martes, marzo 17, 2020

Manuel Zapata Olivella, 27 años después



Al cumplirse un siglo del nacimiento del gran escritor cordobés, va mi homenaje con esta crónica de nuestro encuentro a propósito de una novela suya.  


Zapata Olivella, archivo El Espectador
           En 1993, cuando hasta Dios era joven, me encontré en la cancillería colombiana con Manuel Zapata Olivella. En ese entonces yo quería ser todo: periodista, escritor, diplomático, y había hallado acomodo en la dirección de asuntos culturales, la única dependencia de la cancillería que podía conectarse de algún modo con mi alma. Zapata Olivella también estaba joven: con gran fortaleza del espíritu se había levantado por encima de la enfermedad que le quitara el habla y el movimiento, y aunque para escribir debía aprisionar el lapicero entre las dos manos, acababa de publicar una novela llena de su África amada y de su influjo aventurero y había hecho contactos para presentarla en Estados Unidos.
            Por esta razón acudió a mi jefa, una tropicalísima dama que años después acabaría protagonizando una divertida pelea de señoras con una embajadora nuestra en Europa y que entonces a todo decía que sí, aunque en la cancillería a todo le decían que no. La señora recibía con su bella sonrisa a cuanto visitante llegaba hasta su escritorio y se lo chutaba a alguno de sus funcionarios con la instrucción de que procediera; este, si aún no estaba anquilosado —todos los espíritus se oxidaban en ese lugar—, emprendía la odisea de llevar el proyecto hasta el otro lado de un laberinto administrativo poblado por burócratas sin nombre, sin rostro y sin ganas de moverse. Por afinidad con el tema literario, a mí me tocó mandar a Zapata Olivella y su libro a recorrer consulados y universidades de Norteamérica. De la aventura me quedó una entrañable amistad con el escritor, que ejercimos mediante un único diálogo que duró una tarde entera en mi oficina del edificio anexo al Palacio de San Carlos y la mitad de una noche en su casa de la calle 106 con carrera 42. Diálogo que grabé con el permiso de Zapata Olivella y con la idea de que algún día haríamos algo con él.
            Pasaron los años y nunca volví a verlo. Manuel Zapata Olivella murió después, el 19 de noviembre de 2004, yo más o menos, y ahora encuentro por accidente la grabación entre las cosas que saco del fondo más oscuro del desván para, haciéndole caso a un artículo de Rosa Montero en que recomendaba tirar todo lo inútil, dar aire a los espacios de la casa. Solo que yo soy más propenso a la prisión por nostalgia que la Montero y me detengo en cada objeto, verifico con mucho cuidado hasta qué punto se han deshecho los lazos que lo vinculan a mi ser actual, y así no solo vuelvo a guardar el 75 por ciento de las cosas, sino que descubro una que otra joya olvidada. Ahí está el casete. Negro, de una marca japonesa que por aquí no vendían, rotulado por nuestra embajada en Abiyán: el embajador daba una conferencia sobre Colombia en la Radio Nacional de Costa de Marfil y agregaba la grabación a su informe mensual. Maestro Zapata Olivella, ¿le molesta a usted que usemos este patrimonio cultural para que nuestra charla quede grabada?
Recuerdo sobre todo sus dientes, porque tenía la idea de que eran los de un Zapata Olivella mucho más fuerte y temperamental que aquel mulato de 73 años que nos hablaba sin desprecio a los funcionarios. Dichos dientes resaltaban, firmes y numerosos, en un rostro endurecido por el esfuerzo de sobreponerse a la enfermedad. Y era como si a ellos estuvieran adheridos los labios, porque, al hablar, estos se deslizaban sobre aquellos produciendo un sonido leve como de criatura que se arrastra usando para desplazarse una sustancia húmeda. Su ojo izquierdo era una antorcha apagada; en el derecho ardía el último leño de la fogata en una pradera africana.
Sobre usted escribiendo esa novela, cuéntele Zapata Olivella al que soy ahora como le contó al que fui en esas tardes de enero de 1993. Yo quiero rendirle un homenaje a Hemingway en este libro; por eso lo titulo así, Hemingway, el cazador de la muerte. Me he propuesto hacer un elogio fabulado del alma, del espíritu, del sentido de solidaridad humana y con los animales que Hemingway demostró a lo largo de su vida. Este es un punto. Otro es el hecho de que conocía una leyenda kikuyo que dice que todo aquel que dispare sus armas contra un animal sagrado, esa arma se devuelve y lo hiere en el mismo punto donde él hubiese herido a ese animal. Y yo pensaba, a propósito del suicidio de Hemingway, que en una forma o en otra las balas que él había disparado en sus distintos safaris por África, los animales sagrados que pudieron ser sus víctimas le devolvían las balas y lo herían en el mismo sitio.
Hemingway tuvo en su vida muchos escenarios. Tuvo el escenario de la guerra, el escenario de los toros, el escenario de la pesca, en distintos países: en España, en Europa, en Cuba… Pero hay un escenario muy importante, que yo quise tomar como marco de referencia, y es su pasión por los grandes nevados, particularmente por los nevados africanos. Consideré que era el nevado el escenario más adecuado, uno en que se mostrara el esplendor de la nieve, el esplendor de la serenidad, de las aventuras, y tomé a Kenia, y particularmente el monte Kenia, como el escenario de esta novela.
El hecho de que esta novela mía esté escrita en primera persona y que la voz narradora sea la de Hemingway me implicó una serie de confrontaciones antes de escribirla. En primer lugar, quise que en mis relatos no aparecieran relatos que tuviesen alguna coincidencia con el ambiente de obras anteriores de Hemingway. Por eso, informado de que él no había escrito ninguna novela sobre el ámbito del monte Kenia, me decidí por este sitio. Hemingway no fue muy dado a expresar en relatos autobiográficos su manera de vivir y de sentir. Nunca se le hubiese ocurrido escribir una novela de carácter autobiográfico y por lo mismo yo nunca me ciño en esta novela a esa biografía. Todos los personajes, las situaciones y, particularmente, los juicios que Hemingway en esta novela lanza sobre la realidad de Kenia, nunca fueron escritos por él. Muchos lectores, de pronto, pueden imaginar que un libro escrito en primera persona en la voz de Hemingway debía de ser escrito en un lenguaje, en un estilo, similar al suyo. Yo eludí esta responsabilidad. El libro está escrito dentro de mi estilo tradicional en el momento actual, que desde luego no es el mismo estilo de mis novelas anteriores. No es el estilo de Changó, no es el estilo de En Chimá nace un santo, pero tampoco es el estilo de Hemingway.
 En la mira de observación fundamental que yo tuve cuando me aproximé a la figura de Hemingway, fue su espíritu. Y más que su espíritu, más que hacer un retrato de su alma, fue expresar el afecto, la visión personal, el impacto que Hemingway ha ejercido sobre mi vida y sobre mi obra literaria. El hecho de que la novela se realice en África mantiene, en cierta manera, mi postura tradicional de estar ahondando en el espíritu de la cultura africana. En cierta manera también es un homenaje a Jomo Kenyatta, el primer presidente que tuvo Kenia y que fue uno de los líderes de la facción Mau Mau. Su tesis de grado [en antropología] me da la mayor fuente de conocimiento de las comunidades tribales que describo en la obra. En mi devoción de etnólogo siempre me he preocupado por investigar cuáles eran los elementos culturales que caracterizaban los pueblos del oriente del África. Esta preocupación me despertó siempre estar mirando la historia, la geografía, la fauna. Por otro lado, siempre me sedujo la historia revolucionaria de los Mau Mau. Esta es una sigla que quiere decir “Blanco, aléjate de mi tierra”. Y esto me llevó también a considerar la vida de Jomo Kenyatta, que fue uno de los líderes de los Mau Mau, a considerar la tradición de este pueblo, más allá de la imagen desdibujada de los periódicos, que pretendieron presentarlo como salvaje y antropófago. Todos estos elementos sumados justifican mi devoción por Kenia y la elección de ese territorio para esta novela.
No veo la necesidad de asumir ninguna defensa frente a las posibles críticas, por varias razones. En primer lugar, está expreso en el preámbulo que los personajes y las voces narrativas son producto de la labor de ficción del autor. En segundo lugar, porque la mejor manera de rendir ese homenaje a Hemingway era identificarme con el personaje en tal forma que lo que yo quería decir sobre Hemingway lo dijera él sobre sí mismo en una forma fabulada. En tercer lugar, porque un elemento esencial de la novela es el tema del suicidio en general, y particularmente el suicidio de Hemingway. Es muy difícil para un autor, particularmente para alguien que no es un experto en la vida de Hemingway como lo soy yo, entrar a tomar algunas consideraciones sobre los motivos que hubiera podido tener Hemingway para consumar el suicidio. La forma alegórica de la fábula puesta en boca de Hemingway permitía que el personaje de ese suicidio pudiera expresar lo que realmente pensaba de lo que había sido asumir esa decisión.
Tuve dos puntos de vista para la voz narrativa de esta novela. Uno: que todo este relato se estaba realizando unos minutos antes de la muerte de Heminway. Aseguran los colegas siquiatras que el suicida antes de consumar el acto rememora en una forma cinematográfica los aspectos fundamentales de su vida. Basado en este supuesto, asumo que en los segundos anteriores al momento en que Hemingway se dispara tiene la visión fabulada que yo hago de las causas por las cuales se suicida. Conozco un relato del pescador que sirvió de inspiración al personaje de El viejo y el mar, que decía que él había recibido una carta un mes antes en la cual Hemingway le anunciaba su suicidio, lo cual quiere decir que la idea venía de tiempo atrás y no está íntimamente ligada a la concepción que yo asumo como narrador, de que esta fue una decisión extrema en un momento de angustia o desesperación. Por otro lado, también puede verse desde el punto de vista de que Hemingway está narrando estos episodios después de la muerte… Pero estas son trampas del autor para darle más interés al relato y mantener la atención del lector.
Todo lo que significa alejarse un poco de la realidad, se encajona dentro de lo que hemos venido llamando Realismo Mágico. Pero yo considero que la organización del relato en mi novela está más inspirada en un delirio que en un simple relato mágico.

La mayoría de la gente cuando oye mencionar mi nombre me relaciona más con mis obras literarias que como médico. Pero indudablemente mi condición de médico es un elemento básico en la concepción de mi obra literaria, en la visión del hombre, en la visión del enfrentamiento de los personajes con el medio ambiente. Particularmente esto está muy señalado en Tierra mojada, mi primera novela. Después aparecen en mi obra literaria dos o tres novelas en las cuales los personajes son médicos. Es el caso de la novela Detrás del rostro, que tiene un enfoque sicológico de la mentalidad de los gamines bogotanos. En la novela La calle diez hay un estudiante de medicina, que indudablemente recoge muchas de las impresiones que yo tuve de estudiante aquí en Bogotá. Pero vuelvo y repito: estos elementos son secundarios al lado de cuántos libros escribí, qué tipo de temática me interesa, qué relación de compromiso tengo con la herencia indígena y africana.
En mi libro Levántate, mulato, que es un relato autobiográfico, cuento que mi vocación en el momento de iniciar los estudios universitarios no era la medicina. Yo quería estudiar zoología, pero no había escuela de zoología en Colombia en ese momento, ni había tampoco la posibilidad de que mis padres me enviaran al exterior a hacerlo. Y a última hora, en vista de mi renuencia a estudiar otra carrera, mi padre un día me invitó a que lo acompañara. Me llevó a la Facultad de Medicina, me matriculó y me dijo: “Para que estudies al más grande de los animales, ya que eso es lo que te apasiona”. Esto también aparece en Hemingway, el cazador de la muerte. Creo que el biólogo que aparece en esta novela es mi participación inconsciente, de mi gran pasión por la zoología.
Existen en la novelística latinoamericana obras que exaltan, digamos por caso, la etnia indígena. Dentro del género de la llamada novela indigenista se ha planteado que tenemos que asumir nuestra herencia americana como una de las condiciones primarias de nuestra identidad. Sin embargo, no se hizo en el momento en que aparecieron estos libros una perspectiva de los aportes de la antropología cultural.
Desde luego, uno no puede evaluar su propia obra con justeza, ni mucho menos compararla con otros autores. Pero yo creo que Changó, el gran putas tiene su propia atmósfera y en esa medida ha sido captada por el público y por los críticos. Es una novela que pudiéramos llamar extraña, para no llamarla difícil, para un lector común y corriente. La tendencia general de los hispanoamericanos no es identificarse con su ascendencia africana o indígena, sino identificarse con su ascendencia europea. De tal manera que una novela como Changó, que recoge la impresión del descendiente africano para mirar la cultura latinoamericana, es algo que no va a despertar el entusiasmo que podrían despertar obras desde el punto de vista de América Latina y su ascendencia europea. Por otro lado, se trata del enfrentamiento del lector a otra cultura que tampoco es conocida universalmente. La cultura africana que se conoce es la que siempre muestra al África como un país de tribus salvajes, donde hay una gran fauna, selvas, etcétera, y poco se ha interesado en estudiar que en África nació la vida humana y posteriormente se desarrollaron culturas muy importantes. Todo esto es desconocido para el lector de Changó. Adicionalmente, cuando esta novela aparece no está entre los temas de la novela del Boom, que son novelas que se aproximaban a América desde un punto de vista europeo. Yo creo que en unos decenios habrá más interés por la historia de los pueblos del mundo y por tanto por la historia de los pueblos de África, y en ese momento Changó podría tener una acogida que en el momento de su lanzamiento no tuvo. Podría decirte que esta es mi obra más madura. No la de mis mayores afectos, pues a todas les tengo el mismo afecto y cariño, pero es la más madura.
Hemingway, el cazador de la muerte tiene muchos aspectos que la hacen muy próxima a mí. Aquí, los elefantes no aparecen como unos animales sino como una cultura. La cultura de los elefantes, con sus filosofías, con sus sabidurías, sus costumbres, sus hábitos. Desde este punto de vista, muchos años de ignorancia, de haber querido ser un zoólogo, están colmados con esta novela.
Para responderte con gran sinceridad, y yo creo que esta es una situación en la que se encuentran todos los escritores cuando llegan a una edad madura, uno lo único que espera es tener la oportunidad de escribir más libros. No más.
De la amistad con Zapata Olivella quedó este recuerdo, uno de mis tesoros. 
Publicado inicialmente en el libro Para agradar a las amigas de mamá. Periodismo, cine y otras futilidades. Medellín, 2009.



martes, diciembre 31, 2019

Entre los viejos


Estoy en la farmacia de la IPS universitaria. La ciudad y el mundo andaban en una descongestión estupenda, pero al llegar aquí he sido lanzado de bruces a un abismo plagado de polillas. Todos los ancianos de la ciudad se congregan en este sitio, y un infierno de pastillas, cremas, sonrisas, óxido e impaciencia me traga con todo y mis últimos arrestos de juventud durante horas, minutos, años, días: aquí, el tiempo se revuelve con exceso de parsimonia y se asienta en un pantano en el que todo está muriendo. Sé que soy como cada uno de ellos, gentes que vienen de la ciudad entera en busca de la elusiva e innecesaria prolongación de sus funciones vitales. Hace poco menos de veinticuatro años, cuando trabajaba en un periódico de Armenia, me perturbaba la imagen frecuente de los ancianos haciendo inmensas colas, inhumanas colas –pensaba entonces–, en las corporaciones bancarias para reclamar sus mesadas. Aquellas colas no cabían en las sedes de las corporaciones; salían y se extendían alrededor de cada manzana. Me parecía un insulto permanente a la dignidad de esas personas, hasta que me metí a averiguar para una crónica y descubrí que la mayoría de ellas anhelaban la fecha de la cola porque era la oportunidad de salir y encontrarse con caras, si no amigables, al menos semejantes en el destino. Se aireaban. Supongo que hoy sucede lo mismo, pues un vistazo general a los rostros no revela mayores ansiedad o desazón.
Igual que ellos, aguardo todas esas pastillas para agarrarlas en el orden en que caigan a mi bolso y zampármelas sin saber qué hago. He salido hace un rato del consultorio de la dermatóloga, una médica excelente que en varios años de tratamiento me ha librado de verrugas y otros insultos de la piel, y que precisamente esta vez me ha recomendado hacer ejercicio como preparación para la tercera edad. Me alertaba sobre lo que viene, sin duda: la veloz fuga de los años. Sonreí como un compinche, “es la primera vez que alguien me menciona lo cerca que estoy de la tercera edad”, y explicó algo apenada que la susodicha llega después de los 65 pero que es bueno prepararse desde ahora. En fin. Ella sabe cuál es mi ahora por la historia clínica que le mostraba el computador.
Compran tiempo al meterse en este caos; lo compro con ellos. Algún dios de mil maneras tergiversado nos manda a seguir viviendo como sea, como toque, incluso si lo que resta de vida se consume en lugares como este y en el frenesí de las pastillas, las cremas, las falsas esperanzas. En el vocerío distingo una frase: “¿Usté vino a dormir o a reclamar la droga?”. Un hombre de voz jocosa interpela a alguien que no le contesta. Ahora, en la revoltura de murmullos, empiezan a revelárseme declaraciones del tipo ‘tengo que tomar…’, ‘sufrí una leucemia…’, ‘las piernas me fallan…’, y todos tienden a la quietud. Nadie se impacienta a pesar de la espantosa lentitud con que corren los turnos, a pesar de que la espera no asegura que las pastillas, más anheladas que necesarias –creo neciamente–, sean entregadas a cada quien. Yo me acojo al espíritu de la fecha y me abstengo de rumiar ideas como la pregunta de por qué diablos la IPS universitaria tenía que contratar con todas las empresas prestadoras de servicios de salud de la tercera edad y por qué si nos reservan a los afiliados una fila exclusiva esta no avanza, etcétera, etcétera.
Veo a un antiguo profesor, el más malo que tuve en el pregrado; veo a una antigua alumna, no la más brillante. Él se las arregló durante un semestre entero para no dar una sola clase de un curso de radio que debería haberme alentado alguna vocación. Ella, según recuerdo, se manejó con juicio y –de seguro me equivoco– me coqueteó un par de veces. De él aprendí que se puede ser un bacán sin hacer el trabajo de uno. De ella he aprendido que los inicios mediocres no necesariamente socavan las bases de una carrera. Ahora los tres nos desbarrancamos en la misma ancianidad sin atenuantes: cualquiera de los tres morirá de un momento a otro sin que sea lamentable; nada perderá el mundo.
…Y mientras escribí las 710 palabras anteriores (ninguna idea brillante en ellas, pero todos sabemos el esfuerzo que cuesta escribir), pasó la cantidad ingente de minutos que la máquina repartidora de turnos requería para acordarse de mí y me entregaron las pastillas y las cremas. Bueno, la mitad. Por no sé qué razón de esas del sistema de salud, tengo que volver dentro de un mes por la otra mitad. Ha de ser una estrategia para que quienes aún vemos otras caras y cultivamos alguna que otra ilusión nos hartemos y decidamos no volver. Así se ahorran unos pesos, que en vez de mejorar el sistema de salud robustecerán las billeteras de los políticos. He abordado el metro en esta tarde de clima raro y aparente descongestión. Voy apretujado entre el gentío, mi brazo en contacto con el de un muchacho. Lo miro de reojo. No es esencialmente bien parecido, pero en este momento cualquier cosa que transpire juventud me transfiere vida; me voy recargando como un celular defectuoso al que luego no le durará la batería.

jueves, septiembre 26, 2019

Encuentros


Jueves
Es de noche y voy en el metro. Charlo con dos amigos, esposo y esposa, gente que logra moverme el ánimo. Una que otra frase en alto volumen. Nos despedimos en San Antonio, ellos ahí cambian de línea. No acabo de hacer los respectivos gestos de adiós con la mano, cuando siento que me tocan el hombro y una voz recia me dice: “César Baloo, todavía me acuerdo de vos”. Lo veo: un tipo robusto, en sus cuarenta y tantos, moreno, facciones que parecen duras y jóvenes. No hay tiempo para saludos ni despedidas, pues él también sale del tren. Apenas alcanzo a reaccionar con una sonrisa tonta, una que espera ser afable, y un manotazo en su hombro. Se pierde en la multitud y quedo sonriendo para nadie.
Creo reconocerlo, y no porque en su cara logre ver los restos de la que tuvo de niño, sino porque la asocio con la del adulto al que vi una sola vez y en una situación análoga. Hace algunos años, quizá muchos, yo iba conduciendo por la 65 hacia el norte. Era por la tarde y había sol intenso y ofuscación de carros, y en la cuadra que sigue a Colombia me detuvo el semáforo. De pronto oí un pito insistente y una voz que gritaba parte de la fórmula de esta noche: “¡Hey, Baloo!”. Miré hacia el foco de la voz. Desde un camioncito que se había detenido justo al lado, el que creo era el mismo sujeto de esta noche me saludó con una mano alzada y una risa de esas que se extienden como luz en una vida fría. Apenas alcancé a preguntar: “¿Cuál sos?” y él a responder: “Julián”. “¿Julián qué?”, pregunté como animándolo a darse cuenta de que debía ser más específico. “Barbosa”, respondió. El semáforo que nos había reunido después de muchos años nos separó de nuevo después de algunos segundos.  
El hecho de que le preguntara cuál sos en vez de quién sos se debía a que su identidad podía revelárseme a partir de una bolsa de sujetos no demasiado amplia ubicada en la parte de la memoria que me es grata. Durante una decena de años, entre los ochenta y los noventa, fui Baloo o César Baloo para alrededor de un centenar de niños lobatos del grupo sexto de los scouts de Medellín. Es gente a la que por lo general asocio con buenos momentos de la vida; para algunos de ellos constituyo a la vez un recuerdo importante. De muy pocos sé en el presente. Cuando la casualidad me cruza con alguno, la mayoría ya tan borrados por la edad adulta, en un porcentaje alto de casos el saludo es frío, si no es que me ignoran, y me alcanza a doler; en otros es de una calidez como la de esta noche, que me ha dejado la misma sensación de aquella tarde: gratitud, alegría mía por la alegría de aquel Julián que aún no se convierte en un fantasma diluido en el tiempo.

Domingo
Camino hacia el apartamento de mi mamá. En la 57 con veinte me aborda una habitante de calle para que le dé algo de comer. Son demasiados y la inmensa mayoría de veces los ignoro, pero de mi presupuesto destino unos pocos pesos para favorecer a alguno de vez en cuando. La mujer debe andar en sus treinta o en sus cincuenta, puede que en sus cuarenta o en sus sesenta. Todo en su cuerpo es desfondarse y caer. Está flaca, pero conserva algo de la altivez que posiblemente en otra vida tuvo. En el ojo izquierdo, el iris en blanco la hace ver como uno de esos cyborgs que pierden la última batalla en esas películas. La voz, firme, puedo decir que bonita y hasta cómplice. Cabello largo y sucio, sucia su piel y sucios sus andrajos. Se ve que en su carrera al abismo no dista demasiado del fondo.
Le digo que sí, hágale pues, vamos a la panadería y coma lo que quiera. Se pone radiante, tanto que alcanza para iluminar algunos espíritus. Nos paramos ante la vitrina. Repito el ofrecimiento. Pregunta si es cierto que puede pedir cualquier cosa. Calculo el costo de mi generosidad: no será demasiado, pues ellos saben lo frágil que es la nobleza ajena, y por lo general me toca decirles que bien puedan, que aprovechen y se coman algo rico y que los llene, que los alimente incluso. En el caso extremo, me costará diez mil pesos; estoy dispuesto a llegar hasta veinte mil. Intuyo que se decidirá por un café con leche y a lo sumo un pan o un pastel de pollo, y que la alentaré a escoger algo más. Entonces viene la sorpresa: sin hablar, señala una copa de helado. Una especie de totuma de chocolate en cuyo interior, sobre una masa café clara, flotan una supongo que fresa envuelta en almíbar y una galleta desvaída con raya quebrada de chocolate; por el frente, una gotera blancuzca, sobre cuya naturaleza prefiero no preguntarme, recorre la copa y cae al plato eliminando cualquier posibilidad de que el helado resulte apetitoso. Sus facciones se llenan de expectativa. Pregunta si puede pedir eso. “¿De verdad quiere un helado?”, le pregunto como regañándola por no elegir algo más sólido y alimenticio. Dice que sí y sus facciones se vuelven traviesas, el gesto infantil. Instruyo al dependiente para que le dé lo que desea. La mujer estalla de alegría. “Me dan hasta ganas de llorar”, declara, y sé que si mi actitud fuera menos adusta se daría cuenta de que somos de la misma casta. El hombre le entrega la copa y ella la recibe como si se tratara de un objeto místico que le conferirá algún poder o la pondrá en contacto con alguna divinidad. Algo de una antigua altivez regresa por un momento a su espíritu. Le alcanza el ánimo para reclamarle al hombre la cucharita que debería venir con el helado. Se repliega sobre sí misma, exultante.
Ellos no dan las gracias, pero uno sabe que en esos momentos se enamoran un poco de la vida. Más tarde en la noche llueve. Las nubes ocultan la Luna, que ha empezado a menguar.

Eternidad de los gatos

A Florentino, en el primer día de su perenne ausencia     Los gatos navegan el tiempo como las madres antiguas                ...