domingo, junio 28, 2020

Veintiocho de junio


Cuando yo estaba en segundo de bachillerato en el internado de las Granjas Infantiles, teníamos un profesor que nos inspiraba mucho respeto y, en consecuencia, lo queríamos. Las dos cosas se sustentaban en la calidad de sus clases y en el (aparente) liberalismo de su discurso. Nos daba biología y educación física. Pasado el tiempo vine a caer en cuenta de que lo de la calidad de sus clases aplicaba solo en la primera materia. En la segunda, Fabio se limitaba a ponernos a jugar fútbol a los hombres y basquetbol a las mujeres o hacernos trotar a nosotros horas enteras alrededor de la cancha o, peor, de arriba para abajo de unas instalaciones que quedaban en la caída de una montaña (allí siguen las Granjas). Nunca una instrucción sobre el ejercicio, un calentamiento, una enseñanza sobre las reglas. Nada. Éramos hombres y teníamos que correr y jugar fútbol porque éramos hombres. Punto. Así estaba decidido por las sanas costumbres de nuestra cultura heteropat… en fin. Nunca, una alternativa para aquellos a quienes el balón nos daba pánico porque carecíamos del interés de driblarlo y todas esas cosas que hace la gente hombres y mujeres con los balones en las canchas.
Como éramos adolescentes y él nuestro profesor bacano de biología, muchos temas se permitían en el salón. Habían transcurrido doce años desde Stonewall, cosa que nosotros no sabíamos y a lo mejor él despreciaba, y Fabio, que para el relato es importante aclarar que era negro, decía cosas que nos hacían creer que el mundo había empezado a cambiar justo cuando nosotros llegamos. Excepto en un tema que toda la vida me quedó rondando en la cabeza: para él, estaba bien que existieran los homosexuales, siempre y cuando estuvieran lejos y lejos se mantuvieran. Recuerdo el día exacto en que me di cuenta de que su liberalismo dejaba serias dudas.
Alguien puso el tema. Dijo que había homosexuales (no se usaba la palabra marica en el salón) en todas partes, en todos los grupos y en todas las razas. Recuerdo la seriedad con que la mirada de Fabio nos cubrió a todos, hombres y mujeres, la fortaleza de su vozarrón y la aparente nobleza de su corazón de maestro cuando, para tranquilizar al auditorio en pleno, dijo, no lo que necesitábamos escuchar, sino lo que a un homofóbico le parecía que nos tranquilizaría y mantendría la limpidez de nuestro nombre colectivo: “Aquí no hay de eso, aquí todos son hombres”. Han pasado treinta y nueve años y es probable que mi recuerdo de sus palabras no sea exacto, pero la idea sí lo es. Recuerdo la atmósfera de tranquilidad que esas palabras extendieron entre los presentes, permitiéndonos respirar a todos porque el supramacho de educación física nos canonizaba, uno a uno, como los hombres que nuestra cultura antioqueña y católica obligaba que fuéramos. Lo que seguía era ser honrados y trabajadores, pero ya teníamos la virtud fundante.
A comienzos de los ochenta, un profesor negro por el que sentíamos cariño y respeto nos ayudaba a derribar el muro racial que se alzaba alrededor de todo en nuestra cultura masculina, heterosexual, honrada, trabajadora y católica (y otro montón de limitaciones contra las cuales las décadas posteriores nos ayudaron a alzarnos). En la vida entera que ha transcurrido desde entonces, ha gravitado en mi sistema de ideas la aparente desconexión que existe entre el respeto que aquel profesor inspiraba y el hecho de que a los mariquitas que había en el grupo (sé bien que había por lo menos uno) se les consolara con la declaración de que tal aberración del comportamiento masculino no estaba presente allí, porque todos parecíamos hombres. El secreto se hallaba bien resguardado por esa virtud tan conveniente con que se ha construido nuestra cultura: la apariencia. En su magnanimidad, Fabio incluía en su apreciación a los dos afeminaditos del salón que inspiraron el tema.
¿Le reprocho al profesor amado su homofobia, siendo él mismo miembro de una minoría excluida? Lo hice durante mucho tiempo. Después he descubierto que se puede ser excluyente dentro de la exclusión. Eso existe por cantidades en el mundo. De ahí, tantos negros, tantos latinos, tantos gays y tantos pobres votando por Trump en Estados Unidos o por el que diga Uribe en Colombia. Pienso que, al modo en que su época se lo permitía, Fabio fue capaz de superar las limitaciones que el mundo le imponía como si fueran naturales, alzándose contra la concepción del deber ser de las cosas que mantenía a los negros en una casta inferior, y se convirtió en un buen profesor. La homofobia estaba en la raíz más profunda de sus creencias y es natural que no fuera capaz de decirnos a sus estudiantes de segundo lo que, en cambio, otros profesores de variados colores sí nos dijeron antes de terminar el bachillerato y lo que yo quisiera que él hubiera dicho para admitirlo sin reticencias en mi santoral: que con seguridad sí había uno o más muchachitos homosexuales (yo preferiría mariquitas, pero esta expresión no se permitía en el salón) y hasta alguna peladita lesbiana, y que esto no tenía por qué representar inconveniente alguno. Pienso en cuántos dolores habrían calmado esas palabras, cuántos comportamientos equivocados le habrían ahorrado a nuestra adolescencia y cuánta alegría de ser habrían permitido.
Nunca más supe de Fabio. No tengo, pues, manera de saber si las peleas que tantos han dado en las décadas transcurridas le cambiaron el concepto aberrado de que la manera de tranquilizar a sus estudiantes maricas era declarar que no lo parecían, dando a entender, por tanto, que no lo eran. O dando a entender que tenía razón la cultura, que lo importante era no parecer, o parecer otra cosa. A veces he llegado a pensar que quizá no comprendí las intenciones del profesor, que él en realidad estaba protegiendo a los excluidos: al decir que en el salón no había de eso y que todos eran hombres, estaba salvando del señalamiento a los que sí eran eso. Quizá. Pero también recuerdo con cuánto odio se refería a los flojos a los que no nos  gustaba el fútbol.






viernes, mayo 29, 2020

Muertos que la pandemia no deja enterrar



Rodrigo murió el sábado. Salió a trabajar y al rato llamaron a Teresa. Infarto fulminante. Así quería morir, según anunciaba desde que empezaron a hablar de la muerte: como es usual entre los sujetos que se importan, el tema afloró casi tan pronto como la vida los juntó valiéndose de artimañas un tanto rebuscadas. No hubo opción de ir a verlo, nada, ni mucho menos la hubo de un velorio o ritual alguno. El hijo de Rodrigo y Teresa pasó la noche llorando con gran desconsuelo. A ella, supongo, se le deben haber venido algunas lágrimas, pero, fuerte como es, la mayor parte del tiempo estuvo tranquila. Imagino la nostalgia y la avalancha de recuerdos y sensaciones, pero también el sereno diálogo (esas oraciones que son como mantras) con la divinidad en la que cree. El domingo, madre e hijo acudieron a una cita en el cementerio: solo ellos dos y para mirar la camilla en que transportaban a su muerto antes de que lo introdujeran al horno crematorio. Por otras muertes de esta época, Teresa intuía las características de lo que les iba a tocar y llevó consigo una botella de agua bendita.
Antes del confinamiento, dos meses largos atrás, dos vidas atrás, ella de todas formas ya iba poco a la iglesia. Sus problemas de columna y rodilla se habían complicado. Consecuencia para nada deseada de los quebrantos, hubo de alejarse de misas, repartición de hostias y otras actividades de su parroquia. En las ocasiones en que hacía el esfuerzo de desplazarse a la iglesia, con caminador y acompañante, iba provista de un envase grande y se surtía de la pila. Fue un consuelo enorme llevar consigo el agua bendita al cementerio. Pidió a los funcionarios de la muerte que abrieran la bolsa en que estaba Rodrigo. Ellos accedieron, pero advirtiendo que solo por un minuto y solo a la altura de la cara; ella preguntó por qué tanto rigor, si nada tenía que ver el fallecimiento de su marido con el virus; ellos respondieron que así son los protocolos ahora. No suplicó: pidió que abrieran la bolsa completa, y como hay algo en el tono de su voz que mueve a darle gusto en ese tipo de situaciones, lo hicieron. Es una voz de una firmeza serena: no se enoja, no gime, no constriñe. Salvo en un par de situaciones extremas, nunca he sabido que se altere. La procesión va por dentro, literalmente.
Ya que exequias no se celebrarían, esparció manojos de agua sobre su compañero. Se habían apagado el fuego y la furia, el ansia y el dolor. Todo lo que había sido Rodrigo estaba extinto, salvo ese cuerpo que para ella seguía siendo él y, por tanto, debía honrarse antes de devolverlo a la tierra. Se mojó las dos manos, las puso en la cara de Rodrigo, le echó la bendición, tomó una de las manos de él y le dijo que descansara en paz y que todas las ofensas, las que él le había hecho y las que seguramente ella le había hecho a él, estaban perdonadas. No sé si lloró en ese momento; no me lo dijo y, conociéndola, creo que no. Su hijo sí, bastante. Los funcionarios empezaron a cerrar la bolsa. Ella preguntó si lo iban a cremar con zapatos y todo. Le respondieron que sí, con zapatos, correa y la ropa que llevaba puesta en el momento del deceso. Este detalle, sobre todo lo de los zapatos, la ha tenido bastante inquieta, no entiendo bien la razón y aún no ha sido pertinente preguntársela.

Teresa está convencida de que a Rodrigo lo mató el estrés del encierro. Primero por convicción propia y luego por exigencia de su mujer y su hijo, acató la cuarentena durante varias semanas. Hace días manifestó que no soportaba más, que volvía al trabajo. Desde cuando no pudo jubilarse cubría turnos de vigilancia sin contrato ni prestaciones en un parqueadero del barrio, no sé qué tanto por necesidad y entiendo que mucho por deseo de mantenerse productivo. Teresa le dijo, un tanto en broma, otro tanto en serio, que empacara manta y ropa y se quedara allá mientras terminaba esta situación, para que no llevara la enfermedad a la casa. Él prometió guardar las precauciones indispensables. Cada una de las mañanas siguientes retomó la rutina de levantarse muy temprano, ponerles la comida y consentir a los gatos –tienen nueve–, subirle a Teresa unos tragos y entablar con ella una de esas conversaciones de la lacónica amistad que al cabo de los dramas habían aprendido a sostener. El sábado le anunció que esta semana la acompañaría a hacerse los exámenes que el ortopedista, en consulta telefónica, le mandó a fin de determinar qué es lo que ahora sucede con su columna. La llamó desde el trabajo para recomendarle que no se esforzara en la casa y preguntarle cómo estaba, y avisó que iría a almorzar. Al rato la llamó el dueño del parqueadero.   
Pasó el resto del domingo atada al celular, pues son bastantes sus familiares y sus amigos. Encontré registro de llamadas suyas tarde en la noche y muy temprano hoy. A media mañana le marqué, no contestó, aguardé unos minutos e insistí. Temía que recibiría precisamente la noticia que recibí, pues sé bien a qué horas llama para cada cosa y sobre qué muertes o qué tragedias me va a enterar según el momento en que intente comunicarse. Hablamos cada varios meses, pero hubo épocas en que lo hacíamos todos los días y hasta más.
No obstante, cuando contestó me saludó con el júbilo de siempre y por un momento la conversación fue divertida. Entonces me soltó la noticia como quien cuenta una confidencia, de repente, en voz baja y todo: “Se murió Rodrigo”. Con ella siempre me toca inferir la melancolía que late en un segundo nivel del palimpsesto de su voz. Insisto por tercera vez en el calificativo que he usado para describir su virtud principal: Teresa es una persona serena. Con la misma voz de hoy, desgarrándose por dentro pero no permitiéndose desbordamientos, hace veinticinco años me comunicó la muerte de su hijo menor, quizá la persona que más le dolió y con la que vivió las peripecias más dramáticas de su existencia: “Mataron a Edy”. Eran los tiempos en que la vida nos había hecho confluir en un grupo scout al que yo llegué por un gigantesco error de criterio (nada se me parece menos que el escultismo) y ella buscando una vía de escape a las dificultades que la ruptura en proceso de su primer matrimonio con Rodrigo les acarreaba a los hijos. Muchos fueron los ríos por los que anduvimos de noche, muchas las carpas que se nos inundaron y muchas las fogatas en las que creímos formar parte de una hermandad mundial. Entre tanto, Rodrigo se alejaba más de ella y de los niños, los abandonaba más, a la vez que se fortalecían en el espíritu de Teresa la voluntad de emancipación y la necesidad de alzarse contra todas las cosas que la habían obligado a ser. La vi sufrir y gozar, algo la ayudé, mucho la abandoné también. Llegamos a ser, creo, amigos; la parte fundamental de nuestra amistad sigue activa. Escuché las emociones con que el amor la engalanaba veinte años tarde, pero también las decepciones. La vi emocionarse con requiebros de adolescencia a los cuarenta y tantos años, la vi pelear tarde contra la tiranía de su madre, pero también la vi cuidarla, la vi ser abandonada y me enteré de cómo el hambre la rondaba a veces al lado de ese niño que ya se mostraba deseoso de morir. 
Rodrigo se había ido, supongo que, desde su óptica, con razones para retirar cualquier apoyo. Los hijos se desestabilizaron, el niño se hizo matar, el mayor dio tumbos por el país. Sus amores se fueron, su madre murió, su padre murió. Además eran los años en que la ciudad no era un buen lugar para estar y ella acabó yéndose a empezar de nuevo en otro sitio. Si no se derrumbó, fue porque su espíritu no tenía grietas para que lo colonizara la derrota. Persistía en él una paz que provenía de su verdadera vocación.
Teresa se fue al convento a una edad y en una época en que la gente aún era inocente. Entre las monjas pasó sus años de gloria y nunca dudó de su vocación (aún la tiene). A pesar de ello, su madre o su padre –no recuerdo– la obligó a retirarse antes de profesar y casi que a casarse con Rodrigo. Llegó al lecho matrimonial sin comprender cómo funcionaban las cosas allí, y él, a veces con paciencia, a veces con brusquedad, le fue explicando los mecanismos del mundo y de los cuerpos. Creció a su lado. Se fueron a Bogotá, nacieron los hijos, trabajaron. Hubo épocas felices. En su periodo más estable, los dos trabajaron durante una buena cantidad de años en un taller cuyo patrón los quería como un padre. Sin embargo, cuando tantos años después emprendieron los trámites de la jubilación, la empresa de pensiones les reveló que el patrón bienamado no había pagado ni un solo mes de sus aportes.
Al regresar la familia a Medellín, ella había descubierto una arista nueva de su carácter: no le gustaba ser sometida y estaba capacitada para el amor. Este descubrimiento desencadenó las tormentas que la azotaban por la época en que nos conocimos. Yo siempre le dije, en parte por molestarla y en parte por intuición, que al final iba a quedar con Rodrigo. Ella sonreía y replicaba que su anhelo final era volver al convento. Acabé teniendo la razón: hace veinte años viajé a la ciudad a donde él y el hijo la siguieron y de la que nunca se marcharon, y asistí a su segunda boda. No tenían el amor, pero sí la experiencia. Aprendieron a acompañarse en el envejecimiento. Este año iban a cumplir cuarenta y nueve de trajinar por el mundo teniendo noticias uno del otro: “de aguantármela”, bromeaba él; “de aguantármelo yo a usté”, bromeaba ella. Jamás se trataron de tú ni de vos; todo entre ellos fue un permanente usted. Me contó casi con ternura que estuvieron a punto de ajustar las bodas de oro. Creo que ya es tarde para el convento, pero Teresa ha hecho tantas cosas inesperadas que quién sabe a dónde será capaz de llegar con caminador y todo.
Rodrigo le había indicado dónde guardaba un dinero para que llegado el momento le hiciera el favor de llevar sus cenizas al cementerio de Nariño, el pueblo del que era oriundo. Esto no podrá ser, al menos no durante un buen tiempo, pues los viajes intermunicipales siguen prohibidos y cuando se levante la prohibición el virus seguirá estando por ahí, en las palabras, en las sonrisas, en el aire proveniente de las personas con las que uno podría cruzarse. Ahora Teresa espera que sea miércoles. Para ese día había tramitado con el párroco una misa en el terreno descampado donde los buses del barrio dan la vuelta para emprender la ruta. No sé con qué permiso hará el cura esa celebración, pues la cuarentena sigue y no están permitidas las reuniones. Una vecina lo informó sobre el súbito fallecimiento del esposo de Teresa y le pidió que reorientaran el objetivo de la eucaristía: que esta se oficiara por el eterno descanso del alma de Rodrigo. El sacerdote accedió. Teresa está contenta porque, a fin de cuentas, él no se quedará sin misa. Hace tiempo dejé de participar en la religión, pero me parece que esta alegría de Teresa es la prueba de una solidaridad que está muy emparentada con las maneras más nobles del amor.



jueves, abril 23, 2020

Tres instantáneas del desasosiego



Desasosiego. No puede haber otra forma moralmente válida de estar en este momento.

Los libros de Anagrama siempre me han gustado porque son sobrios y bonitos y por un detalle por el que ahora me doy cuenta de que han empezado a chocarme bastante: por las traducciones crudamente españoletas como si a los editores no les interesara que los leyéramos en Latinoamérica o como si más bien quisieran notificarnos de que les importamos un comino y que la versión del mundo que debemos tragarnos, ya que no aprendimos los idiomas originales de los equis cantidad de escritores de otras lenguas que vamos a leer en la vida, es la que ellos, los españoletes, quieren mostrarnos, y ya. Que os den por culo, peninsulares de mierda, grito con mi voz mental mientras miro con rabia la parte del globo terráqueo donde están España y sus vecinos europeos que hasta hace unos días fueron los países más golpeados por el “nuevo” coronavirus. Vuelvo al libro que estoy leyendo; mejor, en el que estoy tratando de trabajar ahora. Ando sumergido en el periodismo literario y me he dado cuenta, también, de que de Tom Wolfe lo único que me gusta es su estudio sobre el Nuevo Periodismo gringo, y ello a pesar de que sus páginas están plagadas de faltas contra el rigor, pero en cambio no soporto sus textos narrativos, primero por el rococó de su voz y segundo porque además tengo que tragármelo en españolete.
No creo que en la realidad haya sucedido como en mi cabeza, que los no sé cuántos miles de millones de seres humanos del hemisferio que me mira desde el globo terráqueo, con África en primer plano –amo su inmensidad–, Europa ocupando apenas una porción de planeta en la parte de arriba y Asia desvaneciéndose hacia el este, hayan oído desde los cielos mi increpación a los malditos traductores españoles que no tienen consideración de los lectores del lado ahora oculto del globo [algún día, mi única lectora me reprochará el hecho de que me he birlado la imagen del globo terráqueo de un cuento que estoy escribiendo. Je]. Todos ellos, en cambio, contemplan el avance de un virus que los va a poner en aprietos.
Hoy estoy de malas pulgas por una serie de incidentes menores, el más reciente de ellos que la puta empresa de telefonía celular en la que tengo, en vez de plan, un antiplán, no me presta atención por ningún canal para resolver cierta urgencia que me afecta. Por eso la he cargado contra los traductores españoles, aunque en realidad gracias a ellos hace tiempo me tragué a Bukowkski y a algún ídolo de la generación Beat en un idioma creíble. Ahora que lo pienso, no habría soportado que en vez de gilipolleces el viejo Hank se pasara escupiendo güevonadas en sus relatos o que en vez de cachondear se la pasara morboseando en las traducciones. En fin.

*

Ha vuelto a salirme la huella dactilar del medio izquierdo. Lo mismo ocurrió en las yemas de los dedos adyacentes. Dejó de desgarrárseme la piel por la acción alergénica del papel periódico viejo, lo que era incómodo y había empezado a preocuparme. Al parecer, estoy yo como el planeta, que en apariencia está más limpio porque la sociedad humana se ha detenido en casi todas partes, pero que en realidad sigue aquejado por los mismos sobresaltos que a gran velocidad lo dañan desde que empezó la locura de los seres humanos, hombres, mujeres e híbridos de toda especie, yo incluido.
Cuando todo esto empezaba (esto es, cuando oíamos hablar de ese virus que andaba matando chinos y luego nos enteramos con asombro, pero también con indiferencia, de que el horrible gobierno de ese país había puesto en cuarentena a toda una ciudad de once millones de habitantes. Parecía todo muy lejos), yo estaba sumergido de lleno en la colección de periódicos de la Universidad. Vivía una experiencia sumamente interesante: estaba revisando todas las ediciones de El Espectador de hace veintiún años y había empezado a habitar dos realidades simultáneas: la de la Colombia enloquecida del primer semestre de 1999 y la de la Colombia todavía demente del primer semestre de 2020. No sabía qué me perturbaba más, si el asombro o la indignación con la estupidez y la maldad del gobierno de Andrés Pastrana. Varias veces se me cruzaron los cables y llegué a la casa contándole a D, por ejemplo, que los monstruos de las Farc habían matado a unos secuestrados gringos, y habían arrojado los cadáveres en territorio venezolano, después de que a una de las mujeres la picara una tarántula, pues ni les importaba la vida de sus rehenes (como no les importaba la vida de nadie) ni querían cargar con la enferma por los caminos que iban abriendo en la selva. El incidente fue el primer obstáculo serio del proceso de paz que la guerrilla estaba dizque negociando con el gobierno de Pastrana. No se había resuelto esto y ya estaban otros sicópatas, los del Eln, secuestrando en pleno vuelo un avión que salía de Bucaramanga para Bogotá y a los días a un centenar de feligreses que asistían a misa en una iglesia de Cali. A la vez, el Eln les prohibía a las muchachas de los pueblos enamorarse de policías y las Farc expulsaban a la fiscal de San Vicente del Caguán. El caso es que mientras le relataba a D los pormenores de cada infamia de las guerrillas y de cada estupidez del gobierno, me sentía como si todo estuviera ocurriendo hoy. Increíblemente, la estupidez y la maldad de Pastrana son superadas veintiún años más tarde por la estupidez y la maldad del gobierno de Iván Duque. La sensación no dejaba de ser un tanto fascinante.
Durante varias semanas pasé las mañanas y las tardes sumergido en la hemeroteca y, cuando menos pensé, me di cuenta de que los dedos de la mano izquierda estaban desgarrados. Soy diestro para casi todo y zurdo para patear balones de fútbol, practicar placeres solitarios y pasar las páginas de los periódicos viejos, así que fue esa la mano en la que los ácaros y el polvillo de El Espectador de 1999 se cebaron. Cuando empecé a usar guante, ya la piel se levantaba en pedacitos como la cinta con que hemos pegado documentos antiguos. No dolía, pero era fastidioso y caí en la cuenta de que si llegaba a perder la mano derecha no habría manera de avalar documentos legales porque en la izquierda ya no había huellas. Todo en ella era como en los discursos de Pastrana y Duque: el vacío, la mugre, los ácaros ocultos pero dañinos.   
El virus, como las cosas inservibles, se desbordó desde China e inundó al mundo. No quiero pensar en el tiempo que transcurrirá antes de que la hemeroteca vuelva a prestar servicio y pueda yo retomar mi investigación académica. Menos aun, quiero pensar en el cataclismo que nos está arrasando.

*

Esta tarde he visto unas imágenes que me perturbaron. Mi hermano, que por trabajar con el agro tiene autorización para moverse en medio de la cuarentena, puso en su estado de whatsapp un video de su recorrido hacia las afueras de Medellín. La secuencia dura un minuto y medio. En los primeros segundos, lo oímos decir con estupor: “¿Qué es esto, por Dios?”. En un plano horizontal y perfectamente balanceado, vemos desde su puesto de conductor un tramo de la avenida Regional en una tarde que, en circunstancias distintas, se nos podría antojar bonita: más o menos iluminada, el aire en apariencia limpio (ya sabemos, la limpieza del planeta porque los humanos nos hemos ralentizado), una que otra moto, uno que otro carro. En la orilla de la avenida está el motivo de la exclamación: decenas de personas apostadas a lo largo del recorrido, desde quién sabe dónde y hasta quién sabe dónde, blanden banderines rojos. Miran con endeble esperanza a los vehículos que pasan y sus miradas se quedan siguiéndolos atrás. Es la señal del hambre. Al momento en que escribo, casi medianoche del miércoles 22 de abril, las cifras oficiales, las de un gobierno estúpido y malvado, hablan de 393 infectados y tres muertos en Antioquia (4.356 infectados y 206 muertos en Colombia, 2’623.231 infectados y 182.740 muertos en el mundo). Las cifras crecen y seguirán creciendo lenta, inconteniblemente, durante un tiempo cuya duración no podemos calcular. Y esto que voy a decir es estúpido y malvado, lo reconozco, pero lo más terrible, lo que nos asusta y nos ha llevado al confinamiento, es que no sabemos quiénes van a ser las víctimas en adelante. A mí me espanta pensar en D, en mamá, en mi hermano, en mi sobrina, en alguno de los familiares y amigos que amo. La pandemia sería horrorosa pero fácil de sobrellevar si se pareciera a las otras del último siglo, o a tragedias como los terremotos y los tsunamis, en que están localizadas y lejos de nosotros. Cuando las víctimas son números en vez de rostros, el horror no espanta.
Entre tanto, la tragedia se hace presente en grandes proporciones en esa gente de la Regional, en esas muchedumbres de los barrios, en esos vendedores de carretilla que recorren las calles de mi vecindario ofreciendo a pulmón herido aguacates, papayas o bananín, bananón, banano y poniéndose en espantoso riesgo de contagio a sí mismos y a nosotros. Es el hambre, que se extiende entre las gentes de muchos estratos a una velocidad incontenible: mayor que la del virus, inatajable como él.
He repasado muchas veces el video de mi hermano. En los últimos segundos vuelve a oírse su voz: “Qué tristeza”. ¿Qué más se puede decir? ¿Qué más se puede hacer? Durante mucho rato tuve que dejar de leer a Wolfe, tuve que meterme a Facebook en busca de sosiego, tuve que tontear en los chats, tuve que ponerme a repasar una libreta de apuntes de D, y varias veces tuve que salir al balcón en busca de aire o al menos de aquel lucero que estaba cerca del horizonte al atardecer. Nada me tranquilizó el espíritu.
Y me he tenido que poner a escribir.


Eternidad de los gatos

A Florentino, en el primer día de su perenne ausencia     Los gatos navegan el tiempo como las madres antiguas                ...