Alejandro González
Ochoa nunca me perdonará el hecho de que cuando fue mi alumno en el curso de
Literatura y Periodismo Colombianos en la Universidad de Antioquia no le
permití trabajar como tema para ensayo y exposición a Rafael Chaparro Madiedo y
su novela Opio en las nubes. Jamás ha
aceptado mi justificación de que la idea de aquel trabajo era explorar la obra
periodística de un escritor, y como por entonces poco sabíamos de la faceta de
Chaparro como cronista, le pedí que eligiera otro personaje para su trabajo
académico. Alejandro no desaprovecha la oportunidad para reconvenirme,
cariñosamente desde luego, por lo que sigue considerando un error de criterio
de mi parte, y sé que tiene planeado hacerlo hasta el final de los tiempos. La
terquedad es una de sus marcas.
Una de las primeras
cosas que pensé sobre él cuando empecé a recibir sus escritos de clase, fue que
alguien que llevara los apellidos del brujo de Otraparte, González Ochoa, y
estudiara cualquier oficio relacionado con la literatura, no tenía más opción
que escribir bien. No hace falta hacer hincapié en el carácter literario del
periodismo; tal vez haga falta, en cambio, aclarar que la coincidencia de
apellidos entre Alejandro y el maestro Fernando es producto apenas del azar: el
talento de la palabra le viene a nuestro personaje por rutas del ADN que no se han
detenido en Envigado. Circunstancia feliz, Alejandro pronto me demostró que
estaba a la altura de semejante obligación, a pesar de su prosa entonces
signada por los tropiezos propios de la edad. Tuve sin embargo que desplegar
una intensa campaña de convencimiento para hacerle creer a él mismo que su
escritura bien valía la pena de tenerse en cuenta. Alejo merecía ser leído, lo
cual ya es mucho decir en un miembro de una generación más cercana a la imagen
y a la que la palabra escrita suele mortificar. Esto es lo único de lo que me
envanezco un poco como profesor: cuando él mismo no creía en sus habilidades
para la escritura, yo le insistí en la valía de las mismas, no hasta
convencerlo pero sí hasta ganármelo como una especie de ahijado en las
palabras.
Supongo que estas son
las razones por las cuales más adelante me pidió que fuera el asesor de su
trabajo de grado. Primero, porque yo le creía. Y, segundo, como una forma de
venganza por aquel error de criterio de nuestro encuentro en el curso. Pues
Alejandro escogió como objeto de su trabajo de grado nada menos que la
elaboración de un perfil de Rafael Chaparro Madiedo.
Aquí vale una
confesión. Yo había leído Opio en las
nubes sin gran sobresalto. Me parecía una novelita simpática, pero más
apropiada para emocionar adolescentes que para ser tenida en cuenta. La
petición de Alejandro de que fuera su asesor de trabajo de grado me obligó a
atender su despliegue de razones para adorar dicha novela, que él había descubierto
con su corazón de melómano en el calor terrible de Puerto Berrío mientras
prestaba el servicio militar. En seguida consideré que se me convertía en una
obligación volver sobre la novela y tratar de mirarla a través del filtro que
me proponía mi estudiante. Opio en las
nubes me premió entonces con la revelación de algunos de sus misterios no apercibidos
en mi primera lectura. No me produjo demasiadas emociones, pues llegué a ella
en una edad para la cual no estaba escrita, pero en cambio me demostró que, en
efecto, y a pesar de sus posibles debilidades, era uno de los títulos
importantes de la literatura colombiana de las últimas décadas. Un poco en la
tradición de Que viva la música de San
Andresito Caicedo. No estoy seguro de que, de no haber sido arrastrados tan
pronto al mar de las tinieblas, Caicedo y Chaparro estuvieran cómodos con esta
comparación, aunque al buscar a cualquiera de ellos en Google o en Youtube
pronto tropezará uno con el otro. Quizá sea más justo reconocer que al decir
esto soy un gato con nombre de tomate o un tomate rosa al que le gustan los
gatos, no sé bien, trip trip trip, Amarilla hace frío, y entregar a Opio el blasón que le corresponde como
obra primordial de nuestra reciente literatura. Una que marcó una ruptura, un
cambio en los esquemas: una novela que fue más una canción de rock que se
tocaba en una ambulancia con whisky. Y todo esto a pesar de no poderse
desprender de su carácter de novela de artista adolescente. No es vano que se
le suela incluir en el canon de fin de siglo XX en Colombia.
Al emprender su
trabajo, Alejandro hizo precisamente lo que debe hacer un estudioso serio:
obsesionarse con su autor, a tal punto que en más de una ocasión hube de pedirle
que por una vez cambiáramos de tema, indicarle que Chaparro y su obra me
resultaban interesantes pero que también era posible interesarse por otros
asuntos de menor hondura intelectual y mucho más cercanos a la amistad, y todo
ello a pesar de que en cada oportunidad cerré los ojos y de pronto me sentí
como un árbol atravesado por cuchillos blancos. Uno al que le daban de
puñaladas en pleno centro del alma.
Alejandro estaba tan
bien encaminado en su trabajo, que tardó apenas un semestre en llevarlo a cabo.
Los que han tenido que vérselas con un verdadero trabajo de grado saben que
esto es casi un récord olímpico. El resultado fue un reportaje-perfil de Rafael
Chaparro Madiedo, narrado en voz de quienes lo conocieron, amaron, admiraron, y
rematado por una emocionante crónica de Alejandro escuchando rock en la tumba
de Chaparro y bajo un urapán. Era un texto merecedor de mucho más que reportar
una buena calificación para el estudiante y ser archivado en la sección de
cidís que nunca nadie consultará en la biblioteca de la Universidad de Antioquia.
Crónicas de Opio: testimonios sobre el
escritor que quería ser gato llega por fin a la instancia a la que mereció
llegar desde cuando fue investigado y escrito; el bonito libro que merecía ser
está por fin en manos de quien lee estas palabras.
Pero, también como debe
ser, mientras avanzaba en sus pesquisas Alejandro dio un paso más allá de la
simple recolección de testimonios en los que apoyarse para la escritura de su
perfil. Recogió todo lo que encontró de su admirado escritor que quería ser gato
en hemerotecas, álbumes familiares y corazones y llegó a convertirse en el
biógrafo que más sabe de él. Así nació Zoológicos
urbanos. Historias mutantes de Rafael Chaparro Madiedo, la compilación de
artículos periodísticos que vio la luz bajo el sello de la editorial
Universidad de Antioquia en 2009. Porque
suele ocurrir que los novelistas también coqueteen con el periodismo y se sabía
por los testimonios recopilados que Chaparro había practicado bien este oficio,
el investigador González Ochoa se aplicó a buscar en los archivos del diario La Prensa y la revista Consigna las huellas de su personaje.
Rafael Chaparro llegó a
las letras a través de la filosofía. Estudió esta carrera en la Universidad de
los Andes, y gracias al dios de los gatos no se dedicó a ella. No enseñó
filosofía en colegios del Distrito. Entre 1987 y 1995, el año de su muerte,
ejerció el periodismo en las publicaciones antes mencionadas y como libretista
de televisión en programas que todos recordamos como Zoociedad y Quac el noticero.
Alejandro lo rastreó de edición en edición, hasta recopilar un acervo de
crónicas y artículos de opinión, firmados o no pero siempre marcados por el
estilo de Chaparro: el estilo de quien ha llegado al periodismo desde la
literatura, a la literatura desde la filosofía y a la filosofía desde la vida
misma, de manera que nada hay de convencionalismo en él. Casi cada crónica y
cada nota editorial de Rafael Chaparro es un valioso ejercicio de
transustanciación de la vida en el cáliz de la palabra. Ahí está el mejor
escritor que él pudo llegar a ser. Leer los textos periodísticos de Chaparro es
aventarse de lleno a la entraña de las ciudades que habitó, esa Bogotá de la lluvia
en la que el escritor podía darse el lujo de estar siempre “un poco triste,
pero más feliz que los demás”, y en menor medida La Habana en la que un no muy
considerado García Márquez impartía cursos de narración cinematográfica, y el
París de la tumba de Jim Morrison. Leer estos artículos es también asomarse a
lo hondo de los vicios que Rafael Chaparro cultivó, de los oficios que lo
apasionaron y de los defectos de la condición humana que desdeñó. De los
vicios, esta defensa de lucidez irrebatible: “El tabaco es una especie de mar
extraño por donde navegan las ideas”. Respecto a los defectos, sin duda el que
más despreció fue el de la política, que debería ser un oficio virtuoso pero
siempre se rebaja al nivel de horrible deformación. Tal vez su artículo más
impactante, más elocuente en su silencio, fue el espacio vacío que dejó en su
columna el 29 de mayo de 1994, y que tituló “Voto en blanco”. Ese día fue
elegido Presidente de la República Ernesto Samper Pizano, siendo su oponente
Andrés Pastrana Arango. Entre esos dos personajes tenía que escoger el pueblo.
De ahí el clamoroso silencio en la columna del escritor gato, tanto más
significativo en la medida en que La
Prensa era el periódico de la familia Pastrana.
Las crónicas de
Chaparro les dan presencia a los buseros de Bogotá y los cantantes de rock; por
ellas pasan como una marca de la melancolía las remembranzas de la niñez y la
adolescencia, los partidos de fútbol en las calles, las ranitas en los
humedales, los bosques derribados por los centros comerciales, los cuquitos
amarillos de las mujeres, los gatos, los gatos, los gatos y las muchachas del
rock, cerrar los ojos, puñaladas en el corazón de los árboles blancos, Amarilla
y los tejados. Bogotá se muestra aquí en todo su esplendor surreal, se nos
relatan las glorias y las derrotas que se repiten en su norte y en su sur, se
nos muestran sus calles y sus cloacas, se nos insinúan los bares sórdidos en
que alguien rompe una botella de licor en la crisma de su contrincante. A esa
ciudad los reyes magos llegan desde el oriente –el Occidente del mundo– y se
llaman Rolling Stones.
En estas crónicas y en
estos artículos de opinión, así tiene que ser, está prefigurada la obra
literaria. Por aquí vemos pasar a los personajes que luego habitarán la ciudad
de muchos fragmentos de Opio en las nubes
y de esa otra novela y ese volumen de cuentos que Chaparro dejó escritos, que
no se han publicado y que apenas conoce un puñado de amigos y estudiosos,
Alejandro entre ellos, cómo no. Son personajes del todo comunes, pero
transfigurados por las leyes del universo Chaparro, quien decía que “la
literatura es el ejercicio del alma y del cuerpo, no solo de la imaginación”.
Pues por su alma y su cuerpo pasaban todos esos personajes de la urbe: sus
mejores momentos como periodista son aquellos en los que se ocupa de los seres
humanos, a los que vuelve importantes gracias al don de la palabra.
Bastante he dicho ya
sobre Rafael Chaparro Madiedo, su novela conocida y su libro de artículos
periodísticos compilado por Alejandro González Ochoa. No mucho sobre su segunda
novela, El pájaro Speed y su banda de
corazones maleantes, y menos sobre su volumen de cuentos, Siempre es saludable perder sangre.
Sobre estos dos textos no tengo más referencia que la de Alejandro, que los
admira. Hasta ahora permanecen inéditos, pero esta condición podría cambiar
pronto. Una editorial colombiana y una española están interesadas en
publicarlos, con lo que tal vez se obre el prodigio de que mientras usted lee
este prólogo pueda aprestarse a leer también, además del libro de crónicas de
Alejandro sobre Chaparro, esa novela y ese volumen de cuentos que la literatura
nacional está esperando desde cuando presenciábamos los últimos estertores del
siglo XX y Rafael Chaparro Madiedo era un escritor que hacía periodismo o tal
vez era un gato periodista que quería ser escritor, trip trip trip. Solo resta
decir que, en la medida en que su escritura no se parecía más que a sí misma,
Chaparro era, además de un escritor, un autor. Y un hombre que nació, amó,
temió, fumó y murió como todos los hombres, aunque infortunadamente demasiado
pronto; no es despropósito pensar con nostalgia en la obra que en una vida más
extensa nos habría legado. Y aquí recuerdo a Claudia Sánchez, uno de los amores
de Chaparro, que en una de las crónicas de Alejandro nos informa que el libro
de cuentos de Rafael “es otra joya cuyos relatos hablan sobre todo de la
muerte, casi todos”. Sobre todo de la muerte.
Que el escritor pensaba
en la muerte porque desde el comienzo de su vida padecía la enfermedad que,
temprano, lo habría de precipitar en el reino de lo oscuro, es algo que nos
informan los personajes que lo conocieron y que a través del trabajo de
Alejandro nos hablan de esa vida. Un trabajo de gran sensibilidad, movido por
la admiración hacia el autor descubierto en el sopor del servicio militar, pero
sobre todo de gran profesionalismo y de respeto por su propio oficio. Alejandro
González Ochoa es periodista, uno que ha tenido el tino de no trabajar en
ciertos medios dando ciertas noticias, y se ha dado el gusto de hacer como
profesional lo que mejor sabe: escribir, develar la música, ir a los eventos
culturales y relatarlos, gozarse el trabajo, escribir. Con una prosa sencilla,
diáfana como la de un buen cronista, efectiva, cultivada como la de un buen
escritor, el autor de Crónicas de Opio
nos ofrece en esta decena de relatos el testimonio completo sobre la existencia
de ese hombre dotado de literatura y por tanto muy necesitado de existir, que vivió
cada palabra y se peleó para sí cada minuto sabiendo que el tiempo era escaso y
el ser humano complejo, y que por tanto escribió, escribió, escribió. Nada de
artificio. Todo es periodismo. Todo es literatura.
La espectacular ilustración de la portada y contraportada de Crónicas de Opio. Testimonios sobre el escritor que quería ser gato es de un señor dibujante, un señor artista de Medellín. Tobías es su nombre.