vulnerada estaban sentados dos guerrilleros desmovilizados de las Farc, hombre y mujer. La mujer tomó la palabra y declaró que los miembros de su organización son víctimas de la guerra. Dijo otras tantas cosas, pero ninguna tan ofensiva como esta. No pidió perdón, no reconoció la extrema perversión de las acciones que ese grupo emprendió durante décadas contra la gente, ni mencionó los asesinatos, las desapariciones de personas como el hijo de la señora que hoy estaba tan triste. No. Se declaró víctima. Luego volvió a la mesa y siguió participando sin darse cuenta de que existe la vergüenza.
    Salí del auditorio y desde entonces tengo la impresión de que todo se está desvaneciendo melancólicamente en la nada, que por fin los humanos hemos llegado al punto de no retorno de nuestro cataclismo. Sin embargo, mientras todo se desmorona yo tengo la sensación –tal vez egoísta– de que puedo postergar otro poco el desastre, al menos para mí. A este fin solo requiero saber que esta noche te voy a abrazar, voy a oírte decir mi nombre y vas a declarar de múltiples formas lo mucho que me querés. Sigue siendo un día de un mes de un año en los que existo. Es 26 de febrero de 2020. En unas cuantas frentes –estoy en la Universidad, también esas frentes caben– veo la cruz de ceniza y sé que para algunos esa señal es símbolo de esperanza frente al desastre. Ellos verán. A mí me parece que la cruz de ceniza es un signo del propio desastre. Yo te tengo a vos. Sé que, a diferencia de aquella señora con su hijo, esta noche voy a saciar mi enorme deseo de abrazarte.

*

Ingresando por la portería peatonal de la calle Barranquilla hacia Barrientos, calma. Mientras me acerco a la plazoleta empiezan a picarme un tanto los ojos y la garganta. Al instante comprendo que es un leve remanente de los gases de ayer, los que el alcalde ordenó que el cuerpo más salvaje de la Policía arrojara contra los que estábamos adentro: algunos lanzaban piedras o papas incendiarias, otros gritaban arengas; la mayoría estábamos en actividades diversas, académicas incluso –nada que pusiera en peligro a nadie–. Hoy, por lo menos durante las próximas horas, hay calma en el campus.
        Camino. En un murito del bloque ubicado frente al costado sur de la biblioteca, dos muchachos –muchacho y muchacho– están queriéndose. Se estrujan juguetonamente, se abrazan y se sueltan, se acarician con fuerza y se besan. Es evidente que uno está más entusiasmado que el otro. Esta es una minucia que luego resolverán entre ellos, seguramente en presencia del dolor. Ahora son tan felices porque el uno, porque el otro, porque los dos. Nadie aparte de mí parece fijarse en ellos, menos aun en el detalle del desequilibrio en el entusiasmo. Quizás ojos furtivos como los míos, remanentes de otras épocas, también estén mirando, analizando, algunos hasta juzgando. Por lo pronto, a mí me alegra que también esto sea la Universidad y le digo al mundo que ojalá esta sensación de libertad no sea atropellada por quienes ostentan otras formas de pensamiento y tienen la fuerza para reprimir a los que están contentos. Celebro que la Universidad sea un espacio en el que uno pueda ser lo que siente que puede ser. Ser a la medida de sí mismo en contacto con los demás, creciendo, deteriorándose, afectándolos, nutriéndose.
        Me interno en el edificio y en los periódicos que me ayudan con mi investigación. Los muchachos seguirán amándose y luego irán a otros, amarán a otros, no amarán. Hoy es 27 de febrero del mismo año. El que fui está muy lejos del que soy, a pesar de que soy él. Hay gran distancia entre dos instantes del mismo sujeto. Tanta, que si él se mirara a sí mismo de un extremo a otro de esa distancia le sería difícil reconocerse, tal vez hasta se violentaría. Por eso tenemos la vida, para acostumbrarnos a ser nosotros en el incontable proceso del cambio.


 *

Cuando paso por esta zona me gusta extender la caminada hasta el campus y mirar la Universidad desde afuera. Lo más visible es el cordón de magníficos árboles que la rodea. Ha caído una lluvia vertical y todo está como estancado en un arrume de tiempo; después se han disuelto las nubes y ha regresado uno de esos soles que arden con sevicia. A veces, desde lejos, he visto carros parqueados en el interior, he visto luces encendidas por la noche, pero lo usual durante los últimos nueve meses es que la Universidad permanezca cerrada. Ha probado con éxito otras formas de mantenerse, pero siento que son indispensables la apertura de puertas y el poblamiento de sus espacios físicos por todos nosotros, sus habitantes, la manifestación física de que la Universidad es.
        No sabría qué adjetivos usar para describir la imagen del campus al otro lado de la malla. No quiero mencionar al virus, porque presiento que la mayor parte de la responsabilidad sobre el cierre del mundo no pesa sobre ese bichito. Autoridades de variada pelambre han estado tomando malas decisiones, movidas por intereses que no son los de la gente. Sé que es diciembre, que esta semana volverán los toques de queda y que el terror que nos produce el virus no se debe a su letalidad, sino a que no sabemos quiénes conformarán esa minoría de infectados que enfermarán y, más, morirán. Si supiéramos que no seremos nosotros ni los nuestros, que las víctimas estarán a prudente distancia, nos provocaría, si acaso, estupefacción. Pero no sabemos dónde caerán los muertos. Sabemos que podrían caer a nuestro lado. Que podríamos ser nosotros. Por eso el miedo.
            –Yo no tengo nada, yo tengo es sinó salú –farfulla el anciano que sobrevive contando con una pesa los kilos de la gente a mitad de una cuadra larga que lleva a la estación Hospital. Le habla a un colega, no a mí; yo lo ignoro con respeto. Muchas veces he pasado por aquí y ni una vez he visto que alguien se pese. Pero ahí sigue el anciano, vital, pareciera que incluso contento. En la esquina, una muchacha que vende dulces acaricia a un niño de no más de cinco años que se recuesta en su rodilla. ¿Qué hace ese niño en esta calle y con este sol? ¿Tuvo algo alguna vez el anciano de la pesa? Como ellos, hordas de desposeídos ocupan las calles aledañas a la Universidad. En realidad, ocurre por todas partes. ¡Todo lo hemos hecho tan mal! Tanto necesitaba nuestra gente la lucha de grupos como las Farc, y sin embargo ellos prefirieron traicionarnos y enfrascarse en una guerra por el saqueo con la oligarquía tradicional: no para desalojarla, sino para infiltrarla y ser parte de ella. Los líderes lo lograron. Me acuerdo de aquella desmovilizada y pienso que sí, al comienzo muchos de ellos fueron víctimas, pero se sumieron en la práctica de la barbarie con tal salvajismo y tal torpeza que a la larga todos fuimos sus víctimas.
        Recuerdo por mis notas a la señora del hijo desaparecido y a los muchachos que se estaban enamorando. Ella seguirá oscurecida por la melancolía, lo más seguro es que ellos ya se habrán alejado. Recuerdo también los gases y a los exguerrilleros cínicos. Recuerdo a la multitud informe que poblaba esos edificios, esos tiempos, esos espacios libres, mis ojos y mis oídos, a veces mi gusto y mi tacto, y que también olía. Recuerdo a toda esa gente que es la Universidad, esa infinitud de historias que confluían en el campus con la mía, y deseo con ardor volver a estar allí y entre ellos.
Dentro de unas horas será Navidad, cosa que no me importa. Quiero volver.

 


Eternidad de los gatos

A Florentino, en el primer día de su perenne ausencia     Los gatos navegan el tiempo como las madres antiguas                ...