Mientras a lo largo de las últimas
semanas doy vueltas por la ciudad, una vieja palabra da el primer paso para
encontrarse con el árbol al que nomina. Ocurre como con tantas cosas bellas: la
vista se pone alegre, pero la imagen pasa por la conciencia adornándola y sin
alterarla. Esta mañana, en la Universidad, ha sido distinto. Ingresé por la
portería del Río y todo en mí quedó impactado por el borde de intenso rojo,
quizá naranja u óxido, con que los árboles delineaban la vía circunvalar. Lo
asumí como una muestra de buena voluntad del conjunto de cosas que hacen la institución,
pues esta entrada mía a su sede principal era una especie de regreso después de
varios años en otro estado de cosas. Al final de la tarde, tras una densa
jornada de clases, reuniones, encuentros y hasta abrazos, ocurrió de nuevo en la
portería opuesta. Desde la estación del metro fue inevitable notar, en el
espeso cordón de follajes que bordea el campus, esa copa alta, incendiada y
puesta en primer plano por el último sol del día. Muchos árboles como ese
estuvieron en mis ojos a lo largo de la ruta. Medellín está así por todas
partes: rojo y verde. Más rojo que todo lo demás, quizá naranja. Registrarlo en
la conciencia hizo que algo en mí se pusiera muy contento, así que lo compartí
con la gente que me sigue: “Esos árboles que otoñean las calles, ¿cómo se
llamarán?”, pregunté, a sabiendas de que es un signo de pobreza conceptual
pensar que solo el otoño viene enredado en las hojas rojizas en una ciudad que
no tiene estaciones marcadas y donde, si las tuviera, se impondría la primavera.
Esto, sin contar con el hecho de que muchos son los colores que de temporada en
temporada acuden a nuestros árboles. Con la intención de mimetizar en giros poéticos
mi falta de criterio, agregué otra pregunta: “¿Anidarán murciélagos rojos en
sus ramas?”. Estas preguntas fueron el paso definitivo para el encuentro de la
palabra y su árbol. Pasados apenas unos minutos desde que publiqué mi estado,
Paca Osorio, una escritora que me debía una declaración de amor, me contó: “Se
llaman cámbulos”. Y caí en cuenta de que esa hermosa palabra me ha rondado la
vida entera sin que yo supiera nunca, ni me preguntara, cuál era el árbol al
que iba unida. Averigüé en internet: los cámbulos son árboles nativos de la
América tropical que suelen florecer –hacer intensa erupción de rojo, pasión,
naranja– durante el primer semestre del año, en la temporada seca. Responden a la
escasez de agua exhibiendo su capacidad de llenar el entorno de belleza. Más tarde,
una amiga le dijo a Paca que los de intensa floración en esta época son los
búcaros. Ante la duda, consulté a mi hermano, que sabe de estos asuntos porque
trabaja con árboles y animales y los distingue bien de la poesía. Él me explicó
que los búcaros son de flor rojiza, pero en vez de tirar a naranja tiran a
rosa. También están por todo lado. Alguna respuesta a mis aflicciones hay ahí.
viernes, febrero 04, 2022
PEQUEÑECES URBANAS 11. Una palabra y su árbol
jueves, diciembre 30, 2021
PEQUEÑECES URBANAS 10. Parte de todo
Han caminado mucho, más para sus
parámetros que para los tuyos. Encuentro en Pies Descalzos, paso por Parques
del Río –a esta hora, por la lluvia y el frío, solitario; pero ya vendrá la
noche con sus luces y sus muchedumbres–, vuelta por Conquistadores, parada en
Unicentro, circuito alrededor del campus de la U.P.B. “Estoy cansado, güevón”,
se queja, pero seguís. Te sigue. La ciudad a esta hora, en este día y con este
frío, es un sitio amable para deambular. Dan ganas de no detenerse, ir por ahí.
Árboles, muchos árboles, y flores y arbustos: esto es lo que más te gusta de
Medellín. Y, de pronto, en el que se eleva más alto por encima de las copas de
sus compañeros, una criatura de tronco doble y ramas sin hojas (¿será por la
época del año, estará enfermo, morirá de pie como todos ellos?), percibís lo
que a primera vista parecen múltiples frutos. Un poco te deslumbra la luz opaca
del cielo en el cual parece estampada la imagen. Como, además, tus ojos son de
alcance corto, demorás extensos segundos para darte cuenta de que los frutos se
mueven y emiten sonido y tienen una pequeña extensión a manera de cola. Es que
son pájaros. Montones de pájaros. Muchísimos pájaros se asientan en la altura
del árbol que no tiene hojas. Cada uno de ellos ha llegado ahí para pasar la
noche o si acaso para hacer estación, pero, como sos antropocentrista e individualista, te
permitís la idea de que es el mundo coqueteándote, alegrándote. Al instante
ampliás el foco: los pájaros y los árboles, los insectos que no percibís, vos y
tu amigo, las flores y la inmensa cantidad de seres que pueblan esta pequeña
fracción del mundo, todo está ahí para formar parte de algo que está más allá de tu comprensión.
Cada ser, incluyéndote, y cada objeto, cada imagen y cada idea que pasa por las
mentes y las piedras, es parte de un todo enorme, armonioso y caótico, bello y
temible. “Ah, qué bonito”, comenta. Tomemos unas fotos. Sigamos.
lunes, diciembre 13, 2021
Mis muertes de diciembre
El otro viernes tuve una
sensación sobrecogedora: la de que estaba a punto de morir. Varias veces en mis
viajes por las sustancias he tenido la impresión de morir o de estar ya muerto en
el ataúd y que alguien a quien amo me mira o en el fondo de la tumba y que
empiezan a lanzar paladas de tierra. Siempre ha sido un sentimiento de extrema
paz. Una vez experimenté la muerte por inconsciencia, debida al efecto de un
anestésico: era una nada plena y constante, opuesta a la hiperactividad mental
del sueño, y cesó de repente cuando desperté, como de repente se enciende la
conciencia en el útero cuando determinadas neuronas se envían el impulso
eléctrico que funda la personalidad. Lo del viernes fue otra cosa. De un
momento a otro percibí que el corazón se estaba acelerando y que pronto me
faltaría el aire y todo lo que soy se fundiría en un contundente infarto.
Sentí, no que estaba muerto, sino que iba a morir. Desconcierto absoluto. Pesar.
Me he pasado la vida invocando la muerte y fanfarroneando con que a su llegada
me declararé satisfecho, pero en realidad sospechando que no es conmigo y que
en su ruta hacia mí está demorada hasta un plazo que se parece al infinito.
Siempre he sabido que moriré, pero he tenido la certeza de que esto ocurrirá en
el futuro. Y, ya sabemos, el futuro es ese momento que no llega; no puede
llegar, porque solo existe el pasado, así como la muerte no puede llegar porque
solo existe la vida.
El corazón se me aceleró,
pues, y en el mismo instante me asoló la certeza de que iba a colapsar y que,
¡ay, juemadre!, sí, me había llegado el momento. Dos impresiones me asaltaron
con gran vivacidad: el pesar de que ocurriera ahora en vez de en el inasible
futuro y una tristeza inmensa porque no volvería a ver a Diego. Pensé también
en mi mamá y en mi hermano, y en C, la amiga a la que iba a encartar con un
muerto en su apartamento. Quise advertírselo: “Me estoy muriendo aquí,
perdoname”. Las palabras colapsaron. Se me acababa el tiempo y no estaba listo.
Después de todo, es cierto lo que siempre he considerado factible: soy mortal y
en el tránsito del pasado al futuro habrá un momento en que dejaré de ser.
No me morí ese viernes,
como es obvio si se tiene en cuenta que han pasado diez días y aquí estoy,
entregado al frágil ejercicio de sobrevivir a través de las palabras. Le ordené
al corazón que se ralentizara y a la mente que no entrara en pánico ni
sucumbiera a la tristeza, a mí mismo me dije que qué lástima y a los que amo
les envié un inútil mensaje mental. Perdonadme, os arruinaré el diciembre.
Pobre César, sí podías morir. El presente es como el agua en un colador, su
esencia consiste en no ser, en estarse escurriendo siempre entre el pasado y el
futuro. No fue, no será, no es. Igual que la vida entre la nada previa y la
nada posterior, a horcajadas sobre una fracción de tiempo que no existe. Somos
hechuras de tiempo y de nada, y yo me estoy diluyendo en ambos.
Me acordé de mi abuela
paterna, mi amada misiá Ester, que después de su primera enfermedad grave nos
visitó y, parada junto a mí en el balcón, de frente al valle estrecho y a la
desmesurada ciudad que lo desborda, mirando y oyendo el mundo que tenía ante
sí, me habló de la melancolía de alejarse de todo esto, de los árboles y los
carros, del aire y la noche; sobre todo, habló de la tristeza que había sentido
cuando creyó que se estaba muriendo: el pesar de no volvernos a ver a todos. A
todos, dijo; no sé el alcance del pronombre indefinido ‘todos’ en su
experiencia del amor, aunque sé que yo estaba incluido en él. Me gustaría
haberle dicho algo bonito, abuela de mi alma, usted no se va a morir nunca
porque yo la recordaré siempre, pero no creo en esa forma de inmortalidad que
consiste en mantenerse vivo en la memoria de los otros. Transcurrió un año
largo entre esa declaración y el 4 de mayo de 1999 en que, en efecto, murió. No
deja de inspirarme la chispa de la vida presente en su reticencia a morir, en
sus ojos que veían poco y en la alegría con que recibía mis visitas. Misiá Ester
es, junto con Jota Erre y mi otra abuela, uno de los pocos muertos amados a los
que me gustaría ver de nuevo y oírles decir algo. Tener con ellos alguna de
esas conversaciones de rutina en las que no se dice nada perdurable.
Jota Erre y la otra abuela,
Cleo, sí murieron en diciembre. Tres personas más a las que he querido murieron
también en este mes. Menos mal, no en el mismo año. En todos ellos pensé al rato,
cuando desperté en el apartamento de C y me convencí de que a fin de cuentas sí
era cierto que la muerte no es conmigo por mucho que pose de invocarla,
desearla, aceptarla porque después de los cuarenta ya se ha vivido lo
suficiente. Me alegra no haber muerto el viernes, en especial por vos, D, y por
mi mamá y mi hermano y los gatos con los que compartimos el apartamento y por un
puñado de familiares y de amigos.
Jota Erre también hizo
una declaración luego de su primer conato de muerte, pero, a diferencia de la
de misiá Ester, no hablaba solo del pesar de no volvernos a ver, sino del de
dejarnos solos. Seis años antes, con una precisión que no deja de asombrarme,
anunció: “Me quedan seis años de vida”. Su cuerpo había sido de una salud a
prueba de todo quebranto y lo conocía tan bien que cuando empezó a
resquebrajarse supo cuánto tiempo resistiría. Faltando poco, escribí con pesar
por ahí: “Morirá pronto”. Y así fue. Era el decimonoveno año desde que estaba
con nosotros, tiempo en que pasé de presentarlo, siempre en chiste, como mi
malvado padrastro a sentirlo como el papá que ya uno tan grande qué iba a tener.
En un mes y pocos días se deterioró a gran velocidad, pero, como uno le suplica
a Dios que exista no más para impedir que se acabe la vida de aquellos a
quienes ama, en un nivel de la conciencia que aloja nuestra capacidad para el
autoengaño me convencí de que iba a sobrevivir por tiempo indefinido: al menos
otros cinco años, rogaba. Por eso no fui a visitarlo a la clínica la última
tarde. Murió el 4 de diciembre de 2006, lunes, en la madrugada. Este es el que
recuerdo como el día más triste de mi vida.
C comparte apartamento con dos perros viejos, muy bellos. El más pequeño morirá en cualquier momento… Bueno, hasta la secuoya de Sonsón morirá en cualquier momento, pues ni los organismos más longevos tienen segura la perduración de su existencia. Si hasta yo me voy a morir en cualquier momento, digo. A lo que me refiero es a que el perrito de C ya ha agotado sus cartuchos por la cantidad de años y de achaques que arrastra. Ha desarrollado una tos persistente, de mamífero moribundo. Ese perrito me despertó el viernes en el sofá en que me había echado a paliar los síntomas de mi muerte. El sofá no tiene más de medio metro de altura, pero Lucas no era capaz de subirse y con el hocico frío tocándome la nariz me despertó y con los ojitos desvencijados me suplicó que lo ayudara a subir y le diera cobijo con mi cuerpo. Eso hice. Me recosté de lado para que él cupiera junto a mí, puse una de mis manos en su costillar y, casi al instante, cesó la tos. Llovía en el planeta entero. El perrito se quedó dormido, sereno, como han hecho a lo largo de la historia incontables organismos cuando la muerte se aproxima y otros les brindan el alivio de su compañía. Mientras el perro dormía yo pensaba en las equis rojas con que la muerte ha tachonado el calendario de mis diciembres como indicando que en sus dominios este es un mes cualquiera. A muchas muertes uno cree que no querrá sobrevivir, pero a la larga se da cuenta de que no solo ha sobrevivido sino que sus muertos ya no tienen otro espacio que la memoria: si regresaran, no habría un lugar para ellos en nuestro mundo. Casi convencido de que en esta ocasión finalmente no moriría, enfilé a mis muertos del mes no en el orden en que la melancolía los tiene organizados en las ignotas sinapsis de mi corteza cerebral que alojan el dolor de las ausencias. Tampoco los organicé en el orden cronológico de sus muertes, sino en el de sus aniversarios.
A dos días del de Jota
Erre, se cumple el de Cleo. Ella desempeñó un papel definitivo en la formación
de mi carácter cerrero y me mostró los contrastes del odio y del amor. Por
alguna razón me detestaba cuando yo era niño, pero a la vez me cuidaba. Su
mirada de aquellos años era tan densa que se me caía de la vigilia a las
pesadillas. A lo largo de los siglos, sin embargo, fui descubriendo que su odio
no era contra mí y que, de hecho, me quería bastante. Era su historia personal
la que le endurecía el modo de tratarnos a los que estábamos bajo su dominio.
Con Cleo, no obstante, la vida se reivindicó: su vejez fue feliz, protegida,
querida, y llegó a desarrollar una dulzura desprovista de vicios de abuelita empalagosa.
Fui su primer nieto y tuvimos tiempo suficiente para que me amara y yo a ella.
La parte triste de su vejez feliz fue la enfermedad degenerativa de los huesos
que durante más de dos décadas la mantuvo en un dolor constante, atroz con
frecuencia. Durante el último año le suplicaba a su madre que viniera por ella
y se la llevara. Tristemente, las madres muertas no tienen ese poder ni ningún
otro, y lo que se llevó a Cleo fueron la enfermedad y el agotamiento de los años.
Murió luego de una melancólica, aunque también alegre, agonía, el 6 de
diciembre de 2018, jueves, de madrugada. No dejo nunca de recordarla.
El siguiente en el
calendario es Julio. Mi gran amigo de niñez, uno de esos únicos héroes
verdaderos que, al decir de Henry Miller en Primavera
negra, permanecen con uno toda la vida porque con ellos se pisó la calle cuando
por primera vez salimos al mundo. Creo recordar con precisión el día en que lo
conocí, alguna mañana de 1974, recién llegados nosotros a la cuadra. Mi hermano
y yo estábamos sentados en el alféizar de la ventana, que era lo más cerca que
se nos permitía estar de la calle sin acompañamiento de mi mamá o de mi tía
Inés, y se nos cayó una pelota. Julio jugaba afuera con sus hermanas. “Niño,
¿nos pasa esa pelota?”, pedí yo o pidió mi hermano; una de ellas le ordenó que
lo hiciera, y ya no dejamos de ser amigos hasta que nos diluimos en otras
dimensiones. Murió el 15 de diciembre de 2002, domingo, sin ver campeón a su
equipo bienamado, el Deportivo Independiente Medellín, que una semana después
de su asesinato obtuvo la primera estrella tras 45 años sin títulos. Cosas de
la vida y de la muerte, que a veces nos tratan con malévolo sarcasmo. Su
hermano Elkin había sido asesinado nueve años antes, el 5 de septiembre de
1993, mientras jugaba fútbol horas antes del partido en que la selección de Colombia le
metería cinco goles a la de Argentina en Buenos Aires.
Mis dos últimos muertos
del mes son tíos y comparten fecha, aunque separada por una década. El primero,
por el lado paterno, siempre estuvo ligado a la alegría. Gracias a un olvido
suyo hice mi lectura inaugural de García Márquez y de Cien años de soledad cuando estaba en tercero de primaria y a Fabio
se le quedó en nuestra casa el ejemplar de portada inquietante que al cabo de
las vidas acabó en mi biblioteca personal. Este tío me recogía a veces en una
patrulla de la policía para llevarme a la escuela, y se intuirá lo que un niño
de las barriadas de Medellín en los setenta sentía al llegar a su escuela en
una patrulla de la policía. Fabio abandonó esa institución por razones que aún
no averiguo y se aprestaba a enrolarse en el DAS, un tenebroso organismo de
inteligencia que el gobierno más execrable de nuestra historia reciente usó de
la peor manera, cuando el 20 de diciembre de 1981 se inmiscuyó en un confuso
incidente con un lotero y ambos acabaron baleados. Ese domingo tremendo fue tan
fundamental por tantas cosas en mi vida, que es la fecha exacta en que ocurre
el final de mi novela La ciudad de todos
los adioses.
Diez años exactos más
tarde, un viernes, mataron a Antonio, el miembro de mi familia materna que más
cerca estuvo del lado oscuro de la Fuerza. Me iba a relatar la historia de su
vida, que era la de nuestra ciudad, para que escribiera un libro. Él mismo
había escogido el título: Borracho. Antonio,
creo haber oído que alguien contó, alcanzó a ver al sicario que se le venía
encima y sufrió un infarto antes de recibir el primer balazo. Se había pasado
la vida anhelando la muerte o, al menos, como tantos en la familia, proclamando
dicho anhelo, y nueve meses antes ya había sufrido un atentado que lo sumió en
agonía durante varias semanas, pero en el momento en que vio ante sí al
muchacho que lo mató debe haber comprendido, igual que yo treinta años después,
la tristeza que subyace al hecho de que a fin de cuentas a uno se le acabe el
tiempo antes de estar preparado.
Jota Erre, Cleo, Julio,
Fabio y Antonio: un papá, una abuela, un amigo y dos tíos. Estos son los
personajes de mi diciembre luctuoso. Sobre ellos y sobre todos los demás muertos
que me han importado y me importarán estoy escribiendo una larga novela, cuyos
ejercicios de calentamiento están regados en estos blogs, en las notas diarias
y en las aparentes fruslerías que voy rescatando del pasado en mis
conversaciones con los viejos. Esas fruslerías constituyen la esencia de la
vida y la vida constituye la esencia de lo que escribo, y en la esencia de lo
que escribo está la postergación de la muerte. Cuando me levanté del sofá,
Lucas empezó a toser de nuevo. Les acaricié la cabeza a él y al otro perro, me
cercioré de que C estuviera dormida en vez de muerta y salí a las calles
lluviosas donde formas menos duraderas de la muerte me aguardaban.
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