miércoles, agosto 19, 2020

Los tres de siempre

El Gobierno acaba de anunciar los protocolos para la próxima reapertura de las salas de cine. Durante toda mi vida, no ir a cine ha sido sinónimo de desazón, de crisis, de gran pobreza. Hace cinco meses que no lo hago, desde cuando el covid 19 revolcó al mundo y nos quitó mucho de lo que en él tenía gracia. El cine en cine –el streaming es un pobre consuelo– es lo que más anhelo de la vida que se me suspendió por culpa de la pandemia. Ahora me alisto con emoción para volver. Ya he lavado la ropa de ir a los teatros, la voy a planchar, me echaré loción, invitaré a mi compañero para que vaya conmigo a la primera película. Después iré solo, como hice tantas veces; volveré luego con él, con algún amigo, solo… y así. Iré a cine de nuevo, que es como decir que volveré a mí. En dos años o incluso antes veré una película en cuya primera secuencia unos chinos de un mercado popular hacen una sopa de murciélago y desatan esta tragedia que ahora vivimos: entenderé entonces la dimensión de todo esto, porque solo el cine sabe explicarme el mundo. Mientras tanto, algo de memoria para explicarme a mí mismo cuáles son esas brumas de las que proviene el individuo que soy.

Quiero decir: no recuerdo haber empezado a ir a cine; es como si el cine siempre hubiera estado ahí, formando parte de mi vida. Nunca fui a cine por primera vez. No sé si llamarlo amor: no me gusta el lugar común, pero en definitiva eso es. El hecho es que la memoria del encuentro con él hunde sus raíces en una zona de contornos no definidos por acontecimientos específicos, como pasa con la lectura o con la contemplación de la lluvia. ¿Qué lo desencadenó? Ni idea. Sé que voy a cine desde siempre y ese siempre mío se refiere a una magnitud compuesta por unos cuarenta y tantos años, pocos menos de los que corresponden a mis recuerdos más antiguos. Con esto quiero decir que voy a cine porque estoy vivo y que una de las pruebas de que estoy vivo es que voy a cine. A estas alturas de la vida no me gusta declarar amores, pero, para efectos de darles su lugar a los apasionamientos, tendré que decir finalmente que mi amor por el cine, igual que aquellos otros –la lluvia, ya dije; la literatura, alguno más–, es tan antiguo como la conciencia de que habito el mundo y tengo culpas.

¿Cuándo empezó? Nada he podido sacar en claro a la hora de precisar, no digamos una fecha o una impresión de inicio, pero sí al menos un momento específico en que alguien, seguramente un adulto que por esta acción merecería mi agradecimiento perenne, me condujo por primera vez al interior de una gran sala en penumbra, a la búsqueda de una butaca para acomodarme y al encuentro más grandioso de cuantos han acontecido en mí: el de una pantalla enorme contra la cual, de sopetón y desde el reino mismo de las maravillas, un chorro de luz se lanza portando todo tipo de historias. Tendré que aclarar que la relación con el cine implica necesariamente ese acto, el de ir, el de entrar, el de sentarme o sentarnos, el de ver y oír, el de involucrarme. Tendré que aceptar que a lo mejor voy en contravía de los tiempos –ah, la vejez que ya se avizora en las brumas del mundo que me rodea–, pues en mi idea del cine persisten esos elementos que desde el fantasmal inicio de este amor lo integran: la sala, la penumbra, el proyector (tristemente, ahora mudo y digital), los demás espectadores, la pantalla grande. La pantalla muy grande. En la disolución que marca la sucesión de las épocas, los límites con artes menores como la televisión tienden a difuminarse y la corrección política nos obliga a aceptar como cinematográfico cualquier pastiche pensado hasta para el celular. Yo, sin embargo, persisto en considerar el contorno de la gran pantalla como habitáculo inalienable de las películas. La magnificencia es una de las marcas del cine y todo en él está en función de ella. No hay cine en la pantalla del televisor, mucho menos en la de la tablet o el celular. En ellas, si acaso, presenciamos el vano reflejo de lo que es.

Mi recuerdo concreto más antiguo con el cine es el de la frustración y el amor, no esta vez al cine mismo, sino a una persona. Es una mañana de domingo. Siete, ocho, diez años de edad. Una casa en un callejón del barrio Aranjuez, en el nororiente de Medellín, en Colombia. Años setenta, justo antes de que el mundo entero explote a nuestro alrededor. Estas coordenadas son importantes para demarcar la maravilla de ese acto que consiste en desplazarse a un lugar en el que, precisamente, todas las coordenadas cambian: el cine es el reino del no estar, del barajar la realidad sus normas para constituirse en otras muchas posibles. Una mañana de domingo. Vamos a ver una película de Tarzán en el matiné del Palermo. Vamos, pero en últimas van, yo desisto: van mis tíos y mi hermano. Yo me quedo en la casa porque alguien debe acompañar a mi mamá. En tal acto, el de no ir a la película, hay una concreta demostración de amor, pues ya en este momento no existe en el mundo nada que me guste más que ir al Palermo y hacer lo que allí se hace.

La memoria es el lugar donde nos mitificamos a nosotros mismos y de la mía puedo decir que me muestra como un niño que en el teatro del barrio se comportaba como un purista. Durante muchos años (¿tres, cuatro, doce?), los niños de Aranjuez no llegaban al Palermo a sentarse. Se dirigían a la pantalla, un gran telón que recuerdo en tonalidad crema y de una consistencia que ellos conocieron y yo no, y la golpeaban. Hacer esto les causaba fascinación. Tal vez creían en algo que más tarde, una mañana de algunos años después, se esparció de boca en boca entre los alumnos de la Epifanio Mejía, una de las escuelas del barrio: que eran los adultos de nuestro entorno quienes interpretaban las películas, que al encenderse el proyector ellos se metían por entre las paredes, llegaban hasta la pantalla y se convertían en los personajes. Imagino que al golpear la pantalla mis compañeros de generación suponían que se acercaban más a ese mundo que estaba por desplegarse ante nosotros y que podían incidir en lo que estaba por acontecer. Todo se vale en el cine y en la niñez. A diferencia de ellos, yo me quedaba quieto en la butaca y los veía correr por todo el teatro, prestaba atención a la música que ponían antes de la función, miraba la nube de humo de cigarrillo estacionada bajo el cielorraso, y esperaba. Siempre confié en que los adultos harían lo mejor por mí; la rebeldía tardó en llegar. De los niños que iban al Palermo, yo era el que se quedaba quieto en su silla. Eso sí, una vez se encendía el proyector y venían los cortos (los tráileres) y luego la primera película, todo el mundo ocupaba su lugar. Aunque, bueno, existían ciertas leyendas sobre otras cosas que sucedían en ese teatro del barrio, pero cuando llegó la edad de comprobarlas ya mi territorio se había expandido: crecer era ir a cine a los teatros del centro y no ver dobletes.

Después todo cambió. Los teatros del centro y de los barrios se extinguieron y en su lugar abrieron los multiplex de los centros comerciales, las pantallas se encogieron y la imagen fotoquímica, tan entrañable, se digitalizó. La experiencia de ver películas se fragmentó en montones de dispositivos, pero, como ya dije, el auténtico encuentro con el cine sigue restringido a las salas. Con o sin otros espectadores, pero sí en unas condiciones tan fundamentales como la pantalla en gran formato: sin doblajes, sin luces ni ruidos parásitos, sin crispetas, sin interrupción para visitar la confitería o ir a orinar, sin celulares encendidos, sin comentarios, sin amantes que pretendan robarle a uno la atención que es para el verdadero espectáculo. He ahí la clave: con sala llena o vacía –cuántas veces he sido el único espectador–, allí solo estamos la película y los tres de siempre: mí, mí mismo y yo. O, pronunciado en el tono melancólico de John Boorman para el personaje de Charlie Meadows en Barton Fink de los hermanos Coen: “Me, myself and I”. No hay nada más, y esto es lo que amo del cine. Es mi acto más íntimo, en el que lo transgredo todo para encontrarme a mí mismo. Nada existe allí, aparte de mí convertido en el factor por el que todo adquiere sentido. La película, la sala, yo. Todo aquello se hizo para que yo existiera en múltiples dimensiones. Soy uno y eterno cuando estoy en cine.   




domingo, junio 28, 2020

Veintiocho de junio


Cuando yo estaba en segundo de bachillerato en el internado de las Granjas Infantiles, teníamos un profesor que nos inspiraba mucho respeto y, en consecuencia, lo queríamos. Las dos cosas se sustentaban en la calidad de sus clases y en el (aparente) liberalismo de su discurso. Nos daba biología y educación física. Pasado el tiempo vine a caer en cuenta de que lo de la calidad de sus clases aplicaba solo en la primera materia. En la segunda, Fabio se limitaba a ponernos a jugar fútbol a los hombres y basquetbol a las mujeres o hacernos trotar a nosotros horas enteras alrededor de la cancha o, peor, de arriba para abajo de unas instalaciones que quedaban en la caída de una montaña (allí siguen las Granjas). Nunca una instrucción sobre el ejercicio, un calentamiento, una enseñanza sobre las reglas. Nada. Éramos hombres y teníamos que correr y jugar fútbol porque éramos hombres. Punto. Así estaba decidido por las sanas costumbres de nuestra cultura heteropat… en fin. Nunca, una alternativa para aquellos a quienes el balón nos daba pánico porque carecíamos del interés de driblarlo y todas esas cosas que hace la gente hombres y mujeres con los balones en las canchas.
Como éramos adolescentes y él nuestro profesor bacano de biología, muchos temas se permitían en el salón. Habían transcurrido doce años desde Stonewall, cosa que nosotros no sabíamos y a lo mejor él despreciaba, y Fabio, que para el relato es importante aclarar que era negro, decía cosas que nos hacían creer que el mundo había empezado a cambiar justo cuando nosotros llegamos. Excepto en un tema que toda la vida me quedó rondando en la cabeza: para él, estaba bien que existieran los homosexuales, siempre y cuando estuvieran lejos y lejos se mantuvieran. Recuerdo el día exacto en que me di cuenta de que su liberalismo dejaba serias dudas.
Alguien puso el tema. Dijo que había homosexuales (no se usaba la palabra marica en el salón) en todas partes, en todos los grupos y en todas las razas. Recuerdo la seriedad con que la mirada de Fabio nos cubrió a todos, hombres y mujeres, la fortaleza de su vozarrón y la aparente nobleza de su corazón de maestro cuando, para tranquilizar al auditorio en pleno, dijo, no lo que necesitábamos escuchar, sino lo que a un homofóbico le parecía que nos tranquilizaría y mantendría la limpidez de nuestro nombre colectivo: “Aquí no hay de eso, aquí todos son hombres”. Han pasado treinta y nueve años y es probable que mi recuerdo de sus palabras no sea exacto, pero la idea sí lo es. Recuerdo la atmósfera de tranquilidad que esas palabras extendieron entre los presentes, permitiéndonos respirar a todos porque el supramacho de educación física nos canonizaba, uno a uno, como los hombres que nuestra cultura antioqueña y católica obligaba que fuéramos. Lo que seguía era ser honrados y trabajadores, pero ya teníamos la virtud fundante.
A comienzos de los ochenta, un profesor negro por el que sentíamos cariño y respeto nos ayudaba a derribar el muro racial que se alzaba alrededor de todo en nuestra cultura masculina, heterosexual, honrada, trabajadora y católica (y otro montón de limitaciones contra las cuales las décadas posteriores nos ayudaron a alzarnos). En la vida entera que ha transcurrido desde entonces, ha gravitado en mi sistema de ideas la aparente desconexión que existe entre el respeto que aquel profesor inspiraba y el hecho de que a los mariquitas que había en el grupo (sé bien que había por lo menos uno) se les consolara con la declaración de que tal aberración del comportamiento masculino no estaba presente allí, porque todos parecíamos hombres. El secreto se hallaba bien resguardado por esa virtud tan conveniente con que se ha construido nuestra cultura: la apariencia. En su magnanimidad, Fabio incluía en su apreciación a los dos afeminaditos del salón que inspiraron el tema.
¿Le reprocho al profesor amado su homofobia, siendo él mismo miembro de una minoría excluida? Lo hice durante mucho tiempo. Después he descubierto que se puede ser excluyente dentro de la exclusión. Eso existe por cantidades en el mundo. De ahí, tantos negros, tantos latinos, tantos gays y tantos pobres votando por Trump en Estados Unidos o por el que diga Uribe en Colombia. Pienso que, al modo en que su época se lo permitía, Fabio fue capaz de superar las limitaciones que el mundo le imponía como si fueran naturales, alzándose contra la concepción del deber ser de las cosas que mantenía a los negros en una casta inferior, y se convirtió en un buen profesor. La homofobia estaba en la raíz más profunda de sus creencias y es natural que no fuera capaz de decirnos a sus estudiantes de segundo lo que, en cambio, otros profesores de variados colores sí nos dijeron antes de terminar el bachillerato y lo que yo quisiera que él hubiera dicho para admitirlo sin reticencias en mi santoral: que con seguridad sí había uno o más muchachitos homosexuales (yo preferiría mariquitas, pero esta expresión no se permitía en el salón) y hasta alguna peladita lesbiana, y que esto no tenía por qué representar inconveniente alguno. Pienso en cuántos dolores habrían calmado esas palabras, cuántos comportamientos equivocados le habrían ahorrado a nuestra adolescencia y cuánta alegría de ser habrían permitido.
Nunca más supe de Fabio. No tengo, pues, manera de saber si las peleas que tantos han dado en las décadas transcurridas le cambiaron el concepto aberrado de que la manera de tranquilizar a sus estudiantes maricas era declarar que no lo parecían, dando a entender, por tanto, que no lo eran. O dando a entender que tenía razón la cultura, que lo importante era no parecer, o parecer otra cosa. A veces he llegado a pensar que quizá no comprendí las intenciones del profesor, que él en realidad estaba protegiendo a los excluidos: al decir que en el salón no había de eso y que todos eran hombres, estaba salvando del señalamiento a los que sí eran eso. Quizá. Pero también recuerdo con cuánto odio se refería a los flojos a los que no nos  gustaba el fútbol.






viernes, mayo 29, 2020

Muertos que la pandemia no deja enterrar



Rodrigo murió el sábado. Salió a trabajar y al rato llamaron a Teresa. Infarto fulminante. Así quería morir, según anunciaba desde que empezaron a hablar de la muerte: como es usual entre los sujetos que se importan, el tema afloró casi tan pronto como la vida los juntó valiéndose de artimañas un tanto rebuscadas. No hubo opción de ir a verlo, nada, ni mucho menos la hubo de un velorio o ritual alguno. El hijo de Rodrigo y Teresa pasó la noche llorando con gran desconsuelo. A ella, supongo, se le deben haber venido algunas lágrimas, pero, fuerte como es, la mayor parte del tiempo estuvo tranquila. Imagino la nostalgia y la avalancha de recuerdos y sensaciones, pero también el sereno diálogo (esas oraciones que son como mantras) con la divinidad en la que cree. El domingo, madre e hijo acudieron a una cita en el cementerio: solo ellos dos y para mirar la camilla en que transportaban a su muerto antes de que lo introdujeran al horno crematorio. Por otras muertes de esta época, Teresa intuía las características de lo que les iba a tocar y llevó consigo una botella de agua bendita.
Antes del confinamiento, dos meses largos atrás, dos vidas atrás, ella de todas formas ya iba poco a la iglesia. Sus problemas de columna y rodilla se habían complicado. Consecuencia para nada deseada de los quebrantos, hubo de alejarse de misas, repartición de hostias y otras actividades de su parroquia. En las ocasiones en que hacía el esfuerzo de desplazarse a la iglesia, con caminador y acompañante, iba provista de un envase grande y se surtía de la pila. Fue un consuelo enorme llevar consigo el agua bendita al cementerio. Pidió a los funcionarios de la muerte que abrieran la bolsa en que estaba Rodrigo. Ellos accedieron, pero advirtiendo que solo por un minuto y solo a la altura de la cara; ella preguntó por qué tanto rigor, si nada tenía que ver el fallecimiento de su marido con el virus; ellos respondieron que así son los protocolos ahora. No suplicó: pidió que abrieran la bolsa completa, y como hay algo en el tono de su voz que mueve a darle gusto en ese tipo de situaciones, lo hicieron. Es una voz de una firmeza serena: no se enoja, no gime, no constriñe. Salvo en un par de situaciones extremas, nunca he sabido que se altere. La procesión va por dentro, literalmente.
Ya que exequias no se celebrarían, esparció manojos de agua sobre su compañero. Se habían apagado el fuego y la furia, el ansia y el dolor. Todo lo que había sido Rodrigo estaba extinto, salvo ese cuerpo que para ella seguía siendo él y, por tanto, debía honrarse antes de devolverlo a la tierra. Se mojó las dos manos, las puso en la cara de Rodrigo, le echó la bendición, tomó una de las manos de él y le dijo que descansara en paz y que todas las ofensas, las que él le había hecho y las que seguramente ella le había hecho a él, estaban perdonadas. No sé si lloró en ese momento; no me lo dijo y, conociéndola, creo que no. Su hijo sí, bastante. Los funcionarios empezaron a cerrar la bolsa. Ella preguntó si lo iban a cremar con zapatos y todo. Le respondieron que sí, con zapatos, correa y la ropa que llevaba puesta en el momento del deceso. Este detalle, sobre todo lo de los zapatos, la ha tenido bastante inquieta, no entiendo bien la razón y aún no ha sido pertinente preguntársela.

Teresa está convencida de que a Rodrigo lo mató el estrés del encierro. Primero por convicción propia y luego por exigencia de su mujer y su hijo, acató la cuarentena durante varias semanas. Hace días manifestó que no soportaba más, que volvía al trabajo. Desde cuando no pudo jubilarse cubría turnos de vigilancia sin contrato ni prestaciones en un parqueadero del barrio, no sé qué tanto por necesidad y entiendo que mucho por deseo de mantenerse productivo. Teresa le dijo, un tanto en broma, otro tanto en serio, que empacara manta y ropa y se quedara allá mientras terminaba esta situación, para que no llevara la enfermedad a la casa. Él prometió guardar las precauciones indispensables. Cada una de las mañanas siguientes retomó la rutina de levantarse muy temprano, ponerles la comida y consentir a los gatos –tienen nueve–, subirle a Teresa unos tragos y entablar con ella una de esas conversaciones de la lacónica amistad que al cabo de los dramas habían aprendido a sostener. El sábado le anunció que esta semana la acompañaría a hacerse los exámenes que el ortopedista, en consulta telefónica, le mandó a fin de determinar qué es lo que ahora sucede con su columna. La llamó desde el trabajo para recomendarle que no se esforzara en la casa y preguntarle cómo estaba, y avisó que iría a almorzar. Al rato la llamó el dueño del parqueadero.   
Pasó el resto del domingo atada al celular, pues son bastantes sus familiares y sus amigos. Encontré registro de llamadas suyas tarde en la noche y muy temprano hoy. A media mañana le marqué, no contestó, aguardé unos minutos e insistí. Temía que recibiría precisamente la noticia que recibí, pues sé bien a qué horas llama para cada cosa y sobre qué muertes o qué tragedias me va a enterar según el momento en que intente comunicarse. Hablamos cada varios meses, pero hubo épocas en que lo hacíamos todos los días y hasta más.
No obstante, cuando contestó me saludó con el júbilo de siempre y por un momento la conversación fue divertida. Entonces me soltó la noticia como quien cuenta una confidencia, de repente, en voz baja y todo: “Se murió Rodrigo”. Con ella siempre me toca inferir la melancolía que late en un segundo nivel del palimpsesto de su voz. Insisto por tercera vez en el calificativo que he usado para describir su virtud principal: Teresa es una persona serena. Con la misma voz de hoy, desgarrándose por dentro pero no permitiéndose desbordamientos, hace veinticinco años me comunicó la muerte de su hijo menor, quizá la persona que más le dolió y con la que vivió las peripecias más dramáticas de su existencia: “Mataron a Edy”. Eran los tiempos en que la vida nos había hecho confluir en un grupo scout al que yo llegué por un gigantesco error de criterio (nada se me parece menos que el escultismo) y ella buscando una vía de escape a las dificultades que la ruptura en proceso de su primer matrimonio con Rodrigo les acarreaba a los hijos. Muchos fueron los ríos por los que anduvimos de noche, muchas las carpas que se nos inundaron y muchas las fogatas en las que creímos formar parte de una hermandad mundial. Entre tanto, Rodrigo se alejaba más de ella y de los niños, los abandonaba más, a la vez que se fortalecían en el espíritu de Teresa la voluntad de emancipación y la necesidad de alzarse contra todas las cosas que la habían obligado a ser. La vi sufrir y gozar, algo la ayudé, mucho la abandoné también. Llegamos a ser, creo, amigos; la parte fundamental de nuestra amistad sigue activa. Escuché las emociones con que el amor la engalanaba veinte años tarde, pero también las decepciones. La vi emocionarse con requiebros de adolescencia a los cuarenta y tantos años, la vi pelear tarde contra la tiranía de su madre, pero también la vi cuidarla, la vi ser abandonada y me enteré de cómo el hambre la rondaba a veces al lado de ese niño que ya se mostraba deseoso de morir. 
Rodrigo se había ido, supongo que, desde su óptica, con razones para retirar cualquier apoyo. Los hijos se desestabilizaron, el niño se hizo matar, el mayor dio tumbos por el país. Sus amores se fueron, su madre murió, su padre murió. Además eran los años en que la ciudad no era un buen lugar para estar y ella acabó yéndose a empezar de nuevo en otro sitio. Si no se derrumbó, fue porque su espíritu no tenía grietas para que lo colonizara la derrota. Persistía en él una paz que provenía de su verdadera vocación.
Teresa se fue al convento a una edad y en una época en que la gente aún era inocente. Entre las monjas pasó sus años de gloria y nunca dudó de su vocación (aún la tiene). A pesar de ello, su madre o su padre –no recuerdo– la obligó a retirarse antes de profesar y casi que a casarse con Rodrigo. Llegó al lecho matrimonial sin comprender cómo funcionaban las cosas allí, y él, a veces con paciencia, a veces con brusquedad, le fue explicando los mecanismos del mundo y de los cuerpos. Creció a su lado. Se fueron a Bogotá, nacieron los hijos, trabajaron. Hubo épocas felices. En su periodo más estable, los dos trabajaron durante una buena cantidad de años en un taller cuyo patrón los quería como un padre. Sin embargo, cuando tantos años después emprendieron los trámites de la jubilación, la empresa de pensiones les reveló que el patrón bienamado no había pagado ni un solo mes de sus aportes.
Al regresar la familia a Medellín, ella había descubierto una arista nueva de su carácter: no le gustaba ser sometida y estaba capacitada para el amor. Este descubrimiento desencadenó las tormentas que la azotaban por la época en que nos conocimos. Yo siempre le dije, en parte por molestarla y en parte por intuición, que al final iba a quedar con Rodrigo. Ella sonreía y replicaba que su anhelo final era volver al convento. Acabé teniendo la razón: hace veinte años viajé a la ciudad a donde él y el hijo la siguieron y de la que nunca se marcharon, y asistí a su segunda boda. No tenían el amor, pero sí la experiencia. Aprendieron a acompañarse en el envejecimiento. Este año iban a cumplir cuarenta y nueve de trajinar por el mundo teniendo noticias uno del otro: “de aguantármela”, bromeaba él; “de aguantármelo yo a usté”, bromeaba ella. Jamás se trataron de tú ni de vos; todo entre ellos fue un permanente usted. Me contó casi con ternura que estuvieron a punto de ajustar las bodas de oro. Creo que ya es tarde para el convento, pero Teresa ha hecho tantas cosas inesperadas que quién sabe a dónde será capaz de llegar con caminador y todo.
Rodrigo le había indicado dónde guardaba un dinero para que llegado el momento le hiciera el favor de llevar sus cenizas al cementerio de Nariño, el pueblo del que era oriundo. Esto no podrá ser, al menos no durante un buen tiempo, pues los viajes intermunicipales siguen prohibidos y cuando se levante la prohibición el virus seguirá estando por ahí, en las palabras, en las sonrisas, en el aire proveniente de las personas con las que uno podría cruzarse. Ahora Teresa espera que sea miércoles. Para ese día había tramitado con el párroco una misa en el terreno descampado donde los buses del barrio dan la vuelta para emprender la ruta. No sé con qué permiso hará el cura esa celebración, pues la cuarentena sigue y no están permitidas las reuniones. Una vecina lo informó sobre el súbito fallecimiento del esposo de Teresa y le pidió que reorientaran el objetivo de la eucaristía: que esta se oficiara por el eterno descanso del alma de Rodrigo. El sacerdote accedió. Teresa está contenta porque, a fin de cuentas, él no se quedará sin misa. Hace tiempo dejé de participar en la religión, pero me parece que esta alegría de Teresa es la prueba de una solidaridad que está muy emparentada con las maneras más nobles del amor.



Eternidad de los gatos

A Florentino, en el primer día de su perenne ausencia     Los gatos navegan el tiempo como las madres antiguas                ...