
Empatábamos en el
torneo iniciado unas horas antes. Habíamos parado para tomar algo y bromear.
Hay que bromear y abrazarse siempre en medio de los duelos, para que estos no
se vuelvan preludios a la enemistad. Fuimos al balcón, a la sala; no recuerdo
qué tomamos, pero lo que haya sido lo rematé con una cucharada del mortalmente
delicioso arequipe que D me trajo hace cuatro días. Fermina estaba tras
nosotros, toda perdonadora después de que en un momento tenso de la primera
partida yo la sacara con brusquedad de la habitación porque dos veces saltó
sobre el tablero y arrojó en derredor varias fichas de D. En ambas ocasiones,
menos mal, logramos reconstruir las posiciones. D iba a perder en una veintena
de jugadas, pero tiene claro que en su presencia tiendo a la desconcentración y
seguía luchando, con la pérfida idea de dar vuelta a las circunstancias y
acabar arrinconándome con su reina y alguno de sus alfiles. Yo iba a ganar esa
partida, pero perdería las dos siguientes. Éramos verdaderos contrincantes en
el juego: nos gusta imaginar los dos ejércitos enfrentados, los soldados, los
oficiales, las cabezas máximas de cada bando, y las angustias, los arrestos de
gloria de los sujetos que a través de las fichas están representados en esta
prodigiosa metáfora de la humanidad que se inventó a lo largo de muchos siglos
en los países del Oriente. Nos gusta pensar que en nuestros enfrentamientos
están implícitos el largo tiempo de las guerras, la sangre y el dolor de los
combatientes, el ansia, la patria, las pasiones que se dan entre los guerreros,
todos esos elementos de los que se componen las epopeyas. Sus historias. Por
eso me exasperó la intrusión de Fermina y fui brusco al retirarla: no era un
juego lo que podía dañar pasando por encima del tablero, sino la auténtica
guerra entre dos imperios abandonados por sus dioses en algún vericueto de la
eternidad. Ahora, arrepentido, la estaba mimando en la sala.
Estuvimos listos
después de un rato largo en el cual charlamos –con D siempre hay motivos para
charlar–, nos reabastecimos de comida y vino, en fin. Yo imaginaba que mientras
tanto los dos ejércitos se preparaban, expectantes, en el tablero. Pensé en los
largos tiempos, los muertos tiempos de la espera, en que a los guerreros los corroe
la ansiedad antes de iniciar cada batalla. Para nosotros, una hora; para los
hombres y las bestias resumidos desde hace doce siglos en el ajedrez, esos
guerreros de los mil imperios, largas horas de tiempo muerto antes de la
acción. Llevo días pensando en una película que narre esto: una partida, entre
los jugadores cierto juego de pasiones, y la narración en dos niveles: el de
los jugadores al mover cada ficha, esperar, jugar (la tensión que los une pero
amenaza con un estallido), y el de las hordas de hombres, mujeres y bestias que
para el espectador se revelan al tocar un jugador cada ficha: el maharajá que
preside un consejo de generales cuando el ejército enemigo lo pone en peligro
al ser movida, por el respectivo jugador, la reina blanca hacia la posición de
jaque. El maharajá tendrá forzosamente que estar enamorado de la dama que lo
amenaza, pero también forzosamente tendrá que ponerla en peligro cuando sus
elefantes se interpongan en el camino de la dama al mover el respectivo jugador la
torre negra a la posición en que se bloquea el jaque.
En eso iba pensando. Un
paso mío hacia el tablero debía equivaler a la espesa caída de la noche en una
selva india donde los guerreros de un maharajá se convencían de que su señor
merecía la vida que iban a dar por él y alguno de ellos, un hombrecito que
moriría primero –ah, anodino peón del rey que al avanzar daba salida a un alfil
y a su reina–, escribía un poema para la posteridad. ¿Qué bella aldeana amaría
a ese soldadito que estaba al borde de la inmolación? Me encaminé al cuarto,
donde habíamos dejado listo el tablero. Entré y lo vi. Florentino, el
circunspecto, gran señor de las huestes gatunas que solía pasar por donde
jugábamos sin darse al menos por enterado de nuestras epopeyas, había decidido en
nuestra ausencia tomarse el campo de batalla. Aguardaba como un ídolo sentado
en el tablero, en medio de los dos ejércitos, admirado por ellos como por mí:
soberbio, realzado en llamas por la luz de la lámpara, imagino el terror
colectivo que provocaría en el ejército negro contra el cual parecía dispuesto
a enfrentarse en calidad de magnífico peón.
Llamé a D para que
viera esto. Sacó su celular y le tomó una foto antes de que él, desdeñoso,
abandonara en silencio el escenario. Quería jugar, pero no con nosotros. D encerró
un peón de cada color en sus manos y las extendió para que yo escogiera una y
el azar decidiera con cuáles fichas jugaría cada quien. Fermina volvió al rato
y pasó por encima del tablero sin tumbar una sola pieza. Después, cuando todo
había terminado entre nosotros y los guerreros, cuando la partida y la película
estaban concluidas, se recostó con delicada imponencia sobre el tablero, en el
que unos pocos combatientes de cada lado, más de los negros, los
supervivientes, celebraban unos la victoria y sopesaban otros el futuro, quizá
analizaban la posibilidad de la insurrección. En G1, el rey blanco aprisionado.
En G2, custodiada desde C6 por su último alfil, la reina negra miraba con ojos
de triunfo el trono conquistado: si el maharajá su señor estaba enamorado de la
dama blanca, ella les había hecho a todos la afrenta definitiva de subyugar al
maharajá blanco. Era ella, la estratega de alma imponente y oscura, la no
amada, quien había tomado a la bobalicona blanca, y era esta quien en vez de beber
almíbares en los brazos del maharajá negro esperaba en una torre fría,
desterrada de los escaques, la redención de otra partida, otra historia con
otros combatientes y otros gatos a los que admirar como a dioses.
