lunes, abril 04, 2011

Cartagena y dos películas con niños

     Ese jueves me encontré en el acceso al centro de convenciones con varios personajes de la Universidad de Antioquia y del mundo cinematográfico de Medellín. A todos nos marcaba las facciones una suerte de expectativa; creo que casi todos esperábamos que las cosas salieran muy bien; que, sobre todo, la película estuviera muy bien.
     Hacía varios años que el Festival no se inauguraba con una película de nuestra ciudad. Estábamos emocionados. Además teníamos ese aspecto grave de los que no saben si van a lograr estar en el escenario y con las luces dispuestas a favor de cada quien: el chorro del proyector para los que ansiábamos ver la película; los de las cámaras de televisión o el seguidor del auditorio para los más faranduleros. Varios esperaban a “Carlos”. ¿Cuál Carlos?, le pregunté a un vampiro que me preguntó si lo había visto. Respondió: “Carlos César Arbeláez”. “No, no lo he visto”, respondí. Yo esperaba a una tal Jimena, encargada en la organización del Festival de entregarnos las escarapelas a los que, culpa de Aires y demás tiranos del cielo, no habíamos llegado a tiempo para reclamar las acreditaciones en horario de oficina. La chica no aparecía. Los funcionarios a los que recurríamos decían haberla visto dando vueltas por allí y esperar su llegada en cualquier instante. Pero no llegaba. Lo peor era que ya en la taquilla no quedaban boletas para la inauguración: Cartagena 2011 iba a abrir con Presidente de la República a bordo.
     Álvaro Uribe Vélez jamás vino al Festival. El cine le era tan indiferente como todo aquello que no fuera un motivo para la guerra. Escasamente enviaba mensajes destinados al catálogo, compuestos por funcionarios anodinos que lo mismo escribían sobre ferias de pueblo y desfiles de modas. En su primer febrero como Presidente, Uribe “escribió” entusiastas parabienes, entre los que se incluía la profecía de que Cartagena iba a ser alguna vez el evento cinematográfico más importante del continente. Resulta un tanto irónico el que durante sus dos mandatos el Festival si acaso no desapareciera y que nada más irse el guerrero y desmovilizador de falsos paramilitares, algo ocurriera en los cielos y muchos astros confluyeran para que aquí las cosas empezaran a salir bien. En la edición de 2011, por primera vez en décadas, Cartagena parecía un festival importante. Incluso venía a inaugurarlo el nuevo Presidente de la República, Juan Manuel Santos*. Y esta era la razón por la cual la burguesía local se había volcado a comprar todas las entradas: suele ocurrir que las inauguraciones cuando hay Presidente y las clausuras porque se entregan premios y está la farándula, se llenan de señoras costeñas que impiden la entrada de la gente interesada en el cine y abandonan en masa el auditorio no más acabarse la ceremonia, insatisfechas siempre porque en estos eventos no hay estrellas ni garbo. 
     —¿Sabés si ya llegó Carlos César? —me preguntó una colega de la Universidad, Patricia Nieto, a la que admiro mucho. Creo que ella estudió con el director. Yo también lo hice. Durante algunos semestres de la carrera me crucé con él en materias. Creo. O no estoy seguro, el caso es que lo vi en la universidad cuando ambos soñábamos con el cine: él iba a deslumbrarnos algún día con una obra muy bella, yo iba a ser siempre un espectador simple, riguroso y compulsivo, de esos que ven hasta las películas de Dago García y Harold Trompetero y no se salen de la sala ni siquiera cuando los ofenden con adefesios como La otra familia. Las palabras que durante todo este tiempo he hablado con Carlos César no suman cien, y eso que por lo menos dos veces cada año nos encontramos, primero en Cartagena y luego en Santa Fe de Antioquia, los festivales que ambos frecuentamos, y en cada cruce hay algún saludo. Año a año hemos visto a Carlos César luchar por su película, tenerla a punto, enfrentar obstáculos, postergarla, no rendirse, hasta que de pronto las cosas se dieron y empezamos a saber que Los colores de la montaña se iba a filmar por fin, y que se había filmado en un área rural del suroeste de nuestro departamento, y que la posproducción marchaba con agilidad, y que empezaban a darse los premios, y que iba a abrir Cartagena. En diciembre, en Santa Fe de Antioquia, cruzamos la mitad de esas cien palabras. Por primera vez me permití una cercanía y le expresé lo muy contentos que estábamos todos de que su película se hubiera enrutado por el sendero de los festivales, los premios, los buenos augurios. Digo ‘todos’ para referirme, sin que nadie me nombrara su vocero, a nuestra generación entera. Por eso tantos de nosotros estábamos esa tarde en Cartagena.
     —No, no ha llegado Carlos César —le respondí a Patricia. Fuera del centro de convenciones no quedaba sino un grupo de periodistas no acreditados que rogaban se les permitiera entrar, con la promesa de que iban a grabar las palabras de Santos y abandonar el recinto al instante. Pensé lo que sé de ellos: el trabajo lo harían sus grabadoras. Ellos irían luego a sus emisoras, editarían de carrera y contarían al mundo entero que el presidente de Colombia prometía esto y aquello para el cine y que la Primera Dama venía a inaugurar tal obra para las familias afectadas por el invierno de principios de año. No les costaría cumplir la promesa de retirarse tras el discurso. La mayoría de los periodistas no tiene interés alguno por el cine ni por nada que no signifique estar cerca de un personaje con poder. Miré al cielo, pero no para rogar a Dios que en el futuro nos envíe mejores sujetos para ejercer el noble oficio del periodismo, sino para mirar el helicóptero presidencial que cual ángel extraviado daba vueltas sobre el barrio de Getsemaní. 
     Mi llegada tarde estaba consumada y Jimena no aparecía. No quería agregar un problema a Carlos César cuando llegara y tuviera que tramitar la entrada de sus amigos, así que me fui no para la playa, que increíblemente en la ciudad más turística del país, y una de las más celebradas de todo el Caribe, permanece cerrada en las noches. Después de las siete el que se aventure por allí se expone a ser extorsionado por algún policía. Me fui a conocer a mi primo Álex Botero, que está viviendo en Cartagena y era, de mis 37 primos, el único con el que jamás había cruzado una palabra. Pero, como diría Michael Ende, esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.
     Los colores de la montaña estaba programada dos veces más en el Festival, pero decidí no verla allí. Total, en quince días sería su estreno comercial y esas dos funciones me servirían para ocuparme de títulos que luego no llegarían a Medellín. Además me gustaba la idea de verla en función comercial, pagar boleta y sumarle al consolidado de espectadores. No fue así, sin embargo. Acabé viéndola en el Centro Colombo Americano, con el director, los niños protagonistas y los periodistas de mi ciudad, y no pagué boleta para entrar, aunque sí puedo decir que le he aportado cuando menos diez espectadores y espero aportarle otros tantos con la escritura de este post. Hay que ver esta película. Hay que verla por el motivo mayor de que es una hermosa obra del arte cinematográfico, pero también porque es una inteligente y sensible reflexión sobre lo que les hace el conflicto que vivimos en Colombia a los habitantes más desprotegidos.
     Primero un sistema corroído en sus bases morales, que arrincona y excluye, un Estado que no cumple sus deberes; segundo unos grupos guerrilleros que en algún momento de hace demasiados siglos intentaron luchar contra el deplorable estado de las cosas y acabaron convertidos en máquinas de masacrar inocentes; y tercero unos grupos paramilitares, autodefensas o como quieran llamarlos quienes los protegen y fortalecen desde las más altas instancias del poder. Todos ellos se merecen unos a otros: el Estado merece a la guerrilla, la guerrilla merece a los paramilitares, los paramilitares merecen a la guerrilla que les teme y al Estado que dice combatirlos. El único que no merece a ninguno, y que los padece a todos, es el pobre pueblo de este país. Esos señores que resisten en sus parcelas mientras son acosados para que se plieguen a una guerra en la que no quieren participar. Esos niños que tarde o temprano tendrán que desplazarse, desarraigarse, perder a sus amigos. Y aquí viene el que el director sostiene es el tema principal de su película: la amistad. La pérdida de los amigos y la pérdida de la inocencia a una edad en que todavía esos niños deberían estar jugando en el campo, dibujando murales en su escuela, poniéndoles nombres a los terneritos recién nacidos y acaso considerando la idea de enamorarse por primera vez. Todo esto es lo que nos muestran tan hermosamente, tan trágicamente, en Los colores de la montaña, y no sobra reiterar que lo hacen en un estupendo producto cinematográfico.
    Habría que destacar el trabajo con los pequeños protagonistas. Los niños son un peligro mortal para los realizadores de cine, especialmente los latinoamericanos, quienes casi nunca saben cómo manejarlos. O los muestran tarados, como en La otra familia, o en casos remotamente similares al de Los colores, verbigracia Voces inocentes de Luis Mandoki (México, 2004),  los convierten en recitadores de discursos que nadie se cree. En la película de Carlos César Arbeláez se nota un trabajo pulcro, desde el casting y el posterior entrenamiento, que él cuenta fue exhaustivo, hasta la puesta en escena de un guion, más que escrito, pensado para que los personajes pudieran ser ellos. Esto es, que pudieran ser a la vez niños colombianos del campo y personajes de una película. Porque no se debe olvidar que, aunque trate de parecerlo, el cine no es la realidad, y los personajes tienen el difícil compromiso de parecer reales sin dejar de ser entidades de una forma de representación artística que pretende mostrarnos los más recónditos pliegues del alma humana.  
     Todo lo contrario ocurre con la otra película latinoamericana de temática infantil presente en Cartagena y que, al igual que la de Carlos César, llegó poco después a cartelera. Hablo de la aquí varias veces mencionada La otra familia del mexicano Gustavo Loza. En ésta, el conflicto social que afecta al pequeño protagonista es de un carácter muy diferente al de la colombiana, si bien, desde luego, ese tipo de conflicto también se presenta en nuestro país y de hecho tiene en la actualidad una vigencia tremenda. Se trata del maltrato a los niños, en primera instancia, y como resultado de ello la posibilidad de que un niño sea adoptado por una pareja de homosexuales.
     Un tema importantísimo. Nada menos, en Colombia estamos a la espera de que la Corte Constitucional se pronuncie sobre la viabilidad legal de que esto suceda. En este sentido podría uno pensar que la película de Loza viene en el momento más oportuno a hacer un aporte significativo a la discusión sobre el tema. Yo diría que no. Para comenzar, porque si bien el mensaje que nos transmiten es que en determinada circunstancia el hogar conformado por dos homosexuales puede ser la mejor opción para la educación de un niño (esto es cierto, y es maravilloso que la película así lo postule), también es cierto que aquí nos proponen un modelo de familia homosexual que en realidad es paradigmática de algunos de los peores defectos del mundo lgtb: la exclusión de los pobres y los feos basada en el éxito económico, en la belleza y en la alcurnia social de los privilegiados. Pero, bueno, ni siquiera en esta trampa conceptual es donde radica el peor defecto de La otra familia.
Si en la película de Carlos César Arbeláez puede uno entusiasmarse con el manejo que se da a los asuntos de los niños protagonistas y por el tratamiento digno que se les ofrece como personajes, en la de Gustavo Loza ocurre lo opuesto. Hendrix, el niño de siete años en torno al cual se desarrolla el drama, no es, ni parece ser, un niño de carne y hueso. Bien mirada su trama, La otra familia no hace sino repetir el esquema predominante no en el cine sino en la industria de la telenovela mexicana: unos personajes de gran pobreza intelectual que se desuellan unos a otros por la paternidad de un niño al que nadie respeta, y que para seducir a los espectadores más incautos es convertido en un muñequito de felpa. Hendrix no es tierno; es estúpido. Para colmo, cuando la proyección terminó en el centro de convenciones y salieron los del equipo de producción a contar detalles de su película, y el director reveló que el pequeño actor era en la vida real su propio hijo, el público, por incauto emocionado hasta el tuétano, se levantó a aplaudir y vitorear. Emociones fáciles, demasiado fáciles, son las que provoca La otra familia. Y mucha rabia cuando lo que uno espera es que le cuenten bien, con dignidad, una buena historia.   
    Hay que ver Los colores de la montaña. También hay que ver La otra familia. Para, con la primera, emocionarnos. Con la segunda, indignarnos. Con ambas, reflexionar.

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*Este señor me desconcierta bastante. No entiendo cómo se las arregló para actuar durante toda su vida pública como un personaje contrario a cualquier manual de ética y sin embargo lucir —hasta ahora— como un gobernante extrañamente acertado. No sé. No quiero que me deje de caer mal, pues la experiencia me indica que nadie que se alimente del poder cambia para bien. Pero ha logrado un efecto que hasta las elecciones me parecía inconcebible: casi me simpatiza, casi creo que, incluso desde su perspectiva de plutócrata, tiene buenas intenciones. Casi. Efectos de la propaganda, pues.  

jueves, marzo 17, 2011

Heridas de la crucifixión


   Estaba conversando con R sobre las posibilidades del blog. Yo quería ponerle de nombre una palabra bellísima que me enseñaron el año pasado en Barranquilla: Garnatá. La Garnatá.
    —A ver: y ese nombre qué le dice a cualquiera —me confrontó R, siempre tan dado a cuestionarme como si supiera más que yo.
    Lo que yo quería era expresar la definitiva insatisfacción que me producen el mundo y las gentes que lo habitan, las ganas que desde niño mantengo de reconvenir con crudeza a este mundo y a estas gentes. Garnatá es un término de los bajos fondos barranquilleros que significa algo así como una trompada muy fuerte. O, como me explicó mi amigo Danny González, profesor de Artes en la Universidad del Atlántico, garnatá es una “cachetitrompada en reversa”. Ilustró la definición con los bofetones que le pegaba Leonela al tipo ese que la violó y luego la conquistó en la telenovela venezolana tan divertida, la de “aquella noche un vagabundo…”: fuerte y contundente golpe con mano bien abierta y dedos firmes, propinado primero en dirección izquierda-derecha y de inmediato en dirección derecha-izquierda, de manera que el ofensor se convierta en el acto en castigado. Al parecer, en Barranquilla el asunto incluye además la trompada. ¿Cómo lo hacen? Ni idea, con esas cosas de los costeños que yo no logro entender. En esos mismos días estuve a punto de presenciar un ejemplo vivo de cachetitrompada en reversa, cuando una noche en pleno Parque Cultural del Caribe (esa mentira arquitectónica que les han metido a los pobres curramberos) un vendedor de confites amenazó a alguien que lo molestaba: “¡Te vaj a ganá una garnatá!”. Fijé la mirada en el vendedor y su potencial ajusticiado, pero al parecer una amenaza temible es inmanente al término garnatá, de manera que nadie quiere ganarse una y el molestón se retiró en acobardado silencio.
    —Una garnatá es lo que yo le quiero dar todos los días a este mundo —le respondí a R, pero no lo convencí.
    —¿Pero de qué vas a hablar vos en el blog? —insistió. Me hizo dudar.
    Maldito R. Hemos trabajado juntos durante dos años y ha llegado a ganarse mi sincero afecto a pesar de que nunca aceptó que se diera entre nosotros la relación maestro-discípulo que debía darse por lógica. No. Él desde cuando tomó confianza en el trabajo adoptó como actitud el mostrarme que sabía más que yo, o por lo menos que yo no tenía nada para enseñarle. Aparte de esto, es un sujeto de veras brillante y, sobre todo, dueño de una hermosa alma y novio de P, una mujercita inteligente que yo adoro. Así que la discusión con R no se da en el nivel maestro-discípulo, por mucho que mi experiencia en el negocio de la comunicación cultural sea unos quince años más amplia que la suya. A veces es lo opuesto: es él quien pretende enseñarme cómo se hacen las comunicaciones de una entidad dedicada al campo de la cultura. Especialmente cuando me toca agachar la cabeza y pedirle auxilio en asuntos relacionados con los computadores.
    A ver, R, pequeño saltamontes: yo quiero hablar de todas las cosas que me interesan y me duelen, y de las que me producen gozo también. Quiero hincarle el diente al cine, que es de los múltiples haceres de los hombres el que más me emociona y el único al que soy capaz de otorgarle días enteros de mi atención (muchas veces lo he definido como una de las escasas maneras de la felicidad). Quiero hablar de la literatura, esa nave espacial en la que huí del planeta cuando tenía ocho años. Quiero hablar del amor, maldito amor que siempre acaba haciéndome tan infeliz —tan feliz en la infelicidad—. Quiero hablar de la política y los políticos tan chambones. Quiero hablar de los periodistas, mis colegas, casi todos tan deplorables cultores del oficio más hermoso del mundo.
    —Veo, veo —intervine al oírme dar todas estas explicaciones—. Como quien dice, querés valerte de la gratuidad de internet para hacer en un blog la columna que creés debieron ofrecerte en algún periódico y que ningún periódico te dio porque nadie te presta atención.
     —Oigan pues a este —repliqué, ofendido. Tan duro me han dado los amigos (tantas garnatás verbales me he ganado de ellos), que el único al que en la actualidad soy capaz de hablarle con sorna es a mí mismo—. ¿Quién te dijo a vos que un blog puede equipararse a una columna?
    Bueno, de alguna manera un blog, o cualquier espacio en la web, es de hecho más promisorio que una columna en un periódico. Aquí no hay límites (mmm…) y además se le puede llegar a cualquier lector en cualquier parte y cuando sea. El lío, desde luego, es que hay tantos blogs y tan pocos lectores de blogs, todos quieren escribir blogs pero no leerlos, que por muy infinita que sea la red la posibilidad de afectar con tus decires alguna sensibilidad es tristemente escasa. El otro problema es que nadie ha definido aún qué es esto. Ni siquiera figura en los manuales de periodismo, ni siquiera en los de etiqueta para la posmodernidad. Nadie sabe con propiedad qué es un blog ni cuáles son los asuntos que en él pueden abordarse. ¿Acaso se trata de un rodeo por las periferias del ensayo, sin el compromiso de trabajar con la necesaria hondura intelectual del mismo? No creo. No me parece que deba tratarse con ligereza un espacio en el que tantas personas pueden echarse a beber de tus palabras.
    —¿Acaso será tu croniquero sentimental? —traté de ayudarme. Pues sé que siempre acabaré en el marasmo de los sentimientos (una y otra vez no dejo de ser más que un despechado al que mil veces traicionan con inclemente vileza).
    —Sí, sí, sí. Ya ves que tenés algo de razón —acepté, mirándome a los ojos—. En últimas nada me interesa decir en el mundo, fuera del dolor de los amores. Pero aquí seré un poco más generoso con el mundo; le hablaré del dolor de TODOS mis amores: el que me producen los hombres, terribles criaturas a las que he amado con un amor que siempre está triste [la frasecita es de Jean Genet, pero bien que me define]; el que me producen el cine y sus críticos, la literatura y sus falsos cultores, el país que habito, el mundo a cuya destrucción contribuyo. Quiero dar dentelladas y zarpazos, quiero que la sangre que derraman mis heridas sea corrosiva, y quiero fallecer en mi lucha.
    R terció en la esquizofrénica conversación que había venido a presenciar, y seguro lo hizo con la intención de evitar el extravagante espectáculo de verme golpearme a mí mismo:
    —Oíste, ¿vos por qué dejaste de escribir crítica?
    Semejante oportunidad me daba este de expresar una rabiecita que ya va siendo vieja. No respondí que nunca he dejado de escribir crítica. Respondí:
    —Para no tener que vérmelas con editores frígidos o ignorantes, o con los que son peores: frígidos e ignorantes.
    —¿Lo son todos?
    —Desde luego que no. Pero así como no les dirijo la palabra a los que no respeto, los pocos a los que respeto no me la dirigen a mí.
    Además, la crítica ha mutado en oficio de intelectualitos fáciles. Todo el que ve películas una vez cada varios días se siente autorizado para publicar elucubraciones conceptuales. Yo hasta conozco críticos con nombre de cierto peso que ni siquiera ven las películas enteras, o que escasamente ven una vez una película y con ese mínimo esfuerzo consideran que tienen el derecho de hablar. En lo que a mí respecta, jamás me sentiría cómodo escribiendo sobre una película que no haya visto cuando menos dos veces: la primera para el disfrute y el sentimiento, la segunda para el análisis.
    —¿Quiénes te gustaría que te dirigieran la palabra, por ejemplo?
    —Los de El Amante, la revista de Buenos Aires. Yo quería escribir con esa herida en el alma.
    —O sea —volvió el pequeño saltamontes de inicial R—: en tu concepto, para hacer crítica hay que estar heridos de muerte. ¿Eso no convierte el asunto en una especie de inútil venganza?
    —Si leyeras El Amante en sus buenos tiempos, que no son los actuales, verías que no es ninguna especie de venganza. ¿De qué o de quién? Cuando hablo de almas heridas para hacer crítica, me refiero a descreer, a mirar con escepticismo, a no ser amigo de los realizadores y por consiguiente guardar la indispensable distancia. Pero, sobre todo, a escribir con el ardor de quien está en proceso de curarse. En una revista así, yo quiero escribir.
    Nos tomamos un silencio de cerveza. Caí en la cuenta de que al hablar sobre los críticos me adentraba en terreno minado, pues algunos de mis mejores amigos son figuras descollantes del oficio y no estaría bien referirme a su labor: tendría que mentir o herirlos.
    —Yo creo que me va a tocar callar, pues los pocos críticos que más o menos (más o menos) merecen el calificativo de tales en este país son amigos míos, así que carezco de la independencia que se necesitaría para hablar de ellos. Además, el único cuyo criterio me genera verdadero entusiasmo ha venido en los últimos tiempos a tener demasiada conciencia de que es una vedette y ha empezado a actuar como tal: así no se puede, se echan las ideas de uno a perder por la pose.
    Oyéndome hablar, no fui capaz de abstenerme de dar la última dentelladita:
    —Sacando del bulto a los amigos míos, los críticos nuestros en general son frígidos: el cine es arte y se atreven a hablar sobre él como de un producto cualquiera, sin intervención de las emociones, con un sentido mezquino del razonamiento y con una prosa cansada. No se puede, mano. Nunca caen en cuenta de que la crítica es además un género literario y por consiguiente en ella la palabra tiene que ser vital.
    —Les falta la herida —concluyó R. En esas palabras quedaban perfectamente definidos, así que no dije más.

    La conversación prosiguió en otros ámbitos. Desembocamos, cómo no, en el asunto de los amores y el dolor. R era muy feliz —creo que sigue siéndolo— gracias a la existencia de P en su vida. P es el tipo de mujer que yo me levantaría si quisiera estar en asuntos con las mujeres: linda hasta cierto punto, inteligente, incisiva, descontenta, sensible, etcétera. De tal manera que R no podía entender en ese momento por qué yo hablaba del amor/dolor como un mismo hecho… Bueno, pensándomelo mejor, tampoco ha de ser cierto eso de que no pudiera entenderme: acabo de recordar que incluso en los momentos más felices del amor (esos por los cuales vale la pena estar vivos durante ochenta años en esta humanidad más bien asquerosita) uno está atravesado por el tormento de las dudas.
     Bueno, y yo creo que definitivamente a la hora de expresar el incendio que el amor nos provoca en el alma, a un tiempo tan excelso y tan cursi (una condición sin la otra desbalancea la ecuación: excelso sin cursi nos inclina al cinismo, cursi sin excelso nos derrumba en el patetismo), no hay nada de tan rotunda virtud como la letra de un buen bolero o de cualquier buen título de la canción de despecho. ¿Hay algo más efectivo, poema más poderoso, para indicar el celo con que pretendemos al otro, que esa canción que empieza “para que sepan todos a quién tú perteneces, te marcaré la frente con sangre de mis venas. Para que te respeten aun con la mirada”?
    —Mirá, definitivamente para expresar el dolor de los amores no hay recurso más efectivo que el melodrama.
    —Claro que sí. El melodrama es la única manera de decirlo: porque en este dolor no nos queda otra opción que gritar.
    —Lo que pasa es que hay que cualificar el melodrama, ¿no?
    —¡Pero por supuesto! Es lo que hace Almodóvar en el cine. Lo que ya hace cuatro siglos había hecho Shakespeare en la tragedia.
    —Y hasta don Quijote, ¿no? ¿Puede haber algo más melodramático que inventarse a la heroína, nada más que para cumplir la enamorada condición de la caballería andante? ¿Hay algo más cursi, más bellamente cursi, que los suspiros de don Quijote inventándose a Dulcinea a partir de la burda Aldonza, recostado bajo un arbolito en alguna pradera de La Mancha? ¿Denominarse a sí mismo el llagado de amor?
    El romance terminó en la literatura de nuestra época, por lo que para hallarlo, para encontrar la tragedia del dolor que nos infligen los amores, tenemos que ir al cancionero romántico. Aunque, por supuesto, no a todo él. Digamos el mejor bolero y lo mejor de los ritmos que le son afines. Digamos que esa magnífica confluencia de música y palabras que es la canción en su mejor momento.
    A todas estas, y no por casualidad, sonaba en el computador la Chavela, Chavela Vargas, esa vieja que lo hace desear a uno estar hondamente despechado nada más que para azogarse con el veneno de su voz vetusta. Había estado canturreando todo el tiempo que duraba mi conversación conmigo y con R y por eso yo andaba tan sensible, pero faltaba el estímulo definitivo para hacerme comprender de qué iba mi asunto con el blog. Entonces empezó esa guitarrita escueta que antecede la más bella de sus interpretaciones: la que hizo de A prisión perpetua, de Cuco Sánchez, en aquel concierto de Madrid en 1993. Yo tengo la grabación, me la obsequió la otra P de mi vida, Patricia, Lidita, Lida Patricia amor mío, Lidita del Corazón. Empieza esa voz hermosamente cascada y todavía capaz de todos los matices y toda la sorna: Como el tiempo pasa, envejeciendo todo. Como el sol acaba por secar las plantas. Como el viento en forma de huracán destruye: así tú acabaste con todita mi alma… No la acompañan sino unas cuerdas, discretas, es toda la música que se necesita porque la fuerza de la canción está en la letra y en la voz de Chavela llagada de amor.
     —¡Esto es lo que yo quiero! —le grité a R. Volé a servir unos rones. Ya no íbamos a parar hasta que estuviéramos rodando por el suelo, convulsionando de despecho. Recordé el pasaje de mi novela Mártires del deseo en que los protagonistas, derrotados al fin por las garnatás que Amor les propinaba durante trescientas páginas, se refugian en el infierno de los enamorados y armados de licor y Chavela se disponen a dar rienda suelta al dolor. Como en la novela Nicolás y David, nos estuvimos en silencio y la anciana despechada se adueñó del ámbito, para definirnos de pronto con la más contundente de las pinturas:

C
o
m
o

a s í   e r a                   m i   a l m a

f
i
e
r
a

h
e
r
i
d
a

Pero tú llegaste
y ante ti soy nada

Y por eso este blog se llama así. Como fiera herida. Y para que se tenga conciencia de que no es el título de un melodrama, este es el eslogan: “La vida con sentido crítico”.



Eternidad de los gatos

A Florentino, en el primer día de su perenne ausencia     Los gatos navegan el tiempo como las madres antiguas                ...